La luna se alzaba en su punto más alto, teñida de rojo carmesí, cuando los gemidos de las mellizas llenaron los corredores del castillo.
Selene y Aradia daban vida en la misma noche, sus cuerpos marcados por la energía del Libro de la Vida, que flotaba abierto sobre ellas, irradiando una luz que oscilaba entre oro y azul oscuro.
Lyra sostenía las manos de sus hijas, su magia tejía protección en cada respiración. Dante, firme a su lado, empuñaba la espada ancestral, jurando que nada ni nadie rompería ese instante sagrado.
De Selene nació un niño, con ojos de fuego y un halo de luz plateada que iluminó todo el salón.
De Aradia, una niña de piel dorada y mirada profunda, en cuyos ojos danzaban los cuatro elementos: fuego, agua, tierra y aire.
El Libro de la Vida se abrió solo, como si el universo hablara:
> “De sus descendientes nacerá el Equilibrio Final. Ellos serán los portadores del amanecer eterno y los selladores de toda maldición.”
Las llamas del altar temblaron, el suelo vibró, y una ráfaga oscura irrumpió en la sala. Un aire frío, denso, atravesó el reino como un presagio. Aurelina alzó la vista al cielo y sintió la ruptura: la oscuridad había despertado.
—Está aquí… —susurró.
El cielo se partió en dos, dejando ver legiones de sombras y ángeles caídos corrompidos por la magia oscura. Un ejército de antiguas criaturas del abismo marchaba hacia los reinos, guiados por el Señor del Vacío, la encarnación de todas las maldiciones que alguna vez azotaron las especies.
Lyra, con la fuerza que solo una madre conoce, entregó a los recién nacidos a Aurelina.
—Protégelos. Ellos son el futuro.
Aurelina asintió, sus ojos brillando con el poder del sol y la luna.
—Por ustedes, por todos los que vinieron antes… el equilibrio no se rendirá.
Entonces comenzó la guerra final.
Los reinos se alzaron en unidad:
Dante y Lucian lideraron a los vampiros con la espada de fuego eterno.
Evelyn y sus trillizos invocaron los vientos y tormentas del norte.
Selene y su ángel, Azael, se elevaron con alas de luz y sombra entrelazadas.
Aradia y el dios Eryon hicieron temblar la tierra, invocando ríos de lava y rayos sagrados.
Lyra, en el centro de la batalla, resucitó su antiguo poder de bruja tejedora, controlando los cuatro elementos que el Libro le había otorgado.
El campo de batalla ardía entre relámpagos, fuego, y hechizos que quebraban el cielo.
Los enemigos caían uno a uno, pero el Señor del Vacío era imparable. Cada golpe suyo apagaba estrellas, cada rugido traía oscuridad.
Cuando todo parecía perdido, Aurelina levantó al recién nacido de Selene y a la hija de Aradia, y el Libro de la Vida se abrió por completo, mostrando su última página, escrita con fuego celestial:
> “El sacrificio del linaje unirá los mundos y romperá la maldición del abismo.”
Lyra comprendió.
Miró a Dante, y él asintió.
Ambos elevaron sus manos, canalizando toda la energía de su unión, la de sus hijos y nietos. El resplandor fue tan intenso que el propio cielo se dobló sobre sí mismo.
La oscuridad fue absorbida, sellada dentro del corazón de la tierra.
Aurelina, bañada en luz, gritó:
—¡Por las generaciones que vendrán, el equilibrio prevalecerá!
Y con un último estallido, el Señor del Vacío se desintegró.
El amanecer volvió al mundo.
El silencio reinó.
El aire olía a lluvia, fuego y esperanza.
Las familias se reencontraron entre lágrimas. Los niños lloraron… vivos, a salvo.
Lyra, exhausta pero en paz, tomó la mano de Dante.
—Hemos cerrado el ciclo —susurró.
—No —respondió él con una sonrisa cansada—. Lo hemos comenzado de nuevo.
Y bajo el amanecer eterno, la familia del sol y la luna selló para siempre el destino de las especies, unidas no por tratados, sino por amor y sangre. 🌞🌙💫