Somnia: Cuando la realidad se quiebra.

El bosque de mariposas estrellas...

El frío del metal me atravesaba la espalda. Estaba atada en una especie de camilla dura, dentro de lo que parecía ser una cabaña oscura. Intenté moverme, girar la cabeza, buscar una salida, pero las cuerdas me sujetaban de pies a cabeza: tobillos, cintura, muñecas… incluso el cuello. La sensación de impotencia me quemaba por dentro.

—¿Quién eres? —pregunté, con una voz más firme de lo que realmente me sentía.

—Lo sabrás pronto —respondió la misma voz masculina, cargada de burla.

Escuché cómo se levantaba. Los pasos se acercaron y mi cuerpo se tensó. Una sombra se proyectó sobre mí antes de que él apareciera. Pero no pude evitar abrir ligeramente la boca cuando lo ví finalmente.

Cabello negro azabache, alto, fornido, chaqueta de cuero, camisa blanca y pantalones verde oscuro. Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aire: azul profundo, como el mar en plena noche. Los mismos que…

—Si sigues con la boca abierta, vas a babear —su voz cortó mis pensamientos, y todo el encanto se desmoronó al ver su sonrisa de suficiencia. 'Idiota', pensé, apretando los labios.

—¿Dónde estoy? —pregunté, siguiendo sus movimientos mientras se acomodaba en una silla al otro lado de la habitación.

—Lo sabrás pronto —repitió, con la misma calma irritante.

—Desátame, al menos —exigí.

—No puedo hacer eso —su sonrisa se amplió al notar mi frustración.

—No puedes simplemente dejarme aquí atada y quedarte mirando —dije con rabia.

Él se encogió de hombros y se recostó con comodidad, brazos detrás de la cabeza, como si todo aquello fuera un juego.

—De hecho, sí puedo. Y lo estoy haciendo ahora —respondió con burla.

Estaba a punto de replicar cuando la puerta de la cabaña se abrió. Los pasos se acercaron y entonces la vi: la chica suicida. La misma que me había arrastrado a saltar por la ventana en aquella habitación.

Ahora vestía una camisa vinotinto sin mangas y pantalón blanco. Tenía heridas visibles en los brazos, quizá por la caída de antes. Sus ojos, los mismos que los del tipo, ahora entiendo porque se me hacían conocidos.

—Oh, ya está despierta —dijo con una sonrisa, como si verme atada fuera lo más normal del mundo—. ¿Es realmente necesario tenerla así? La pobre se ve incómoda.

Qué considerada', pensé con ironía. Después de casi morir por la caída, ahora se preocupaba por mi comodidad.

El tipo solo se encogió de hombros. Yo suspiré con irritación.

—¿Cuándo va a llegar? —preguntó la chica de repente.

—No lo sé. Si recibió la noticia, debe aparecer en cualquier momento —respondió él.

Me pregunté de quién estarían hablando y cerré los ojos.

—Espero despertar pronto… este sueño es demasiado extraño —murmuré para mí misma, antes de volver a abrirlos.

Ambos me miraron con incredulidad

—¿Sueño? —repitió la chica y juro que ví la burla en los ojos.

—Es mejor que tú cerebro piense eso, así es como los débiles de mente pueden soportar ciertas situaciones en las que no tienen control—añadió el tipo, sin ocultar su sonrisa.

La puerta volvió a abrirse. La atmósfera cambió de golpe. La chica se tensó y la sonrisa del hombre desapareció.

—¿Es ella? —preguntó una voz masculina. El escalofrío me recorrió de inmediato. Grave, ronca, calmada… pero con un matiz de frialdad que me heló la sangre.

La chica retrocedió unos pasos. El hombre me señaló. Los pasos se acercaron y finalmente lo vi. Cabello negro, más largo que el tipo de la sonrisa, alto, probablemente más que el otro chico, traje completamente oscuro y bien ajustado a sus músculos. Pero fueron sus ojos los que me paralizaron: azul pálido, semejante a dos iceberg. Su mirada se clavó en mí y tragué saliva.

—Esperen afuera. Prepárenlo todo. Nos iremos en un momento —ordenó con voz firme.

La chica salió. El hombre de sonrisa irritante la siguió. La puerta se cerró y el silencio pesado me envolvió. Hubiera preferido que él se quedara.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el recién llegado.

—Elara —respondí casi en automático, sorprendida por la rapidez al decirlo.

Me observó con ojos calculadores antes de caminar hacia una mesa. Tomó algo y regresó. Una navaja pequeña, puntiaguda, brillaba en su mano.

—¿Qué… qué vas a hacer con eso? —tartamudeé.

No respondió. Se inclinó y llevó la navaja a las ataduras de mis tobillos. El alivio me recorrió cuando las cuerdas cedieron.

Minutos después, liberó mi cintura y muñecas. Solo quedaba la del cuello. Se acercó más, tanto que pude sentir su aliento. La navaja rozó mi piel y me tensé.

—Cuidado… —susurré.

Él no me miró. La punta se hundió apenas en mi cuello. Un dolor punzante me hizo sisear. Sentí un hilo cálido descender: mi sangre.

Los segundos se volvieron eternos hasta que finalmente cortó la última atadura. Me senté de golpe, mareada por el movimiento brusco, y llevé una mano a mi cuello, sintiendo la humedad de la sangre.

—¡Casi me cortas el cuello! —lo miré con furia.

Él se encogió de hombros y guardó la navaja en su bolsillo. Antes de que pudiera replicar, levantó la mano para silenciarme.

—Ahórrate tus palabras, ya nos vamos.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Me quedé ahí, mis ojos seguían su espalda con la irritación ardiendo en mi sangre. Él giró apenas el rostro, mirándome por encima del hombro. Su mirada ahora lejos de asustarme, solo avivó mi enojo.

Inhalé profundamente, obligando a mis piernas temblorosas a sostenerme, y me levanté. Caminé hacia él con firmeza, lanzandole dagas con los ojos, antes de cruzar la puerta.

El frío nocturno me recibió al cruzar el umbral, haciendo que me estremeciera ligeramente. Pero entonces me encontré con la mejor vista. El bosque se extendía ante mí, árboles altos y un cielo estrellado que parecía infinito. Era hermoso… hasta que sentí su mano firme en mi brazo, arrastrándome hacia adelante.

Más adelante nos esperaban el chico de sonrisa irritante y la chica. El silencio reinaba mientras caminábamos entre los árboles, roto solo por nuestros pasos y los sonidos del bosque.



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En el texto hay: aventura fantasia sobrenatural

Editado: 09.01.2026

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