Dasha,
El sol apenas empieza a filtrarse suave entre las cortinas ligeras, tiñendo la cocina de un tono gris‑dorado, y el aire ya huele a granos recién molidos y a vainilla —el café que él prefiere— preparado siempre con la misma medida, igual que llevo haciéndolo casi cada mañana durante una década. Son las siete y veintisiete minutos; sé la hora sin mirar el reloj porque el ritmo de esta casa es mi propio pulso: despertarme un poco antes que todos, sentirla tranquila, preparar el suelo donde mi familia va a pisar todo el día.
Arriba, unos pasos pequeños golpean rítmicamente la madera —tac‑tac, tac‑tac— cada vez más fuertes y rápidos.
— ¡Mamá! ¡Papá! ¡Ya desperté! — grita Lucca, y su voz rebota alegremente por todo el pasillo.
Y justo después, el llanto: quejumbroso, urgente, inconfundiblemente nuestro Simón. Baja volumen pero no intensidad: reclama brazos, leche, calor, saber que estamos aquí.
Apago la cafetera, limpio una gota que se derramó, y escucho puerta tras puerta abrirse y cerrarse arriba. Conozco esos pasos también: pesados y firmes cuando son de Alessandro, ligeros y descalzos si soy yo; ahora mezclados con trotecitos impacientes y un arrastrarse de mantita pequeña.
Baja primero Alessandro. Lleva pantalones oscuros y camisa blanca todavía sin corbata, el cabello un poco revuelto —ese detalle que siempre me parece el más suyo, antes que el mundo le ponga su máscara— y en brazos va a Simón, envuelto todavía en su pijama estampado de nubes, que se restriega los ojos y solloza contra su hombro.
— Lo encontré sentado en el borde de la cama —me dice bajando la voz, como si hablarle fuerte pudiera romperlo—, parecía que estaba esperando que alguien viniera.
Lo sostiene con esa torpeza cuidadosa que lo caracteriza: no es instinto puro como el mío, tiene que pensar dónde poner cada dedo, pero lo hace con una paciencia inmensa, lo acerca fuerte contra su pecho, y Simón va calmándose poco a poco.
Detrás llega corriendo Lucca, calcetines desiguales y una manta pequeña arrastrando de una mano, y se estrecha contra la pierna derecha de Alessandro como si fuera el mástil de un barco en medio de una tormenta, mirándolo con esos ojos grandes, oscuros y absolutamente idénticos a los suyos.
— ¡Papá! — le avisa muy serio — Hoy voy a dibujar un dragón que respira fuego… pero fuego que no quema nada. ¿Vale?
— Suena a un dragón muy noble — contesta Alessandro, bajando la cabeza hasta quedar a su altura y pasándole despacio una mano por el cabello revuelto—. Me gustaría mucho verlo cuando vuelva. ¿Lo tendrás listo?
— Sí —asiente Lucca con toda la gravedad del mundo —. Y le pondré tu nombre.
— ¿Ah sí? —Sonríe él, y esa sonrisa cambia todo su rostro, lo quita de ser un hombre importante y lo deja solo siendo nuestro hombre—. Me sentiré muy honrado.
Simón hace un pequeño ruido quejumbroso y estira los bracitos hacia mí. Alessandro se acerca para pasármelo, y cuando nuestros dedos se rozan siento ese cosquilleo tranquilo, familiar: diez años y todavía me recorre entera cada vez que me toca.
— Tú siempre sabes exactamente cómo tenerlos — me dice, bajando la mano hasta acariciarme despacio la cintura, un roce ligero que nadie más vería—. Yo… a veces siento que solo aprendo de ti.
— Tú aprendes distinto — le digo, apoyando la frente contra la suya un instante —. Los adoran. Y ellos lo saben.
Lo conozco todo sobre él. Sé que le gusta el café con una cucharadita rasa de azúcar y mucha leche, caliente pero no hirviendo; que prefiere las camisas de algodón ligero porque siente que la tela le “aprieta el pensamiento”; que cuando algo le preocupa —algo de verdad— aprieta levemente la mandíbula y respira un poquito más hondo por la nariz; que odia despedirse por teléfono y que cuando era niño coleccionaba monedas antiguas. Sé qué silencios son reflexión y cuáles cansancio; sé cuándo miente por cortesía y cuándo calla porque le duele decirlo en voz alta.
Y él… él me conoce a mí igual o mejor. Sabe que necesito luz tenue para dormir y aire fresco aunque haga frío; que me gusta cantar bajito cuando creo que nadie me escucha y que me inquieto si la casa queda demasiado callada, como si el silencio estuviera escondiendo algo; sabe que aun después de todo este tiempo me sonrojo si me mira así —fijo, despacio, recorriéndome entera— y que necesito que me abracen fuerte cuando no sé qué decir. Me sirve mi taza tal como siempre: media taza de café, el resto leche caliente, nada de azúcar, una gotita de canela en el borde —lo aprendió el primer año y nunca se ha equivocado.
Mientras doy el desayuno — leche tibia y puré de fruta para Simón, tostadas cortadas en triángulos para Lucca, café y unas rodajas de pera para nosotros dos — voy terminando de prepararme: blazer azul grisáceo, blusa suave, cabello recogido pero con unos mechones sueltos porque él dice que así le cae mejor a la cara. Reviso mi bolso: cuaderno, bolígrafo, tarjetas, llaves… y pienso en mi mañana.
— ¿Tienes muchas consultas? —me pregunta él, limpiando una mancha de mermelada que Lucca acaba de dejarle en la muñeca.
— Una mañana completa — asiento —. Tres evaluaciones iniciales y dos seguimientos largos. Personas que necesitan ordenar sus pensamientos, entender por qué repiten cosas que les duelen… o por qué no consiguen soltar lo que las rompe aunque quieran. —Cierro el bolso y lo miro un instante, y él me sostiene la mirada. — Es curioso, ¿verdad? Paso todo el día enseñando a mirar dónde fallan los vínculos, dónde se agrietan las mentiras… cómo reconocer cuándo alguien no está diciendo la verdad.
— Y sin embargo… — empieza él con una sonrisa suave.
—…creo saber cada rincón de tu mente —termino yo, acercándome y apoyando una mano sobre su pecho, sintiendo su corazón latir firme y parejo bajo la tela—. O al menos… me gusta creerlo.
Su teléfono vibra entonces sobre la encimera: una vez, dos veces, luego una tercera insistente. Alessandro aparta la mirada un segundo, desliza el dedo por la pantalla, frunce levemente el entrecejo —apenas un movimiento, casi imperceptible, que yo he visto mil veces— y responde con un tono que cambia por completo: voz más profunda, hombros enderezados, aire de autoridad que llena cada sílaba.