Someone to you

50. I will carry you with me

 AUSTIN.

— ¿Te encuentras bien? —la susurré al oído. Se removió incómoda y asintió.

Que pregunta más estúpida, Austin.

Había dejado a Chiara en casa con mi madre. Desde el nacimiento de su nieta, pareció involucrarse más en mi vida, y al principio no sabía cómo responder a eso, Mick tampoco quiso interponerse. Sabía que a ella no le agradaba nada mi madre.

La verdad es que mi madre me había decepcionado pero no podía romper mi lazo con ella porque a fin de cuentas ella era mi madre y no había nada que fuese a contradecirme.

Recuerdo nuestra última conversación, antes de que dejase a Chiara en sus manos por primera vez.

—Austin...

— ¿Qué?

—Yo...—titubeó.

— ¿Tú qué?

— ¿Cuándo regresarás a por la niña? Sabes que puede quedarse a dormir aquí, no tengo ningún problema. —terminó por decir.

Negué con la cabeza, porque siempre hacía lo mismo. Siempre evitaba hablar de los temas que importaban, y estaba cansado de ser yo el que quisiese arreglar las cosas, esperaba que ella alzara la mano de una vez por todas y mostrase que nuestra relación le importase en lo más mínimo.

Aún seguía esperando, igual.

— ¿Cuándo querrás hablar de ello? —se me salió de la lengua.

— ¿El qué? —se hizo la loca.

—Mamá...—la llamé—. No te odio, pero... me decepcionas—mi voz se quebró en cuanto las palabras salieron de mi boca. No me quedé más tiempo, salí de allí, buscando un lugar donde me sintiese en casa.

Mi madre me observó sin inmutarse. Ella era de esas personas que no mostraban emociones. Pero eso no significaba que sintiese, significaba que su corazón se rompe y se recompone en silencio. Significa que ama y odia como el resto. Significa que puede llegar a amarme y que puede sentirse mal.

Mi problema es que no lo enseña. No lo dice. No lo muestra.

Resulta que todos somos humanos, ella incluida. Que puede equivocarse, que solo hace falta que se haga frente a las circunstancias. Se dará cuenta de su daño. Lo hará. No sé cuándo. Hay personas que necesitan que les muestres el caos que producen sus acciones para darse cuenta. Mi madre era una de ellas. Necesitaba enseñarla que sus acciones me habían lastimado; me habían cambiado.

Yo lo había superado, solo necesitaba que ella lo aceptase de una vez por todas su caos. Por ella y por mí.

Para poder ponerle fin a una época oscura de nuestras vidas.

Solo deseaba que no fuese demasiado tarde.

Fijé mi vista de nuevo en mi mujer. Tenía los ojos cerrados, y atisbé cómo aún mostraba fortaleza para seguir parpadeando.

Mi chica es una guerrera.

Llevo haciéndome a la idea de vivir sin ella tanto tiempo que siento que no ha valido la pena. Y no ha valido la pena porque todavía no estoy preparado. No estoy preparado para dejarla ir. No estoy preparado para vivir sin ella.

Veo que sus ojos se llenan de lágrimas pero se rehúsa a dejarlas ir. Sin embargo, una sonrisa invade su rostro y no sabía si llorar o besarla.

Nunca comprendí. Y seguiré sin comprender de dónde sacaría esa fortaleza tan vivaz que deslumbra en todo lugar al que va.

La parte egoísta de mí quiere gritar: « ¿Por qué estás sonriendo? ¿¡No ves que mi mundo está cayendo a mis pies!?»

Pero no lo hago, porque sé que tiene razón. Y yo no debería de derrumbarme frente a ella. No cuando ella sí que verdaderamente está preparada. Pude verlo en sus ojos. Un atisbo de tristeza pero a la vez aceptación vislumbraba en su semblante, rompiéndome por completo.

«Por favor, no me dejes.» la pedí silenciosamente.

— ¿Te acuerdas del día que nos conocimos?—me inquirió, una sonrisa melancólica en la comisura de sus labios resquebrajados. Sus ojos habían perdido ese brillo. Su cara había perdido color.

—Como si de mi historia favorita se tratara— la susurré, mis ojos verdes observándola acristalados.

—Entonces recordarás que te amo.

— ¿Cómo olvidarlo si es lo único que me mantiene en forma? — susurro, incapaz de mantener la compostura. Una lágrima recorre mi mejilla. Ella la traza con el dedo y termina con su recorrido antes de que caiga.

Realmente, nunca me dijeron que perder al amor de tu vida fuera así. No era difícil o complicado, era simplemente... Así. Jodidamente así. No había palabras para explicar los sentimientos que afloraban ante aquello.

Dolor, sobre todo.

El estruendoso crac de mi corazón atronó por todo mi pecho.

—Michaela...

—Timmy... —Observo cómo una lágrima recorre su mejilla, ambas sonrojadas por el dolor que sabía que ambos sentíamos. Dio pequeñas palmaditas en un lado de su cama y en seguida me tumbé a su lado. Escuché el pitido de la máquina a su lado. Olí el olor a sedante que inundaba aquel apestoso hospital.

Se me escapó otra lagrima y a ella igual.

—Te amo...

—Yo también, mi amor— sollocé sin poder controlar mi tristeza.

—Dila que la amo.

—Por favor díselo tú—la supliqué.

Tienes que decírselo tú. Dile a Chiara que la amas. Recuérdaselo el resto de su vida. Recuérdamelo a mí también. No quiero olvidar el sonido de tu voz.

—Austin...—tosió—...Sabes que no va a poder ser. Por mucho que lo desee.

Apoyó su cabeza en mi pecho y yo la dejé. Su respiración era trabajosa. Poco a poco noté cómo la costaba tomar un trago sin atragantarse de la mucosidad que arrastraba. Noté su débil mano sobre mi abdomen.

Sus ojos se cerraron, cansados.

Ella quería eso: reposar. Estaba pálida, deseando el sueño. Quería descansar. No quería más hospital. No quería vivir así.

Poco a poco noto como sus inhalaciones aminoran. Noto como se duerme. Como sus latidos son cada vez más lentos.

Como dejan de ser seguidos. Como deja de hacerlo. Como ya ni hay.

Como el eterno y el para siempre tomaron su decisión.

El pitido de la máquina me hizo agarrarla con más fuerzas, gritando mentalmente:« ¡Por favor! ¡Por favor, no te vayas! ¡Te necesito! »




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