Somnia: Cuando la realidad se quiebra.

El velo del bosque...

Vi mi vida pasar frente a mis ojos, sí, así como en las películas: los recuerdos de mi primer juguete, mi primera caída, mi primer diente flojo… incluso aquel día en que casi me como una croqueta de perro pensando que eran galletas con formas. Ay, qué recuerdos. Cuando viví mi momento canónico con la vainilla, y cuando por ver una película de Disney me apliqué perfume en la boca… no lo recomiendo para nada.

"Corazón, ¿ubicas que estás a punto de morir y no es momento para divagar?" Me recordé a mí misma justo cuando vi cómo el conejo saltaba sobre mí. ¿En qué momento se deformó tanto? ¿Por qué estaba más grande que antes? ¿Esa cosa siquiera estaba bautizada?

“Dios, sé que les das tus peores batallas a tus peores guerreros… ¿o cómo era? El asunto es que te pido encarecidamente que si me salvas de esta, yo no vuelvo a hacer nada estúpido”, recé internamente.

Esperé un milagro y nada. Solo vi cómo el conejo abría su boca tan grande que alcancé a mirar su úvula. Esperé mi final resignada, ya vi mi lápida y el epitafio grabado: “Aquí yacen los restos decorados de… por un conejo poseído.”

Y como obra de Dios escuché un quejido. No era mío, cabe resaltar, sino del coso ese que parecía conejo pero no era conejo. Al abrir mis ojos vi cómo una flecha lo atravesaba y un líquido espeso y maloliente salía de la herida… y ni así se moría el animal.

—No se te puede descuidar, porque mira cómo terminas. Debiste dejar que le diera un bocado a ver si así aprende —dijo la voz del chico de sonrisa irritante.

La chica apareció detrás de él, con un arco en sus manos. Se acercó y me miró con calma.

—¿Estás bien?

—Un poco traumatizada… —respondí con la mirada perdida.

El chico de sonrisa irritante soltó una carcajada, ganándose de inmediato una mirada matadora mía.

En ese momento llegó también el de ojos fríos, mirándome con lo que juraría era una pizca de irritación.

Los cinco hombres que me habían atado aparecieron de nuevo, pero antes de que pudieran decir algo, el de ojos fríos y el de sonrisa irritante los noquearon con movimientos rápidos y precisos. Los empezaron a amarrar juntos, mientras la chica me ayudaba a terminar de desatarme.

Me levanté, aún temblando, y miré el cadáver del conejo terrorífico.

—¿Qué… qué cosa era eso? —pregunté, incrédula.

La chica respondió despreocupadamente:

—Solo un pequeño mutante.

La miré con incredulidad, incapaz de entender cómo podía hablar con tanta calma después de semejante horror.

Finalmente, los chicos terminaron de atar a los hombres. El de sonrisa irritante se estiró.

—Es hora de ponernos en marcha.

Los hombres se alarmaron, rogando que no los dejaran ahí.

—¡La noche en el bosque sin luz es peligrosa! —gritó el calvo.

Me burlé internamente. “Bien hecho”, pensé.

El de ojos fríos los miró con severidad y habló con voz grave.

—La noche es joven, y es el velo que, tras su oscuridad, da cobijo a aquellos seres que se deleitan con sufrimiento, agonía y dolor ajeno… y más si son ellos quienes lo causan. Como consejo… el bosque no es piadoso con quienes no pertenecen a sus tinieblas. Que tengan linda noche.

Se dio la vuelta y empezó a alejarse. El de sonrisa irritante lo siguió, mientras la chica me tomó del brazo y me hizo caminar con ella.

Caminamos unos minutos hasta volver al campamento de antes, donde ahora había dos caballos esperando. El de ojos fríos me miró con dureza.

—Gracias a ti ahora estamos retrasados. Es hora de irnos.

Lo miré de mala manera, pero me mordí la lengua para no decir nada.

Unos minutos después, estábamos en marcha. Yo caminaba, mientras a mi lado cabalgaba el de ojos fríos, y del otro lado iban montados el de sonrisa irritante y la chica suicida.

—¿Por qué ustedes sí pueden ir a caballo y yo tengo que caminar? —me quejé.

El de sonrisa irritante me miró con su sonrisa característica.

—Pregúntate a ti misma.

Bajé la mirada, murmurando:

—No es mi culpa querer explorar un poco…

La chica soltó una risa ligera.

Después de un rato caminando, empecé a sentirme mal. Cada pisada era un martirio: el tobillo me dolía, estaba inflamado y con un hematoma feo y preocupante. Intentaba no hacer muecas de dolor para no darles el gusto de verme sufrir, pero era una batalla perdida. El dolor empeoraba con cada segundo.

A eso se sumaba la picazón en el cuerpo y una ligera migraña que no sabía si atribuir a la huida o a la caída. Todo explotaba ahora que la adrenalina había bajado.

Seguí caminando unos veinte pasos más, tambaleándome. Tropecé una vez, pero seguí. A la segunda, choqué con una piedra justo con el pie lastimado. Perdí el equilibrio y solté algunas lágrimas que nublaron mi vista.

Parpadee... y todo se oscureció.



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En el texto hay: aventura fantasia sobrenatural

Editado: 09.01.2026

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