Sombras salvajes.

Capítulo 2. La paciente.

El consultorio respira calma. Es un espacio que he construido pensando en cada detalle: tonos suaves, madera cálida, luz que nunca hiere los ojos, aire limpio y tranquilo. Un refugio donde uno puede soltarse sin miedo a romperse. Son las nueve y media de una mañana que empezó igual que todas: café preparado tal cual nos gusta, beso lento en la puerta, risas pequeñas y promesas de volver. Cierro la carpeta, repaso mi lista y por un instante sonrío sola: todo está en su sitio.

Tomo el bolígrafo, enderezo la espalda — esa postura serena, atenta, perfeccionada año tras año — y digo:

— Adelante.

La puerta se abre.

Entra una mujer.

Sin sombras misteriosas, sin miradas desafiantes. Nada. Solo una mujer real: alta y elegante, piel de tono cálido, cabello negro liso cayéndole pesado y brillante hasta media espalda, ojos grandes marrón‑oscuro, directos, bonitos, pero hoy inquietos, bajando un poco la vista como quien trae algo difícil guardado adentro. Viste un conjunto sencillo color crema, abrigo suave y zapatos cómodos; revisa dónde sentarse, acomoda el bolso, respira hondo… nerviosa, tal como llega cualquiera por primera vez.

— Buenos días — su voz es clara, educada, limpia de toda malicia. — Soy Amara. Amara Sinclair.

— Mucho gusto, Amara — respondo escribiendo fluido, voz suave y profesional. — Soy Dasha D’Santo. Siéntase donde le parezca más cómodo, por favor.

Ella sonríe agradecida, cruza las piernas despacio, suelta el aire como si dejara caer una mochila pesada.

— Gracias. La verdad… nunca he venido a nada así. Pensé que yo sola podía arreglarlo todo… pero últimamente las cosas se sienten distintas y no logro entender por qué.

— No existe una forma “correcta” de estar aquí — le digo inclinando levemente la cabeza. — Vamos paso a paso. Hábleme primero de usted: ¿cómo son sus días? ¿Su familia, las personas que forman su vida? Todo aquello que le da forma a lo que siente.

Amara asiente, mirando hacia la ventana como si sacara recuerdos dulces.

— Tengo treinta y cinco años. Soy arquitecta, me gusta construir cosas firmes, que saben dónde están paradas. Y estoy casada.

— ¿Ah sí? — anoto sin levantar la vista. — ¿Hace cuánto tiempo?

—Diez años.

Mi mano se detiene una fracción de segundo. Solo eso. Diez años. Qué coincidencia tan limpia y perfecta. Levanto los ojos un instante y sonrío levemente:

— Es un recorrido hermoso. ¿Cómo se llevan? ¿Sigue siendo él su compañero, su lugar seguro?

Una ternura inmensa le ablanda toda la cara.

— Sí… exactamente eso. Mi hogar. — Baja la voz, casi confidencial — Es un hombre muy capaz, muy respetado… siempre tiene reuniones, viajes, horarios que cambian solos; parece que medio país depende de él. Sé que tengo que compartirlo con el mundo… y aun así, a veces me quedo esperando y siento que solo me quedan pedacitos al final del día. Pero cuando cruza la puerta… todo cambia. Me mira como si yo fuera lo único real. Me escucha de verdad. Sabe qué necesito incluso antes de que yo lo diga.

— ¿Y como padre? — pregunto.

— Maravilloso — responde al instante. — Paciente, divertido… nunca pone excusas. Llega agotado y aun así se agacha, los levanta, construye mundos en el suelo aunque le duelan las rodillas. Mis hijos lo adoran. Y él dice que somos lo mejor que le ha pasado.

Voy escribiendo… y cada palabra resuena extrañamente familiar. Como si yo estuviera escuchándome a mí misma. Frases, sentimientos, formas de querer que llevo grabados.

— ¿Cómo se llama él, Amara?

—Alessandro.

Escribo. Un nombre bonito, común. Hay miles.

— ¿Su apellido completo?

— Valenti. Alessandro Valenti.

La pluma se queda suspendida en el aire. El tiempo pierde su ritmo parejo. Alessandro Valenti. Lo firmé en actas, escribí en tarjetas, sobres, documentos miles de veces; lo pronuncié despierta, dormida, riendo y llorando. Es el nombre alrededor del cual construí todo mi mundo.

Me quedo inmóvil. El corazón empieza a golpearme lento pero fuerte, como un martillo detrás de un muro grueso.

— ¿Alessandro Valenti? — repito, y mi voz sale extrañamente pareja.

— Sí — ella sonríe inocente y serena —. ¿Lo conoce?

Otro Alessandro. Un Valenti distinto. Debe ser pariente, un homónimo… busco desesperadamente dónde encajarlo sin que todo se rompa, obligando a mi mente aferrarse a lo imposible.

—He oído mencionarlo — consigo decir —. Siga, por favor. Hábleme de su familia.

Amara asiente contenta.

— Tenemos cuatro hijos.

Cuatro.

La pluma se me escapa y choca contra la mesa con un golpe seco que retumba en el silencio. Yo tengo dos. Sé perfectamente cuántos hijos tiene Alessandro: Lucca y Simón. Nadie más. Ningún embarazo oculto, ninguna noticia, nada.

— Cuatro niños — repito bajito recuperándola con dedos fríos y torpes. — Deben llenar cada rincón.

— ¡Y todo el ruido del mundo! — ríe suavemente —. Matteo tiene trece años. Es el mayor y más responsable. Sofía cumplió diez, piensa todo y ve cosas que nadie nota; Nicolás siete, pura energía y abrazos eternos… y Livia. Nuestra pequeña. Tiene cuatro años.

Livía. Cuatro años.

El aire se vuelve agua espesa que cuesta respirar. Mientras yo daba a luz a Lucca, sostenía su cuerpecito y Alessandro me apretaba la mano jurando “nuestra familia empieza hoy”, él estaba construyendo exactamente lo mismo, al mismo tiempo, en otra casa, poniendo nombre y amor a una niña de la misma edad, el mismo momento exacto. ¿Cómo divides diez años día a día sin que nadie se dé cuenta? ¿Cómo repites tu vida palabra por palabra en dos sitios distintos?

Amara sigue hablando, acomodándose, apoyando las manos juntas sobre su falda…

Y ahí lo veo.

En su dedo anular izquierdo brilla un anillo.

No parecido. Idéntico.

Mismo oro blanco pesado, montura cuadrada suave, piedra central y dos diamantes pequeños a cada lado; y esa rayita casi invisible en el borde inferior —la que hicimos tropezando en unas escaleras nevadas, año seis, cuando nos reímos y dijimos “ahora lleva nuestra marca siempre”—. Sé cuánto pesa, cómo cambia al sol, y lo que dice grabado muy adentro: Siempre tuyo.




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