Someone to you

44. Detrás

44.

Detrás.

 

Austin.

 

Ciertas palabras son difíciles de pronunciar. Y no, no me refiero a palabras como “esternocleidomastoideo” o cosas verdaderamente largas y extrañas como esas. Me refiero a esas palabras que los de tu alrededor no quieren escuchar o evitan tan solo la pronunciación del tema. Muchas veces, por mucho que rehuyamos, necesitan ser escuchadas. Puede que eso nos impulse a hacer lo que más miedo nos da. Yo me incluyo. Michaela también. Todos nos encontramos en el mismo saco.

En cuanto a mi madre… Como ya dije, todos estamos en el mismo saco. Yo reprimía las ganas de decirla nada sobre el asunto que más recuerdos nocivos nos aprisionaba. Acumulaba un saco de mierda por el tan solo pensamiento de “Austin, no quieres recordar. Ella tampoco. Déjalo estar. No hace falta remover más mierda. No es necesario. Tan solo aguanta. Mantente firme. No debe afectarte. No puede, ya estás acostumbrado. Es lo mismo de siempre, ignóralo.“ una y otra vez. Hasta que esa bolsa llena de comentarios ofensivos, actos molestos y conversaciones controversiales explotó.

No podía más. Dolió. No sé si más que el hecho de estar cargando más y más basura y tortura. Pero la explosión de la bola me liberó y me lastimó por ambas partes. Me liberó porque por fin sentí la libertad de decir cómo me sentía.

Hacía tiempo que no probaba lo que venía llamándose libertad.

En la discográfica persistían tour tras tour. Salir a la calle era un crimen. Mi personalidad se ahogaba poco a poco. Hasta que subió un poco hacia la superficie. Mick alzó su mano para yo tomar y salir a respirar de esa libertad. Pude abrirme. Pude ser yo mismo. Me enseñó muchas cosas. Demasiadas como para contarlas con los dedos de la mano.

Era como una caja de sorpresas. Me mostraba que ser yo valía la pena, y era posible de amar. Que explotar de vez en cuando nos libera como personas. Que no debo siempre reprimir mis pensamientos. Que yo debo hacer lo que amo, soy el único que puede antojarse esos gustos. Nadie me puede ofrecer lo que yo mismo puedo. Y eso es amar. Yo soy el que tengo razones para hacerlo y cómo usarlo de forma beneficiosa.

Y gracias a estas enseñanzas sentí que ella debía escuchar lo que pensaba. Ella temía. Puede que muchas veces demasiado. Pero estaba mejorando. Yo sé que está mejorando. Poco a poco. A su paso. Sin embargo, hay veces que necesita que se lo dejen claro para que no se descarrile de la ruta que ella misma ha trazado.

Necesita que la recuerde cuál es su meta. Necesita como estos paquetes de cigarrillos las consecuencias si no sigue adelante por ella sola. Necesita que la recuerde porqué lo hace. Esas razones que una vez la dieron la inercia a mejorar como persona.

Yo no era la que buscaba defectos. Ella convivía, podía confirmártelo sin tapujos, con todos esos defectos en mente. Se cohibía a confiar. Ella quiere aprender a confiar. Yo la ayudaré. Pero lo tendrá que hacer sola. Siempre ha funcionado así. Yo no puedo solucionar nada. Ni aunque quisiera aniquilar sus monstruos y sus demonios soy incapaz de derribarlos por completo. No porque no quiera, sino porque ella es la única capaz de matarlos por completo.

Yo no los veo. Ella sí.

Sería como dar espadazos a mí alrededor intentando proteger la única que observa los movimientos del monstruo. Sería el blanco de los demonios. El talón de Aquiles para la única superviviente.

Ella es la comandante de su propio reino. La única que manda sobre sí misma. La única que es capaz de sacar el veneno de su propio sistema cuando las cosas se ponen feas. La única que se puede convencer que sonreír es lo que necesita hacer hoy. Ella conoce a la perfección su pasado. Ella sabe lo que depara el futuro. No lo puede controlar. Pero sabe cómo debe accionar. Ella sola lo sabe. Únicamente ella. Siempre fue ella.

 

 

Escuché leves ronquidos provenientes de Michaela. La dije que se acostase, que descansase su cuerpo por hoy. Había dormido poco, y el haber caminado durante unas pocas horas y el hecho de que no se tomase las pastillas, empeoró un poco.

Las últimas horas fueron un caos intenso que sobrevolaba sobre nuestras cabezas. Mi mente, reconocía, que era una bola de pensamientos contradictorios y complejos de entender. Necesitaba un respiro.

Tomé una chaqueta vaquera que tenía sobre una de las sillas en la cocina y junto con las llaves bajé a la calle. Eran las once de la noche para entonces. Mick dormía, frita en su sitio en la cama. La derecha. Su lado. Yo tomé orden de mis pensamientos para una nueva letra, pero después de una hora seguida sin nada decidí dejarlo ir.

La frustración me podía. Necesitaba aire fresco. Según salí tras la puerta del portal tomé una bocanada de aire como si fuese la primera vez que respiraba en horas.

La primera cosa a ordenar eran mis nuevas citas y reuniones con la discográfica. Al fin al cabo, estos meses habían sido tiempo para componer. Fui libre de poder descansar. Si descansar significa recibir notificaciones de Jeff y el manager de mi carrera cada dos por tres. De verdad les agradecía que hicieran mi sueño adolescente verdad, pero había ciertos puntos del trabajo con los que no podía.

Desde un principio sabía que no todo iba a ser como lo que imaginaba. Lo veía todo tan espectacular, que el hecho de haber conseguido tan pronto ese contrato de tres años me cegó por completo las posibilidades de cansarme de ello hasta un punto.

Aún era joven. Yo sabía que era muy pronto para decir que estaba ‘cansado’. No lo estaba pero… ¿Qué será de mi cuando no sea solo un par de quejas? ¿Qué pensaré cuando renueve el contrato que perdurará seis años esta vez? ¿Viviré siempre así? ¿Temiendo a salir afuera y nunca poder tener la oportunidad de verdad respirar la libertad de relajarme por las calles de Los Ángeles?




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