Someone to you

27. Eres perfecto. PARTE 1

27.

Eres perfecto

Parte 1.

 

Todos somos bellos. Bellos, en el sentido de la palabra, de que valemos algo en este mundo. Que sabemos quiénes somos cómo personas, aún estando un poco perdidos, con la visión un poco borrosa. Cada uno es referente de sus sentimientos. Cada uno realiza un cargo en este mundo; somos únicos. Cuando pensamos que somos basura y queremos arrastrarnos por los suelos por lo inútiles que nos dicen ser; por lo malo que dicen que somos; por lo insultante, feo, absurdo, irrealista… En esos momentos, dite que eres bello. Sí, exacto; llámate bello.

Estar en este mundo es una oportunidad y tú eliges cómo vivirla. Hay veces que decirte que eres bello no es suficiente. Pero mejor empezar por ello. Primero hay que quererse a uno mismo, y después a los demás. Si no aprendes a tener amor propio es improbable que sobrevivas dependiendo de otros. Es simplemente imposible.

Entonces, cuando te ames a ti mismo y quieras a otra persona… Solo sabes que él o ella, también te ama cuando te dice que eres bello. Bello en el sentido de que eres perfecto para él, su otra mitad, su alma gemela… Llámalo como quieras. Sin embargo, sabes que tú verdaderamente amas a alguien cuando te cuestionaste quién fuiste antes de él o ella.

¿Cambiamos de persona? No. ¿Sufrimos cambios irreversibles? No lo sé, depende. Pero, con seguridad, ¿quiénes somos en realidad? Nuestra mejor versión. Amas y aman cuando eres la mejor versión de ti mismo. Ahí es cuando sabes que está funcionando la conexión establecida con sinceridad.

Y eso es lo que sentía yo. Sentía que era mi mejor versión cuando estaba con Austin. Sentía que era una persona que se quería mucho, porque las mejorías solo establecían paz conmigo misma, acallando todos esos demonios que llamamos inseguridades.

¿Cómo conseguí pensar todo aquello en conclusión? Bueno, es tan simple como mostraros lo que ocurrió a lo largo del día de ayer.

 

***

24 horas antes.

Tomé el teléfono de la recepción por lo que parecía ser la centésima vez en todo el día. Me quedaba solo media hora hasta poder despedirme de aquel hostal del que agradecía recibir dinero, pero que igualmente no era mi sueño.

Nunca sería mi sueño. Pero debía vivir con ello.

La cirugía era mi sueño, y si no podía tener eso, era difícil marcar todos los objetivos en mi vida. Llevaba años observando prácticas por Internet, pidiéndole a mamá por favor que me prestase esos libros que ella compraba sobre medicina, prometiéndola que no los dañaría o arrugaría; que tendría todo el cuidado posible. Ella me los donó con una sonrisa por la insistencia. Yo le devolví el gesto, y pasé al menos ocho años leyendo, investigando, y observando mis oportunidades en las universidades más importantes y prestigiosas de medicina. Trabajé duro, para luego simplemente ser todo arruinado con unas palabras. Me hicieron sentir que perdí años de mi vida en algo que ni siquiera iba a cumplir.

Desdichadamente para mí, a los dieciséis me diagnosticaron de artritis reumatoides. Y hace menos de un año fui informada de problemas por un corazón débil, lo que resultaría con el paro cardíaco en cualquier momento de mi vida. Había más probabilidades de que ocurriese cuando llegase a mi adultez, pero teniendo en cuenta que mis medicamentos requerían su consumo, y ellos aumentaban las probabilidades de un infarto, yo estaba en medio de un puente resquebrajado. Nunca sabía cuando acabaría de nuevo en el hospital, o si es que llegaría a tiempo, o si en el caso de que sí llegase, que mi vida terminase en una mesa de operaciones.

¿Tenía miedo de morir? Lo decías así, y no tenía tanto como al principio. Lo que más  temía era hacer daño a los que dejase atrás en el camino. Lo sentía por la simple razón de que cuando mamá nos dejó, un vacío me embriagó. Sentí como si me hubiesen arrancado una parte de mí. Ella era mi madre, mi mejor amiga, mi confidente. ¿Por qué debía morir ella? ¿Por qué enfermaba ella?

Eso era algo que nunca he comprendido. Al igual que la mala suerte de mis raíces. Cada vez que sentía mi corazón palpitar con rapidez sabía que algo malo se avecinaba. Tan solo temía, como cuando no sentía nada inquietante. Así que apartar la mayor parte de la gente de mi lado había sido mi objetivo desde que tenía dieciséis. No necesito su pena, no necesito que me recuerden que estoy enferma y, menos, no quiero encariñarme, porque si lo hago yo temeré aún más partir en el momento equivocado. Porque entonces no estaré preparada; querré vivir más y eso no podía decidirlo. Eso me enojaba y entristecía por partes iguales.

¿Por qué no me apartaba de Austin? Era simple y complejo por diferentes motivos. Él era indispensable en mi vida, como lo era Mark. Aún sigue siéndolo, solo que de otra manera. Ya no cumple los requisitos para ser mi novio. No porque no nos amemos mutuamente, solo que Austin llegó, y el sentimiento entre Mark y yo fue diferente; desvaneció el romanticismo que nos unía previamente: bonito, protector y natural.

Austin y yo éramos desastres andantes. Éramos tontos, libres, nosotros mismos, éramos como dos llamas de fuego esperando a fundirse en uno. Éramos… Austin y Mick. Su Mick, y mi Austin.

Sé que si dejo ir a Austin no seré feliz por lo que me queda de vida, ¿suena egoísta, verdad? Lo es en ciertos aspectos. ¿Sentía él lo mismo? Esa era la duda que rondaba por mi cabeza. La que averiguaría esta noche.

Nervios me recorrieron.

¿Dolería el rechazo? Por supuesto que sí. ¿Cómo me sentiría si el amor fuera mutuo? Como millones de cohetes explotando y formando un arcoíris multicolor. Y eso evaporaba cuando me recordaba que no le había contado sobre mi diagnosis. Me hallaba miedosa y cobarde cuando me dirigía a él para decírselo.




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