La luz del amanecer en Somnun no llegaba gradualmente, como en el mundo de Heather. Sencillamente... aparecía. Un momento el cielo era un tapiz de morados y azules profundos, y al siguiente una calidez dorada se derramaba sobre la ciudad como si alguien hubiera volcado un recipiente de luz sobre el horizonte.
Heather parpadeó, desorientada. Por un instante, no supo dónde estaba. La cama era demasiado suave, el aire demasiado puro, y el silencio... el silencio tenía textura.
Entonces lo recordó todo.
Somnun. Percival. La carta. Sus padres.
Se incorporó de golpe, llevándose una mano al pecho. El colgante seguía allí, cálido y familiar. No había sido un sueño. Esto era real. Ella estaba aquí.
Un golpe suave en la puerta la hizo saltar.
—¿Adelante? —dijo, con voz aún dormida.
La puerta se abrió y Percival asomó la cabeza con una sonrisa serena. Había algo en él que recordaba a los abuelos de las películas: sabio, amable, con una paciencia que parecía infinita. Pero también había algo más, algo que Heather no podía definir. Como si detrás de esos ojos grises se escondieran mil años de historias.
—Buenos días, Heather —dijo—. ¿Has dormido bien?
Ella asintió, sorprendida al darse cuenta de que era cierto. No recordaba la última vez que había despertado sin esa sensación de pesadez, sin el eco de pesadillas recientes.
—Aquí se duerme diferente —murmuró.
—Te lo dije. El sueño en Somnun no es fuga, es nutrición. —Percival abrió del todo la puerta—. Hoy te mostraré Laront. Hay mucho que ver, y más que entender.
Heather se levantó, alisando su ropa. Seguía con los mismos jeans y camiseta con los que había llegado, y de repente se sintió ridícula.
—¿Hay... hay alguna forma de conseguir ropa de aquí? —preguntó, tímidamente.
Percival sonrió.
—Por supuesto. Pero primero, desayunemos.
La cocina de la pequeña casa era cálida y sencilla, con paredes de piedra clara y ventanas que dejaban entrar la luz danzante de Laront. Sobre una mesa de madera, alguien había dispuesto frutas que Heather no reconoció —algunas con formas geométricas, otras que cambiaban de color al mirarlas— y un pan que desprendía un aroma tan intenso que le hizo rugir el estómago.
—Los sentidos aquí son más agudos —explicó Percival, sirviéndole una infusión humeante—. La comida sabe más, los colores son más vivos, las emociones... bueno, las emociones también.
Heather probó una de las frutas. Explotó en su boca con un sabor que no podía describir: dulce, sí, pero también fresco, y con un deje que le recordó a la lluvia sobre tierra seca.
—Es de Linzent —dijo Percival—. El reino de la naturaleza. Allí crecen cosas que no podrías imaginar.
—¿Me llevarás algún día?
—Cuando estés lista. Cada cosa a su tiempo.
Desayunaron en un silencio cómodo. Heather notó que Percival no comía, solo bebía su infusión mirando por la ventana, como si el paisaje fuera suficiente alimento para él.
—¿Tú no tienes hambre? —preguntó ella.
—Yo... —dudó—. Yo me nutro de otras formas. El tiempo, Heather, también alimenta. Los recuerdos, las experiencias, las historias. Todo eso me sostiene.
Ella no entendió del todo, pero decidió no preguntar más.
Cuando salieron, la ciudad la recibió con un abrazo de luz y sonido. El mercado que habían visto de pasada la noche anterior ahora bullía de actividad. Seres de todas las formas y tamaños —algunos claramente humanos, otros con orejas puntiagudas, piel iridiscente o cabello que flotaba como si estuviera bajo el agua— caminaban entre puestos que ofrecían mercancías imposibles.
—Este es el Bazar de los Ecos —explicó Percival mientras caminaban—. Aquí se vende de todo: recuerdos, sueños, fragmentos de tiempo, emociones embotelladas. Cosas que en tu mundo serían imposibles de comerciar.
Heather se detuvo ante un puesto donde un anciano de piel azulada vendía pequeñas esferas de cristal que contenían niebla giratoria.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Sueños olvidados —respondió el anciano, mirándola con curiosidad—. Cuando alguien en el mundo humano despierta y no recuerda lo que soñó, a veces el sueño no se pierde del todo. Flota hasta aquí. Yo los recolecto y los vendo a quien quiera vivirlos.
—¿Se pueden... vivir los sueños de otros? —preguntó Heather, fascinada por las pequeñas esferas que giraban lentamente en sus recipientes de cristal.
El anciano de piel azulada sonrió, mostrando dientes del color de las perlas. Sus ojos, negros como el carbón, brillaron con diversión.
—Claro. Es uno de los comercios más antiguos de Somnun. Los sueños olvidados no merecen perderse en la nada. Alguien los soñó con intensidad, con deseo, con miedo o con amor. ¿Por qué habrían de desvanecerse? Aquí los guardamos, los cuidamos, y quien quiera puede comprar uno y vivirlo como propio. —Se inclinó ligeramente hacia ella—. ¿Quieres probar?
Heather miró a Percival, buscando orientación. El Guardián asintió con una sonrisa serena.
—Solo una vez —dijo—. Para que entiendas.
El anciano seleccionó una de las esferas más pequeñas, apenas del tamaño de una canica, y la colocó en la palma extendida de Heather. El cristal era tibio, casi vivo, y en su interior la niebla giraba con una cadencia hipnótica.
—Cierra los ojos —susurró el vendedor—. Y no tengas miedo. Solo recibe.
Heather obedeció. Por un instante no sintió nada, solo el latido de su propio corazón. Pero entonces...
La calidez del sol en la nuca. El roce de las espigas de trigo contra las piernas desnudas. Risas, risas infantiles que brotan del pecho sin esfuerzo. Una mano grande y suave sostiene la suya. "¡Más rápido, mamá, más rápido!" El viento revuelve el cabello. El olor a pan recién horneado flota desde una casa de paredes blancas, allá al borde del campo. Hay una mariposa amarilla que baila frente a sus ojos. Todo es ligero, perfecto, eterno. No hay dolor, no hay pérdida, no hay miedo. Solo amor. Solo el instante.