Sombras que arden

Epílogo — El eco de la eternidad

El tiempo, como la magia, nunca desaparece… solo cambia de forma.
A veces se convierte en viento que susurra nombres antiguos,
otras, en fuego que ilumina los corazones de quienes heredan el poder de amar.

Lyra y Dante descansaban bajo el árbol de los mil soles,
el mismo lugar donde sus caminos se cruzaron por primera vez.
El aire olía a vida, a promesa, a historia cumplida.
Frente a ellos, sus hijos, nietos y los nuevos guardianes del equilibrio reían,
ignorantes por un momento de la grandeza que corría por sus venas.

—¿Crees que nos recordarán? —preguntó Lyra, apoyando su cabeza en el pecho de Dante.
Él sonrió, acariciando su cabello con ternura.
—No tienen que hacerlo, amor.
—¿Por qué? —susurró ella.
—Porque estamos en ellos. En cada hechizo, en cada amanecer, en cada corazón que elija amar sin miedo.

El viento sopló entre las hojas del árbol,
y una luz suave envolvió sus cuerpos, como si el universo los abrazara.
El Libro de la Vida, ahora cerrado, reposaba a los pies del árbol.
Sus páginas ya no brillaban, pero su esencia latía, viva, en cada generación.

Desde el horizonte, Aurelina alzó la mirada al cielo,
y juró ante la luna que su linaje nunca volvería a conocer la oscuridad sin luchar.
El fuego de su madre, la fuerza de su padre y la unión de sus hermanos
eran ahora el legado del mundo.

Y así, entre el murmullo de los vientos antiguos,
una última frase resonó, como un canto eterno entre los reinos:

> “El amor no vence la oscuridad… la transforma.”
Y en esa transformación nació la eternidad.

🌒✨ FIN DEL LIBRO ✨🌘




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