Someone to you

34. Nuestro paraíso.

34.

Nuestro paraíso

 

Hace dos semanas.

Michaela.

Salí arrastras de la casa de Austin. La prometí a Lauren que quedaría con ella y la contaría los eventos de aquella pasada semana. Entre beso y beso, era difícil dejar a mi novio solo en casa, pero sabía que debía darle espacio para escribir sus maravillosas canciones. Sabía de sobra que yo solo le entretendría. A parte, hacía un par de semanas que no hablaba con Lauren en persona. Al final no cumplí muy bien con mi promesa sobre que visitaría al menos una vez por semana. Pero, tampoco es que se me diese bien cumplir bien las promesas.

Austin era ejemplo de ello.

Pero él era de esas maravillosas promesas rotas.

Salí del coche de Austin. Robert se ofreció amablemente en acercarme a la cafetería de la misma calle que la oficina de correos y yo acepté con gratitud hacia su ofrecimiento. En quince minutos, aproximadamente, llegué a mi destino y Robert McKenzie volvió a la mansión de su jefe. Teniendo ambos pies en el pavimento, observé la cafetería en la que una vez estuvimos Austin y yo haciéndonos preguntas salteadas para poder conocernos.

Sonreí ante el recuerdo.

Una vez adentro, saludé a la camarera de cabello cobrizo y me fijé en el cristal que estaba pegado al paisaje de la calle. A su lado había mesa de madera. Ahí se encontraba Lauren saludándome con la mano a la vez que su boca formulaba una preciosa sonrisa maternal. Me di cuenta que estábamos en la mesa de al lado a la que me senté la última vez con Austin.

Mejor, pensé, esos asientos y esa mesa serán especialmente para Austin y para mí.

Me senté frente a mi amiga y sonreí de forma contagiosa con la suya. Ese día era feliz. Austin lo había convertido en uno feliz. Parecía tonta por la manera en la que sonreía cuando me acordaba de esa bendita carta, de sus besos, y de sus caricias, pero no podía evitarlo. Lauren se dio cuenta de ello. Su ceja oscura arqueada y sus morros hechos un fruño de coña canteaban por sí solos.

—Pedí tu pasta favorita y agua, —se fijó en mi semblante que aún perduraba con ese tono rojizo y agregó— ¿Y esa sonrisa?—rio. Yo me puse roja y ladeé mi cuello hacia un lado como un cachorrito una vez puse una pierna encima de la otra. Dejé mi bolso a un lado del asiento para distraerme un poco de mis imaginaciones—. Aaaa, ya sé de qué se trata esto. ¿Ya lo leíste?

Su sonrisa se contagió junto a la mía, pareciendo dos bobaliconas de turno.

Ella se removió el cabello oscuro hacia un lado de su hombre y dijo, —¿Qué decía?

Negué con la cabeza, poniéndome aún más roja de lo que ya estaba.

—¿Cosas sucias? —intentó adivinar Lauren.

—¡Lauren, por favor!—bramé—¡Qué mente más guarra!

—Os pensáis que las personas mayores no somos igual que vosotros, y es verdad, solo que somos peores, te lo aseguro.

Hice una mueca de disgusto y ella rió.

—Venga, ¿me lo vas a decir o qué? —insistió, chismosa.

—Pues…—titubeé, mi voz rasposa—… Era una carta… ¿romántica?

—¿Romántica o erótica? Te puedo explicar las diferencias si ese es tu problema para definir lo que venía en esa carta.

—¡Lauren! En serio, detente—me tapé la cara con ambas de mis manos por la vergüenza. Reía, pero en verdad estaba más bien asustada por sus comentarios. Mi cara decía claramente “ WTF, ¿por qué tienes que traumarme?” —. Y no, no era erótica si te imaginabas eso.

—No, no lo creía, pero necesitaba la confirmación. Ese chico es incapaz de escribir algo lascivo sin ponerse rojo. —bromeó.

—¿Perdona?

—Es broma, Michaela. Solo que sería muy gracioso si lo hubiera hecho.

Negué con la cabeza a la vez que una sonrisa se asomaba entre mis labios.

—¿Y Mark? —se enserió.

Suspiré y respondí, —Se terminó.

—¿Y cómo te sientes? —inquirió, sus ojos fijos en los míos. Los suyos castaños serenos y los míos igual, solo que se aguaban con el recuerdo. Todavía escocía, pero sabía que era normal. Era parte del transcurso de la ruptura.

—Mal, por él. Nunca le debí dar esperanzas.

Lauren asintió, y después agregué, —Pero a la vez como que por fin me he quitado algo de encima. Quiero decir, Mark y yo estábamos siendo una carga para cada uno de nosotros. Era algo que estábamos prolongando. Nos estaba haciendo mal. Era mejor terminarlo ahora o hubiera sido peor. Hubiéramos acabado odiándonos, si es que él no me odia ya.

—No creo que te odie.

—Pero tendría todo el derecho del mundo al hacerlo.

—Michaela, Mark es un hombre listo. Puede que al principio esté dolido, pero al final comprenderá que ambos habéis salido beneficiados.

Hubo un silencio entre medias. La camarera lo rompió cuando llegó con ambos de nuestros platos. El mío era un plato de spaguetti bolognesa y el suyo era un plato con salsa carbonara.

—No sabía que aquí sirvieran comida italiana, en verdad—decidió comentar Lauren.

Subí la mirada previamente baja y la miré a los ojos. Ella comprendió mi malestar.

—¿Cómo pudimos terminar así? —comenté en un murmullo.

—¿A qué te refieres? —dijo, mientras removía los spaguetti que humeaban del calor.

Miré mi plato hondo relleno con pasta una vez más. Dejé el cubierto a un lado y de nuevo me dirigí a mi amiga, —¿Cómo uno puede enamorarse y luego dejar de estar enamorado? Supuestamente ese sentimiento es eterno.

—Depende de la persona, Ella.

—¿Quieres decir que yo soy de esas raras que tiene que enamorarse varias veces hasta encontrar al correcto?

Negó con la cabeza, —Significa que te enamoraste de Mark, tu primer amor, y cuando conociste a Austin, el amor de tu vida, hubo un cambio. Eso se llama el desamor. Dejaste de sentir lo del principio con Mark porque Austin te provocaba unos más fuertes… esos que son eternos.




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