Someone to you

12. No cabe lugar para el odio

12.

No cabe lugar para el odio.

 

Michaela.

Pasamos la noche en su casa. Hablamos de cosas triviales y en un momento de nuestra conversación acabó concluyendo sus razones por las que no bebía. Me contó la mayor parte de su adolescencia parte por parte. Y no sé porqué tuve la necesidad de querer patear el culo de Olivia Michaelson, su madre, quien le abandonó tras la muerte de su padre en un viaje al extranjero con el ejército.

El padre de Austin era un militar que pasaba mucho tiempo afuera del país. Iba a batallas durante largos períodos, y entrenaba con los de su equipo durante largas horas. Por eso cuando volvía pasaba el máximo tiempo posible con su familia.

Pude sentir el atisbo de orgullo hacia su padre cuando me lo contaba. Su voz ronca y suave me daba la alusión de estar más veces así. Se sentía bien estar así con una persona.

Continuó contándome la historia, y su voz comenzó a entristecerse cuando me contó que un día, en una de las revisiones tras los entrenamientos, encontraron una infección que se había formado en su brazo derecho. La malaria le pilló desprevenido. Estando en Nigeria, las posibilidades de ser contagiado eran muy altas. Por falta de tiempo no pudieron a avisar a la familia y que pudiesen despedirse. Murió un par de días después de haberle diagnosticado de una enfermedad mortal.

Al parecer ya se había infectado un par de semanas antes pero no hubo ningún síntoma que lo delatase. Debido a la falta de recursos tampoco pudieron ayudarle mucho. Austin no pudo despedirse de su padre.

Cuando le miré a sus ojos esmeralda supe que había tanta bondad y tan pocas malas intenciones que me sentó mal. Sabía que debíamos ser abiertos, pero al igual que con Mark tenía miedo de que todo cambiase. Pero sobre todo, que me observase de otra manera.

No quería que cambiase. Le apreciaba tal como era y cómo estábamos en aquel momento.

Sí, me sentía atraída por él, pero igual solo era físico, o eso me decía a mí misma. Dudaba las pocas palabras que habíamos intercambiado Mark y yo. De verdad lo quería, pero no sabía si aquello iba a durar lo suficiente. No estaba segura de nada en mi vida.

Sentía que todo se descontrolaba, que no podía poner orden o fecha para todo. No podía hacer todo lo que quisiese con la libertad que yo deseaba. Pero estar con Austin en ese sitio, hablando, confesando y riéndonos como lo hacíamos me hacía sentir mucho más viva de lo que nunca pensé que uno podía sentirse.

Estaba viviendo una vida entera con tan solo palabras.

Me hallaba tan cómoda y yo misma que por un momento quise decírselo. Por tan solo unos segundos. Pero cuando esas dudas sobrevolaban mi cabeza él habló:

—No me había divertido tanto desde hacía tiempo—confesó.

Nos encontrábamos sentados en el sofá. Yo estaba mecida en su regazo. Se había convertido en una especie de nido cómodo para ambos. Nunca antes había podido sentirme tan libre de hacer algo tan íntimo.

No parecían haber barreras entre nosotros.

—Yo tampoco—susurré. Me observó desde su posición. Mi pelo estaba aturullado dejando huella de su presencia en el sofá. Tenía un cabello bastante largo por lo que ocupó casi la otra mitad del sofá. Ambos estábamos posicionados en medio de la acomodación.

—Eres mi única amiga, sin contar Amelia—masculló, revelando sus pensamientos internos.

—¿Amelia? ¿La cocinera? —deduje, y asintió—. No me lo creo.

—Créetelo—afirmó sonriente. Sentí cierto atisbo de abatimiento en sus ojos tan bonitos.

Me levanté del sitio, apoyándome en el respaldo del sofá y así poder verle ya erguida.

—¿Por qué? —inquirí.

—Ya te dije que mi adolescencia no fue muy sana, y de eso solo hace como hace dos años que terminó—explicó. Su tono de voz no era para nada nerviosa, y eso me sorprendió. —No sé si ya encontraste mi edad cuando me buscaste en Internet—se burló.

Puse los ojos en blanco y le di un pequeño puñetazo en el hombro.

—Sí lo sabía, pero no porque lo buscase, listo— Alzó una ceja y hablé: —Lo deduje por tu aspecto.

—¿Qué aspecto tengo yo? —me cuestionó curioso. Se posicionó de manera que estuviese frente a mí, su codo apoyado también sobre el respaldo.

—¿De chico de veinte años? —declaré.

—Ja ja— Cogió una almohada del otro lado del sofá sin que me diese cuenta y me lo lanzó a la cara. Aquello fue totalmente inesperado.

 

Austin.

 

No supe muy bien cómo reaccionaría, pero me moría por averiguarlo. Quería ver todos sus lados como persona.

¿No le gustaba que le lanzase almohadas a la cara? ¿Se pondría echa una furia? ¿Se lo tomaría como broma?

Había tantas cosas que quería saber…

Una vez recogió la almohada de su cara vi su expresión boquiabierta y sus cejas alzadas.

¿Estaba enfadada? ¿Me mataría a golpes? ¿Se iría?

Ahora sí que temí su reacción.

—Declaraste la guerra, amigo mío—me avisó. La miré a los ojos, ambos fijos por largos segundos. Su iris castaño y el mío verdoso parecieron entrelazarse.

Cuando menos me lo esperé ella se lanzó encima de mí, cayendo sobre mi torso. Mi camiseta grisácea casi blanca por los lavados fue víctima de uno de los asaltos de Mick. Sí, como lo oyes. No lo hizo una, ni dos, ni tres… Sino que hizo cinco asaltos mientras que me daba con la almohada, y yo me protegía con mis brazos en el aire.

En ningún caso lo lanzaba, se agarraba a él como una espada y me daba con él. Yo mientras tanto me reía. Se subió a horcajadas mientras que yo estaba completamente tumbado, dejando el espacio suficiente como para que me atacase.

Una vez pude zafarme de sus golpes, cayó. Perdió el equilibrio y se pegó un trompazo junto al suelo. En seguida me preocupé si se había hecho daño, pero cuando me levanté y me puse de cuclillas a su lado lo único que pude ver fue una sonrisa de su parte. Y luego se rió.




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