El consejo había terminado, pero el brillo de la unión seguía flotando en el aire. Las luces danzaban sobre los muros del gran salón, y una energía cálida, casi celestial, llenaba cada rincón del castillo. La familia entera se reunió para celebrar la nueva era de equilibrio que Aurelina había sellado con su poder.
Sin embargo, Lyra notó algo distinto en las mellizas, un resplandor que no venía de su magia habitual, sino de algo más profundo… algo que solo una madre podía sentir.
Selene fue la primera en tomar la palabra. Se levantó, su cabello plateado cayendo en ondas, sus ojos brillando con una luz entre azul y dorada.
—Madre, padre, hermanos… —dijo con una sonrisa temblorosa—. Hay algo que debo decir.
A su lado apareció un ser de presencia imponente: Azael, un ángel de fuerza oscura con alas que mezclaban la sombra y la luz, y una mirada que ardía como fuego eterno.
—Él es Azael —continuó Selene—, mi compañero. De su oscuridad aprendí que incluso en la noche más profunda puede nacer la esperanza.
Dante asintió con respeto, reconociendo el poder que emanaba del ángel. Lyra, conmovida, sintió cómo el aura de Azael se entrelazaba con la de su hija, formando una llama viva de equilibrio perfecto.
Selene tomó la mano de su pareja y respiró hondo antes de confesar:
—Y además… —miró a su madre con ternura— voy a ser madre.
El silencio duró solo un instante, antes de que toda la sala se llenara de emoción. Lyra la abrazó con lágrimas en los ojos, mientras Dante puso una mano sobre el hombro de Azael.
—Cuiden bien esa vida —dijo él—. Será el reflejo de la unión que muchos consideraron imposible.
Pero aún faltaba una revelación más.
Aradia, la hermana gemela de Selene, dio un paso al frente. Su porte era distinto: majestuoso y tranquilo, como un río que conoce su cauce.
—Yo también tengo algo que compartir —dijo, y al pronunciar esas palabras, el aire cambió. Una corriente de energía recorrió la sala, trayendo consigo el aroma del mar, el crujido del fuego, el soplo del viento y el temblor de la tierra.
De entre un portal dorado surgió Eryon, un dios griego de mirada ancestral y alas rotas de un antiguo ángel caído. Su presencia era tan poderosa que las llamas de las antorchas se inclinaron hacia él.
—Eryon es mi destino —anunció Aradia con orgullo—. Él porta el poder de los cuatro elementos, y su alma… su alma eligió quedarse entre los mortales por mí.
Eryon inclinó la cabeza ante Lyra y Dante.
—Su hija me salvó del olvido —dijo con voz grave—. Y juntos traeremos equilibrio donde el caos nació.
Lyra cubrió su boca, sorprendida por la magnitud de aquel lazo.
Dante, sonriendo con emoción contenida, solo murmuró:
—Así que el linaje continúa…
Aradia miró a su hermana y, con un brillo compartido en los ojos, anunció:
—Y yo también seré madre.
El corazón de Lyra latió con fuerza. Ambas hijas, las mellizas nacidas del amor prohibido entre una bruja y un vampiro, ahora formarían su propia descendencia, uniendo razas que jamás habían coexistido.
Aurelina, observando todo desde su trono, sonrió con serenidad.
—El equilibrio no solo se protege… también se hereda —susurró.
Evelyn se acercó a abrazar a sus hermanas menores, mientras Lucian y su esposa demonio brindaban por la nueva generación. El castillo entero se iluminó con destellos de magia blanca y dorada, mientras el libro de la vida se abría una vez más, revelando una nueva inscripción:
> “De la unión del fuego y la sombra, del aire y la tierra, nacerá la generación que traerá el amanecer eterno.”
Lyra levantó su copa con lágrimas de felicidad.
—Entonces, que el amanecer eterno comience con ustedes, mis hijas.
Y esa noche, bajo la misma luna que las vio nacer, Selene y Aradia sellaron su destino junto a sus amores, rodeadas de familia, magia y esperanza. 🌕🔥🌿🌊💫