Somnia: Cuando la realidad se quiebra.

El peso de una bandeja...

Avance hacia la mesa con la bandeja temblando apenas entre mis dedos, había hecho esto muchas veces, en el trabajo cuando llevaba los pedidos hacías las mesas del restaurante, pero está vez era distinto. Está vez estaba en un lugar diferente, con personas diferentes y un ambiente muy muy diferente.

El peso de las copas no era nada comparado con el peso de las miradas que me recorrían sin pudor. Sentía cómo los ojos de aquellos hombres se deslizaban por mis piernas casi descubiertas, subiendo por la tela corta del vestido negro que apenas cubría la parte superior de mis muslos. “¿Por qué el vestido tenia que ser tan corto?” pensé con irritacion.

Nunca en mi vida había utilizado una prenda así. Nunca, ¿Y tenía que ser en un lugar así?

Respire hondo. “Solo deja las bebidas vete Elara, lo has hecho muchas veces, aunque... Nunca habia servido hombres que pareciera como si me desnudaran con la mirada.”

Llegué a la mesa de los hombres e intenté no mirarlos mientras empezaba a poner las copas en la mesa.

Coloqué la primera copa. Luego la segunda. La tercera, cuarta y cuando deje la quinta, ya estaba girando sobre mis talones para alejarme lo más rápido posible.

Pero una mano áspera atrapó la mia.

—¿Cuánto cobras por unas horas de servicio, muñeca?— pregunto un hombre, con una sonrisa torcida que no dejaba dudas sobre lo que insinuaba.

Sentí un vuelco en el estómago, tanto de indignación, como de repulsión. Me solté de un tirón brusco y di un paso atrás.

—Yo no hago ese tipo de trabajo —dije, con la voz firme pese al temblor interno que sentía— Ni siquiera quiero estar aquí. Me están obligando.

Yo que terminaba de hablar y la mesa que estallaba en carcajadas. Risas fuertes, exageradas, como si hubiera contado un chiste súper gracioso. “Diganme el chiste para yo también reírme, hijos de-”. Inhale internamente.

—Ay, qué tierna —dijo otro de los hombres, acercando su mano a mi cintura.

Antes de que pudiera reaccionar, me envolvió con su brazo y me jaló hacia él. Choque contra su pecho, sintiendo al instante el desagradable olor a alcohol y sudor.

—No nos interesan tus dramas —murmuró él, apretando mi cintura más fuerte— Solo queremos una asistencia privada. Nunca te habíamos visto. Tienes una cara bonita… y el cuerpo también acompaña.

Sentí cómo la sangre empezaba a hervírme. Intenté apartarme, pero el agarre en mi cintura era como una pinza. El hombre deslizó su mano por una de mis piernas acariciándome de una forma que hizo que me tensara por completo.

Y así fue como dentro de mi algo hizo crack y estalle.

Sin pensarlo y como la impulsiva que soy, levante la bandeja que aún tenía en mis manos y la estrelle contra el rostro del hombre.

El golpe resonó, seguido del gemido de dolor del hombre que me solté de inmediato, llevándose la mano a la cara mientras soltaba una maldición.

—¡Maldita...! —gruñó.

Uno de los otros hombres se levantó de golpe, arrastrando la silla. Luego otro. Y otro. Hasta que los cinco en la mesa estuvieron de pie. Acorralandome.

Retrocedí un paso. Luego otro. Sentía mis piernas temblar, pero aun así intentaba mantener la mirada firme, como si eso pudiera detenerlos.

—Te vas a arrepentir, muñeca —escupió el del golpe, aún presionándose la mejilla donde ya empezaba a asomar un tono morado.

Otro rió por lo bajo.

—Sí, sí... que aprenda cómo se comporta aquí.

—Deberíamos enseñarle nosotros mismos —añadió uno más, dando un paso hacia adelante.

Yo seguí retrocediendo, sin quitarles los ojos de encima, manteniendo la bandeja contra mi pecho como un escudo, hasta que mi espalda chocó contra algo sólido.

Mi corazón se detuvo un segundo.

Tragué saliva y me giré lentamente.

Y ahí estaba.

El traje dorado, la sonrisa que no era sonrisa y los ojos que parecían contener caos.

El jerarca. El tipo con esa sonrisa tan escalofriante.

Su presencia era tan pesada que los hombres detrás de mí se quedaron en silencio al instante, como si alguien hubiera apagado un interruptor.

Él me miró primero a mí. Luego a los hombres. Y cuando habló, su voz fue tan calmada que me heló la sangre.

—¿Qué está pasando aquí?

El hombre al que había golpeado dio un paso adelante, aún sosteniéndose el rostro.

—Tu muñeca me agredió —dijo, señalándome con un dedo tembloroso de rabia—. ¡Mírala! Me golpeó sin razón.

Los otros cuatro asintieron enseguida, como perros ladrando detrás del más grande.

—Sí, es cierto.

—No sabe comportarse.

—Tienes que enseñarle modales.

—Una muñeca así necesita disciplina.

Tuve que morderme la lengua para no insultarlos, sabía que sería peor si decía algo ahora.

El jerarca los escucho, sin cambiar de expresión. Ni una ceja se movió.

Luego suspiró, como si estuviera cansado de lidiar con niños caprichosos.

—Lamento el inconveniente —dijo con una cortesía tan falsa que me hizo hacer una mueca inconsciente— Ella es nueva. Todavía no entiende cómo funcionan las cosas aquí. Ya saben cómo es.

Los hombres se miraron entre sí.

—Pero —continuó él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos— por este pequeño inconveniente... Todas sus bebidas irán por la casa— Soltó formando una sonrisa educada. Esperando la respuesta de los hombres.

Uno de ellos se adelantó diciendo:

—Bueno si es así todo problema queda en el olvido. Pero si vuelve a ocurrir no lo dejaremos pasar. Seremos nosotros mismos quienes le enseñemos nuevas doctrinas.

Los otros hombres asintieron en acuerdo y se fueron sentando de nuevo, aunque no sin antes lanzarme miradas cargadas de molestia. Cómo si yo fuera la culpable de arruinarles el entrenamiento.

El Jerarca me tomó del brazo —no con fuerza suficiente para dejar marcas visibles, pero sí con la presión exacta para recordarme que podía hacerlo si quería— y me arrastró hacia la zona donde las mujeres servían bebidas.



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En el texto hay: aventura fantasia sobrenatural

Editado: 17.05.2026

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