El terror me heló la sangre.
Los otros cuatro aparecieron de entre los árboles, mirándome como depredadores. El calvo me sostuvo con fuerza, acercándome más a él, apresándome sin darme oportunidad de pensar o huir. Su agarre era tan firme que sentí cómo la piel de mi brazo se hundía bajo sus dedos ásperos.
Los otros cuatro hombres se acercaban aún más y se reían con malicia, sin dejar de analizarme como si fuera un objeto.
—Bueno, bueno… qué grata sorpresa la que tenemos aquí —dijo el calvo, analizando mi rostro como si ya le perteneciera.
Su carcajada resonó en el bosque y me atravesó como un cuchillo.
—Una completa joyita —se unió uno de los hombres, con una sonrisa que me provocó escalofríos.
El calvo tomó mi barbilla y observó detenidamente mi rostro. El brillo en sus ojos no prometía nada bueno, era como si ya estuviera imaginando qué hacer conmigo.
Entonces, hice lo que toda persona con escasas opciones, poca imaginación, sin fuerza bruta, sin complexión intimidante y sin la capacidad para noquearlo haría....
Darle una buena, potente, dolorosa, afincada y tortuosa para dónde no le da el sol.
El hombre soltó un gemido ahogado, doblándose de inmediato. Aproveché el momento para empujarlo con todas mis fuerzas y salir corriendo.
Corrí por mi vida, con el corazón latiendo como un tambor en mis oídos. El bosque nocturno se convirtió en un laberinto de sombras y ramas, y cada paso parecía un milagro de supervivencia. El aire frío me cortaba la garganta, las ramas me arañaban los brazos, pero nada me detenía. Detrás de mí, escuché los gritos de los hombres, maldiciones y risas mezcladas con la furia de la sorpresa.
Pero al cabo de unos minutos, el cansancio empezó a hacer efecto. Mis piernas ardían, mi respiración era un jadeo desesperado. Me regañé mentalmente por nunca hacer ejercicio y poner excusas cuando tenía que hacer educación física en la escuela.
En un mal paso, quizá por un desnivel en el suelo, mi poco equilibrio o el cansancio, tal vez puede que si de lleno ni para correr sirvo, mi pie como todo últimamente me falla, se doblo haciéndome caer de bruces y con fuerza de cara contra el césped lleno de todo lo que quizá ni tenga conciencia.
Tirada en el suelo siento apenas el dolor en mi rostro. "Genial, lo que no tenía que pasar, paso." murmuré escupiendo lo que yo creía que era tierra con césped y ojalá que fuera eso y no otra cosa.
Me mordi la lengua al escuchar los pasos de los hombres, me levanté a la velocidad de la luz. No tenía tiempo para besar el suelo y menos para replicar escenas de protagonistas de películas de terror.
Al intentar correr de nuevo dispuesta a seguir con la maratón que se había convertido mi vida, solté un alarido lastimero al apoyar el pie, mi tobillo protestando, la terrible punzada incesante en la zona era una total tortura."Gran momento, y el reconocimiento a pies flojos es para... Elara." Corrí como pude, cojeando, pero fue inútil.
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Cinco minutos después, estaba en el campamento de los hombres, atada de pies a cabeza contra un tronco por uno de los fortachones. Sentí un deja vu amargo.
—Átala bien —ordenó el calvo con una sonrisa
—No creo que sea necesario, jefe. A penas y sobrevive a ella misma— Miró mi tobillo con burla.
—¿Disculpa?—dije con una mueca, totalmente ofendida.
El tipo que me ataba solto una risa y apretó aún más las cuerdas en mis muñecas, haciéndome sisear.
—Todo listo, como un lindo corderito—dijo con satisfacción mientras se levantaba.
El calvo asintió. —Bien, revisemos el perímetro antes de irnos. Yo estaré cerca para vigilar que no intente nada.
Los hombres se dispersaron, dejándome sola y atada en medio del bosque.
Miré hacia el cielo estrellado. Tal vez podría disfrutar más de la vista si no estuviera atada como rehén. Solté un largo suspiro
—Esto solo me pasa a mí… —murmuré con pesadez—. ¿Quién me manda a caminar por ahí como si fuera mi casa?
Me regañé a mí misma, suspirando otra vez.
—Bueno, es que el bosque está bien bonito… era imposible no querer ver los alrededores. Y ahora… estoy hablando sola. Genial, Elara, genial.
La fogata se apagaba poco a poco y la oscuridad me envolvía.
—Qué bonita situación… —murmuré con sarcasmo.
Me moví bruscamente y solté un quejido de fastidio.
—Que desgracia... Después de quejarme de que mi vida era aburrida, ahora prefiero estar encerrada en mi casa que pasar por esto… En un bosque en medio de la nada, amarrada como un hombre con brujería.
Apoyé la cabeza contra el tronco, mirando al cielo.
“Bueno… el lado positivo es que aún no me han hecho nada y… en este bosque no hay contaminación.” Solté una risita por mi propio pensamiento.
—Me estoy volviendo loca… —susurré— Tantas veces... tantas veces me queje y ahora que finalmente ocurre algo fuera de lo común... Ya no me gusta— Me queje como una niña caprichosa que no obtiene lo que quiere.
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La fogata estaba completamente apagada ahora, dejándome a oscuras y con los únicos sonidos del bosque y mis propias quejas constantes.
De repente, una rama se rompió. Salté, mirando hacia el sonido. Rezando internamente, preparada para lo peor. Tal vez eran los hombres que por fin venian o algo peor, un oso, un animal raro. Pero lo que apareció fue… un conejo, saltando libremente.
Suspiré con alivio y sonreí. Era adorable, la cosita más linda y tierna que había visto desde que entré a este sueño extraño.
—Cosita bonita… ven, ven —lo llamé cariñosamente.
El conejo se acercó, moviendo su naricita adorablemente. Moví mis dedos lo más que pude, intentando atraerlo. Cuando estuvo cerca, se me quedó mirando, como si estuviera escaneando mi situación.
—Sí, bueno… como vez estoy atada, sola y desamparada —murmuré con lástima.
El conejo inclinó la cabeza, sus orejas moviéndose. Se acercó más, olió mis manos y yo casi morí de ternura.