El tiempo se volvió una masa espesa y pegajosa. Copa tras copa, bandeja tras bandeja, el ruido del salón se fue convirtiendo en un zumbido de fondo mientras mi mente trazaba mapas de escape. La puerta principal, demasiado vigilada. La salida de la cocina, quizás. Ese pasillo oscuro que vi cuando fui al baño... pero siempre había algún guardia, alguna mirada que me seguía.
“Respira, Elara. Observa y espera.”
Y así, entre el aroma nauseabundo del alcohol barato y el eco de risas falsas, las horas se arrastraron hasta que, por fin, el movimiento empezó a cesar. Los hombres se fueron despidiendo, algunos tambaleándose, otros siendo arrastrados por sus acompañantes. Las mujeres recogían las mesas con gestos cansados y mecánicos.
Yo por mi parte, limpiaba una mesa cuando una sombra se proyectó sobre el mantel. Levanté la vista con el corazón en un puño, y allí estaba él. El traje dorado, los anillos, esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.
—Has hecho un buen trabajo, caramelo —dijo, con una voz tan falsamente cálida como el abrazo de un oso hambriento —Aparte del pequeño incidente de esta noche... te has comportado.
No respondí. Me limité a seguir limpiando, con más fuerza de la necesaria. Cada frote del paño era un intento de no temblar.
—Mañana será un día largo —continuó, como si mi silencio fuera una invitación a seguir —Necesitas descansar. No quiero verte cansada.
Y entonces, su mano se alzó y acarició mi cabello. Un gesto que pretendía ser cálido, pero que me heló la sangre. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: me aparté de un brinco, el paño cayó al suelo y mis ojos echaron chispas.
—No me toques —siseé, con una furia que me sorprendió a mí misma.
Él se quedó mirándome un instante, y luego soltó una risa baja. Una risa que no tenía nada de alegre.
—Qué carácter —murmuró, y se alejó sin mirar atrás, como si yo no fuera más que una anécdota divertida en su noche.
El asco me subió por la garganta. “Ojalá te tropieces y te rompas la frente”, pensé, mientras recuperaba el paño con dedos temblorosos, ya sea de rabia o miedo. Probablemente las dos cosas.
Poco a poco, el salón se fue vaciando. Las últimas mujeres recogían sus cosas y se encaminaban hacia las habitaciones. Yo estaba a punto de seguir a alguna, a ver dónde dormían, cuando una mano me agarró el brazo.
Gire la cabeza para ver quién era y... Era ella. La mujer que me había vestido. Su expresión seguía siendo neutra, pero esta vez había algo distinto en sus ojos. No dijo nada. Solo me tomó del brazo y me guió hacia el fondo del bar, hacia una puerta pequeña y oscura que yo no había notado.
—¿Qué...? —empecé, pero ella no respondió.
La puerta se abrió y el frío de la noche me golpeó en la cara. Salimos al exterior. Por un segundo, mi corazón dio un brinco de esperanza: ¿Me estaba ayudando a escapar?
Pero pronto esa esperanza se apagó. En lugar de soltarme, me llevó hacia el bosque. La oscuridad nos envolvió, los árboles se alzaban como paredes mientras nos alejabamos del lugar. Mis pasos se volvieron torpes sobre las raíces y las piedras.
—¿A dónde vamos? —pregunté, intentando soltarme
Lo que llevó a qué apretara su agarre que, era sorprendentemente fuerte.
— ¡Oye! ¡Para! —Intente otra vez, pero nada.
Ella seguía caminando, su agarre firme como el acero. Cuanto más forcejeaba, más apretaba.
Caminamos durante lo que me parecieron siglos. El bosque se volvía más denso, el aire más frío, y luego, de repente, los árboles se abrieron. El horizonte se despejó. Y finalmente supe adónde me había llevado.
Un acantilado.
Más allá, el vacío y la noche. Abajo, el rumor sordo del agua golpeando las rocas.
—¿Por qué? —susurré, con la voz quebrada —¿Por qué me trajiste aquí?
Ella no me respondió de inmediato. Se limitó a mirar el abismo, como si estuviera recordando algo lejano. Cuando habló, su voz ya no era neutra. Estaba llena de algo que no supe identificar: ¿rabia? ¿tristeza? ¿locura? Tal vez una mezcla de todas.
—Me llamo Mara —dijo, sin mirarme —Llegué aquí igual que tú. Asustada, confundida, creyendo que todo era un sueño. Pero no lo era. Nunca lo fue.
Yo no sabía qué decir, me quedé en shock. ¿Igual que yo? Mi mente empezó a trabajar a toda velocidad para tratar de entender. El viento golpeando mi rostro y erizandome la piel.
—Me obligué a acostumbrarme —continuó —No me quedaba otra. Aprendí a sonreír cuando quería llorar. A servir cuando quería huir. A vivir en este infierno porque no había salida.
Su voz se quebró.
—Hasta que él llegó. El Jerarca. Me vio, me eligió, me hizo su favorita. Y por un tiempo... todo fue diferente. Me trató bien. Me dio una razón para seguir. Creí que realmente le importaba.
Quise decir algo, preguntar, tratar de consolarla. Pero antes de poder llegar a soltar palabras, ella siguió.
—Luego llegaste tú —su tono cambió, se volvió afilado —Y en el momento en que él te vio... sus ojos brillaron como nunca habían brillado conmigo. Me dejó de lado. Como si los años que estuve a su lado no hubieran valido nada.
Un escalofrío me recorrió y negué.
—Mara... —empecé, dando un paso hacia ella —Ese tipo no te quiere. Te manipula. Te usa. No eres su favorita, eres... eres una víctima, igual que yo. Podemos escapar juntas. Buscar una salida de este mundo. Despertar —Extendí una mano hacia ella.
Ella me miró entonces, y en sus ojos vi algo que me heló más que el viento: una certeza absoluta mezclada con un brillo peligroso en sus ojos café. Y yo bajé mi mano por instinto.
—No puedo despertar —dijo, con una calma terrible— Lo intenté. Muchas veces. Al principio sí. Cerraba los ojos y deseaba con todas mis fuerzas volver a mi vida. Pero nunca pasó. Porque esto ya no es un sueño para mí. Esta es mi realidad. Y si él ya no me quiere... entonces no me queda nada.
—Pero...
—¡Cállate! —gritó, un grito que no solo me hizo saltar sino también que rasgó su propia garganta —La única manera de que mi vida tenga sentido... la única manera de que yo pueda seguir... es que tú no estés.