La primera en salir fue una mujer alta, de piel clara y cabello castaño claro con flequillo perfectamente alineado. Su vestido negro era tan corto y escotado que parecía más una declaración que una prenda. Los tacones resonaron contra el suelo de piedra, cada paso firme como si marcara territorio. Sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas, se clavaron en mí con una mezcla de desconfianza y crítica.
—¿Ella? —levantó una ceja. Su voz era aguda, un poco chillona y altanera, como si estuviera hablando de un objeto fuera de lugar.
Sentí su mirada recorrerme de arriba abajo, juzgando cada detalle de mi ropa y mi postura. No necesitaba decir más: su tono ya me había dejado claro que, para ella, yo no era más que una intrusa sin clase.
El segundo al que vi fue un hombre alto, de cabello oscuro y mirada gris. Esos ojos… no eran simples, parecían polvo suspendido, incómodo, recorriéndome de arriba abajo como si pudiera leer cada rincón de mi ser. Sentí el impulso inmediato de apartarme, de esconderme, pero estaba demasiado expuesta.
Su sonrisa no ayudaba. Era como si disfrutara de mi incomodidad.
—¿Está es la dulzura de la que tanto escuché? —murmuró con una voz baja y encantadora, tan suave que resultaba irritante.
Esa voz, que en otro contexto podría sonar atractiva, aquí solo me hizo sentir que estaba siendo analizada, juzgada o peor aún, disfrutada.
Y el último en aparecer… fue un hombre que destacaba principalmente por sus ojos avellana brillantes, tan intensos que parecían deslumbrar y obligaban a mirarlo más de una vez. Eran impresionantes, como si guardaran un fuego interno que no se apagaba.
Era alto, bastante alto si me lo preguntan, y no es porque mi metro sesenta sea la causa de verlo tan alto… o bueno, es probable que sí. Pero su complexión atlética y fornida, con hombros anchos, no ayudaba en nada.
Su cabello azabache caía sobre su rostro, dándole un aire intimidante, aún más intimidante aparte de su altura. Vestía elegante: una camisa negra de cuello de tortuga y un largo saco con bordados y botones dorados. Decente, sí… decente. No es como si fuera a decirlo en voz alta, claro.
No lo detallé más, porque al sentir esa mirada pesada sobre mí, un estremecimiento me recorrió. Quería que dejara de mirarme. No era hostil, pero era… simplemente incómodo.
—Si, es ella, el imán de desgracias— soltó una carcajada ante su infantil y nada necesaria intervención. Si no estuviera atada..... Jum la bofetada que le daría le dejaría los cinco dedos bien marcados en esa ridícula sonrisa.
—¿Es así?—sonríe ligeramente pasando su mirada desde mi cabeza hasta los pies. De verdad que me incomodaba su presencia—Pero si se ve tranquila.... A menos que no lo sea— terminó, con un tono que claramente sugería otra cosa, sin dejar de recorrerme lentamente.
—Les recuerdo que esto no es una reunión para socializar. Adentro todos—ordenó el tempano de hielo, puso una mano en mi hombro y prácticamente me empujó hacia el interior.
Los demás nos siguieron y al entrar... Wow. Era mucho más increíble por dentro. El olor a madera pulida y a incienso suave llenaba cada rincón, el lugar casi parecía diseñado para impresionar. Las paredes estaban adornadas con cuadros antiguos, marcos dorados, y enormes lámparas de cristal que colgaban del techo, reflejando la luz cálida en el piso de mármol.
Todo se veía caro, valioso, incluso el suelo parecía demasiado perfecto y pulcro como para pisarlo. Me quedé maravillada, nunca había estado en una casa como está... Bueno si es que se le puede llamar "casa" a este palacio. Lo único que se veía económico y fuera de lugar era yo, porque hasta los otros por más simples que fueran sus ropas se veían bien. Que desgracia.
Salí de mis pensamientos cuando el témpano de hielo me sentó en un sofá sin ningún tipo de cuidado. Lo miré de mala manera.
—¿Me puedes desatar ya? ¿O voy a quedar así para siempre? —me quejé, pero él solo se sentó en una esquina del sofá, ignorándome por completo.
El de voz encantadora se acomodó justo a mi lado, demasiado cerca para mi comodidad. La chica de mirada crítica, se sentó junto a él, mientras el tipo intimidante ocupaba el sofá frente a mí. El de sonrisa irritante, se dejó caer al lado del témpano de hielo, y la chica suicida, se sentó a mi otro lado.
El aire era tenso, incómodo. Como cuando vas en el ascensor con una persona desconocida y sientes que el ascensor va demasiado lento.
Hasta que la suicida me miró con una sonrisa suave.
—Déjame desatarte —dijo antes de empezar a soltar la cuerda alrededor de mis muñecas.
El chico de voz encantadora se inclinó un poco hacia mí, con esa sonrisa de playboy.
—¿Cómo te llamas, lindura? —su voz era suave y sedosa. Me miró con atención y yo tuve que moverme un poco hacia atrás para sentir que tenía espacio.
—Me llamo Elara —respondí incómoda. La chica ya había terminado de desatar la cuerda, dejando mis manos libres. —Gracias —le murmuré, y ella solo me sonrió un poco más.
El tipo se acercó otra vez, su sonrisa más amplia.
—Hermoso nombre... Es un placer, Elara—susurró y la manera en la que dijo mi nombre que hizo sentir aún más incómoda. Antes de que tomará mi mano y besara el dorso— Permíteme presentarme, yo soy Devin.
Aparté mi mano rápidamente y me alejé otra vez. Antes de poder decir algo, la chica de mirada critica envolvió sus brazos alrededor de él y me miró como si fuera una plaga.
—Y yo soy Briette, *su novia*— recalco la palabra, y estoy más que segura que si tiene la oportunidad es capaz de colgarle al hombre un letrero con letra grande y legible que diga "Propiedad de Briette"—No estorbes ¿quieres? No tenemos tiempo para cuidar a alguien... Como tú—Me miro de arriba abajo despectivamente.
Se que no me veo de lo más presentable pero.... No tiene que mirarme así. Me ha juzgado con la mirada desde que apareció, así tampoco.
Devin soltó una ligera risa, pasando su brazo alrededor de los hombros de ella.