Somnun: Entre sueños y sombras

Capítulo 4: El Guardián del Tiempo

El silencio que siguió a las palabras de Percival fue de esos que no piden ser llenados. Heather lo agradeció. Necesitaba un momento para que la frase —Bienvenida a casa— dejara de rebotar dentro de su cráneo como un eco infinito.

Pero el silencio, en Somnun, no era realmente silencio.

Había capas. Susurros. Un rumor constante como de hojas que se rozan, aunque no soplara viento. Y debajo de eso, algo más profundo: una vibración que Heather sentía en los huesos, como si el mundo mismo respirara.

—Ven —dijo Percival, y comenzó a caminar sin esperar respuesta.

Heather dudó un segundo. Miró a Alistair, que seguía con los brazos cruzados y expresión de "no me pagan lo suficiente para esto". Él alzó una ceja.

—¿Qué esperas? No te va a morder.

—No hablaba contigo —murmuró Heather, y apretó el paso para alcanzar a Percival.

El anciano —aunque "anciano" no parecía la palabra correcta; había algo eterno en él, algo que trascendía la edad— caminaba con una lentitud deliberada, como si cada paso fuera parte de una conversación más grande con el suelo que pisaba. Heather notó que iba descalzo, y que el musgo estelar parecía brillar más donde tocaban sus pies.

—¿Duele? —preguntó Heather sin pensar.

Percival la miró con una chispa de curiosidad.

—¿El qué?

—Caminar así. ¿No tienes frío? ¿No te lastimas?

Él sonrió, y fue como ver arrugarse la corteza de un árbol milenario.

—El tiempo, Heather, me ha enseñado muchas cosas. Una de ellas es que el dolor es solo información. Y el musgo de Laront... —se detuvo un momento y rozó con los dedos una de las alfombras verdes que cubrían el suelo— ...es amable con quienes lo respetan.

Heather no supo qué responder a eso. Así que optó por lo práctico.

—¿A dónde vamos?

—A la ciudad. Es hora de que veas Laront como realmente es. Y de que yo te cuente lo que necesitas saber.

El bosque comenzó a transformarse gradualmente, aunque Heather no habría podido decir en qué momento exacto dejaron atrás los árboles de troncos plateados para adentrarse en algo que solo podía describir como... arquitectura viva.

Las primeras estructuras que aparecieron eran casi orgánicas: arcos de madera luminosa que crecían desde el suelo como raíces al revés, formando pasadizos naturales. Luego vinieron las torres: delgadas, altísimas, retorcidas en espirales que desafiaban la gravedad, conectadas entre sí por puentes de luz sólida que parpadeaban suavemente. Algunas estaban cubiertas de enredaderas con flores que se abrían y cerraban al ritmo de algo que podría haber sido música... o podría haber sido el latido de la ciudad misma.

—Esto es... —Heather buscó la palabra— ...imposible.

—Para ti, quizá —dijo Percival con suavidad—. Para nosotros, es simplemente Laront. El reino donde el tiempo fluye como agua y se detiene como piedra, según lo necesitemos.

—¿El tiempo fluye y se detiene? ¿Así, literalmente?

Percival señaló hacia una de las torres más cercanas. En su cúspide, un reloj gigante no marcaba horas, sino que mostraba fragmentos de escenas: un niño corriendo, una hoja cayendo, una ola rompiendo contra una costa que Heather no reconoció.

—Cada torre guarda momentos. Recuerdos. Instantes que alguien, en algún lugar, consideró valiosos. Aquí, el tiempo no se mide. Se conserva.

Heather se detuvo, fascinada y horrorizada a la vez.

—¿Quién decide qué momentos se guardan?

—Quien los vive. O quien los ama. O quien los necesita recordar.

—Eso suena... peligroso.

Percival asintió, y por primera vez su expresión perdió algo de esa serenidad impenetrable.

—Lo es. Todo lo que vale la pena, lo es.

Siguieron caminando. La ciudad se volvía más densa a su alrededor, aunque "densa" no significaba aglomerada. Había figuras aquí y allá —seres de aspecto humano pero con algo distinto, algo etéreo— que se inclinaban levemente al ver pasar a Percival. Algunas lo saludaban con la mano. Otras simplemente sonreían y seguían su camino.

—¿Todos te conocen? —preguntó Heather.

—Llevo muchos años aquí. Muchos más de los que puedas imaginar.

—¿Cuántos?

Percival la miró con esos ojos grises que parecían contener océanos.

—Suficientes para aprender que los números dejan de importar cuando has visto nacer y morir civilizaciones.

Heather sintió un escalofrío. No de miedo. De asombro. De repentina conciencia de lo pequeña que era en comparación con la historia que la rodeaba.

—Pero empecemos por el principio —dijo Percival, deteniéndose junto a una fuente que no contenía agua, sino luz líquida que caía hacia arriba—. O al menos, por el principio que necesitas conocer ahora.

—Somnun —comenzó— no es un mundo, ni un sueño, ni una dimensión, aunque participa de los tres. Es un pliegue. Un espacio entre realidades que existe porque alguien, hace miles de años, decidió que los sueños merecían un lugar propio.

—¿Alguien? ¿Quién?

—No lo sabemos. Ni siquiera yo, con todo mi tiempo, he podido descubrir el origen exacto. Tal vez fue un ser. Tal vez fue muchos. Tal vez fue la humanidad misma, soñando colectivamente, sin saberlo. Lo que sí sabemos es que Somnun se sostiene por sí mismo ahora. Tiene sus propias reglas, sus propios habitantes, su propia... voluntad.

Heather frunció el ceño.

—¿Los habitantes? ¿Como Alistair? ¿Como tú? ¿No son humanos?

—Algunos lo fueron. Otros nacieron aquí. Las fronteras entre mundos son más permeables de lo que crees. La gente cruza sin saberlo, en sueños. Algunos se quedan. Otros regresan. Tú... tú eres especial.

—¿Por qué?

—Porque no solo sueñas con Somnun. Porque no solo lo visitas. Porque tu alma —Percival posó una mano en su propio pecho, donde el corazón debería estar— pertenece aquí tanto como allá. Naciste en el Velo, Heather. Entre mundos. Tu madre lo supo desde el primer momento.

El nombre cayó como una piedra en agua quieta.




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