Somnun: Entre sueños y sombras

Capítulo 6: Regreso a Casa

—Baje a desayunar —ordenó Vivi, recuperando algo de su compostura habitual—. Y tráigase eso —señaló la túnica—. Quiero verla bien con luz natural.

Heather obedeció. Se cambió la túnica por unos jeans y una camiseta —con cierto pesar, porque la tela de Somnun era increíblemente suave— y bajó hacia la cocina.

En la cocina, Vivi ya había dispuesto el desayuno: waffles con miel, jugo de manzana, fruta fresca. Todo normal. Todo terriblemente cotidiano para alguien que acababa de pasar dos días en otro mundo.

Heather se sentó y, entre mordiscos, fue soltando las palabras. Somnun. El hombre del abrigo. La carta de sus padres. Percival. Laront. Las torres de recuerdos. Alistair. El regreso repentino.

—¿Y usted cree que eso fue real? —preguntó al fin.

—Mire esto, Vivi. —Heather señaló la túnica—. Esto no existe en ninguna parte de esta ciudad, ni del mundo.

Vivi tomó la túnica con cuidado, como si fuera a romperse, y la observó a contraluz. La tela parecía respirar, cambiando de tono del plateado al azul pálido según el ángulo.

—Es preciosa —murmuró.

—¿Me cree?

—No sé si entiendo lo que me dice, señorita. Pero la conozco desde que era una niña. Y nunca le he visto esa mirada. —Vivi devolvió la túnica a la mesa—. Parece... viva. Como si hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando.

—¿Y no va a llamar a un médico?

—¿Serviría de algo?

Heather negó con la cabeza.

—Entonces no. —Vivi se levantó y comenzó a recoger los platos—. Pero si va a desaparecer en mitad de la noche, al menos deje una nota. Anoche, cuando vine a arreglar su habitación, la cama estaba vacía.

Heather frunció el ceño.

—¿Cómo que vacía?

—Vacía. Como si nunca hubiera dormido aquí. La busqué por toda la casa. Hasta pensé en llamar a la policía. Y luego, a las siete de la mañana, volvió a aparecer. Como si nada. Con esa ropa puesta. Heather procesó la información. Así que cuando estaba en Somnun, en este mundo... ¿desaparecía? ¿Su cuerpo simplemente se desvanecía?

—No lo sabía —murmuró—. La primera vez, Alistair me trajo. La segunda... simplemente regresé. No controlo cuándo pasa.

—Pues tendrá que aprender —dijo Vivi con firmeza—. No puedo protegerla si no sé dónde está.

—¿Protegerme?

—Alguien tiene que hacerlo, ¿no? —Vivi sostuvo su mirada—. Su tía no está nunca. Yo he sido lo más parecido a una madre que ha tenido desde que... —se interrumpió—. Bueno. Desde siempre.

Heather sintió un nudo en la garganta.

—Gracias, Vivi.

—No me dé las gracias. Solo prométame que tendrá cuidado. Y que cuando pueda, me contará más. Esas historias de mi abuela sobre otros mundos... quizás eran más verdad de lo que creía.

Heather asintió.

—Se lo prometo.

El resto de la mañana fue un ejercicio de frustración.

Heather se sentó en su habitación con el colgante en la mano, cerró los ojos, se concentró. Intentó recordar la sensación del portal, el momento en que Alistair la tocó y el mundo se inclinó. Intentó sentir el tirón, la llamada, cualquier cosa.

Nada.

Apretó el colgante con fuerza, visualizó Laront, las torres, la luz. Nada.

Se tumbó en la cama e intentó dormir, aunque no tuviera sueño. Nada.

Pasaron las horas. El mediodía llegó y se fue. Vivi subió con un sándwich que Heather apenas tocó. La tarde comenzó a alargarse.

Cerró los ojos. No para concentrarse, sino para descansar. Para dejar de luchar.

Y entonces, en la quietud, algo cambió.

No fue un hormigueo. No fue una corriente eléctrica. Fue más sutil, más profundo. Como si una puerta que siempre había estado cerrada en algún rincón de su ser comenzara a ceder, no por la fuerza, sino porque alguien al otro lado la estaba llamando con suavidad.

Heather.

No era una voz. Era una sensación. Un eco que no llegaba a sus oídos, sino directo a su pecho.

Vuelve.

El colgante comenzó a brillar. Pero no era la luz intensa y urgente de las otras veces. Era una luz serena, constante, como la de una estrella lejana que siempre ha estado allí, esperando ser vista.

Heather abrió los ojos lentamente. El símbolo del colgante —el círculo con la línea diagonal— giraba sobre sí mismo con una cadencia hipnótica, y en ese movimiento, Heather comprendió algo que las palabras no podían explicar.

No se trataba de forzar el paso. Se trataba de permitirlo. De confiar. De dejar que Somnun la reconociera, del mismo modo que ella empezaba a reconocerse en Somnun.

—Estoy lista —dijo en voz baja, sin miedo, sin urgencia—. Quiero volver.

El mundo se deshizo a su alrededor.

Pero esta vez no fue un tirón violento ni una caída. Fue un deslizamiento suave, como si la realidad se plegara con delicadeza para dejarla pasar. La habitación se diluyó en partículas de luz, y Heather sintió que flotaba, que viajaba, que era llevada por una corriente amable hacia algún lugar que ya empezaba a sentir como suyo.

Y entonces, abrió los ojos.

Y no reconoció nada.

No era Laront. Eso era lo único que sabía con certeza.

Estaba en medio de un bosque, pero no como los que conocía. Los árboles eran altísimos, con troncos que parecían hechos de plata líquida y hojas que flotaban a su alrededor sin caer, suspendidas en el aire como si el tiempo se hubiera detenido. Pero no era solo eso: entre los árboles, fragmentos de roca flotaban en el espacio, girando lentamente, y diminutas criaturas luminosas danzaban a su alrededor dejando estelas de luz.

El suelo bajo sus pies no era tierra firme. Era una capa de musgo tan denso que parecía una alfombra, y al pisarlo, las huellas que dejaba se llenaban de pequeños destellos verdes.

—¿Dónde...? —murmuró.

—Linzent —respondió una voz a sus espaldas.

Heather se giró tan rápido que casi perdió el equilibrio.

Y la vio.

La chica que tenía delante parecía sacada de un sueño. Su cabello, plateado con reflejos verdes, caía liso y largo hasta la cintura, moviéndose como si una brisa constante lo acariciara. Sus ojos... cielos, sus ojos. Eran gris claro, pero no un gris común: cambiaban constantemente, con destellos que parecían contener galaxias diminutas. Tenía la piel blanca pálida, casi luminosa, con pecas apenas visibles que le daban un aire infantil a pesar de su presencia etérea.




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