Las puertas se abrieron sin emitir sonido alguno, como si la madera misma contuviera el aliento ante su llegada.
Heather dio un paso al frente y el mundo se detuvo.
La sala era inconmensurable. No en el sentido de que fuera enormemente grande —que lo era— sino en que parecía desafiar las leyes de la física y la percepción. El techo se perdía en una bóveda de cristal oscuro que mostraba un cielo estrellado en constante movimiento, constelaciones que giraban lentamente como si alguien hubiera atrapado el universo en una cúpula y lo hubiera puesto a danzar. Pero no eran estrellas comunes: brillaban con colores que Heather no había visto nunca, amatista, cobre fundido, verde esmeralda, y trazaban líneas que conectaban los siete reinos en un mapa celeste viviente.
Las paredes no eran paredes. Eran ventanales de luz líquida que mostraban fragmentos de los siete reinos: Heather alcanzó a ver las torres de recuerdos de Laront, los campos dorados de Avaloria, los bosques flotantes de Linzent, los volcanes humeantes de Zephryn, las nubes perpetuas de Ishtal, los océanos infinitos de Iridia, y una imagen que le heló la sangre: un reino oscurecido, cubierto por sombras que se movían con vida propia, donde solo se distinguían siluetas de edificios rotos y un cielo negro como boca de lobo.
Drakmor.
Pero lo más imponente era la mesa.
En el centro de la sala, una estructura circular de piedra negra vetada con hilos de oro flotaba a unos centímetros del suelo. Era enorme, fácilmente de unos diez metros de diámetro, y alrededor de ella, siete asientos tallados en materiales que representaban cada reino. No eran sillas comunes: eran tronos. Cada uno único, cada uno una obra de arte viva.
El de Laront era de cristal azul con incrustaciones de plata, respaldo alto, con talladuras que semejaban relojes de arena y líneas temporales entrelazadas. El de Avaloria, rojo y dorado, con brazos esculpidos en forma de leones rugientes y un reposapiés de tierra cristalizada. El de Linzent, verde y plateado, parecía hecho de madera viva que aún conservaba hojas brillantes en sus bordes. El de Zephryn, naranja y negro, irradiaba un calor palpable, como si el fuego mismo lo hubiera moldeado. El de Ishtal, púrpura y blanco, era el más etéreo, con una capa de nubes a su alrededor que lo hacían parecer flotar. El de Iridia, esmeralda y gris, estaba tallado en una sola pieza de jade líquido que cambiaba de forma suavemente, como olas petrificadas.
Y el séptimo asiento.
Negro y blanco, de una piedra que absorbía la luz y la devolvía transformada en diminutas chispas de energía cósmica. Estaba vacío. Pero no como si nadie lo hubiera ocupado nunca. Vacío como una herida abierta. Como un lugar que esperaba.
Detrás de cada trono, a un nivel más elevado —como si observaran desde un balcón invisible—, siete secretarios aguardaban de pie. Heather reconoció a la chica que la había guiado, ahora situada tras el asiento de Laront. Los demás eran figuras igualmente imponentes: Atticus Montgomery, de Laront, con su porte de erudito; Cedric Harrington, de Avaloria, con una armadura ceremonial; Harold Whitaker, de Linzent, de mirada distante; Magnus Ashcroft, de Zephryn, con cicatrices de batalla; Maximus Kingsley, de Ishtal, de una belleza serena; Julian Fairfax, de Iridia, que observaba a Heather con una intensidad silenciosa.
Y tras el asiento vacío de Drakmor, un hombre mayor, de hombros caídos y mirada cansada, sostenía un estandarte negro con el símbolo del dragón cósmico. Robert Fox. El secretario que había servido a su padre.
Heather sintió que le faltaba el aire.
En los seis asientos ocupados, los representantes de los reinos la observaban.
Una mujer de cabello cobrizo y ojos de fuego, vestida con llamas contenidas: Evangeline Wood de Zephryn. Un hombre de aspecto noble y porte regio, con una capa púrpura que flotaba sin viento: Lucian Hawthorne de Ishtal. Una reina de belleza intimidante, con una diadema de oro y tierra en las manos: Aria Sinclair de Avaloria. Un hombre de mirada lejana, como si siempre estuviera viendo algo que los demás no podían: Edmund Lancaster de Linzent. Y Sebastian Sterling de Iridia, que la examinó con esos ojos verdes que parecían desnudar secretos.
Y al frente, en el asiento principal —no más grande que los demás, pero con una presencia que lo llenaba todo—, Percival Grayson.
—Heather —dijo, y su voz resonó en la cámara sin necesidad de elevarse—. Acércate.
Ella obedeció. No porque quisiera, sino porque sus piernas se movieron solas, llevándola hacia el centro de la sala, hacia esa mesa circular que parecía contener el destino de mundos.
Cuando estuvo frente al asiento vacío, Percival habló de nuevo:
—Toma asiento.
Heather parpadeó.
—¿Qué?
—El asiento de Drakmor. Tómalo.
—Pero yo no... no soy...
—Eres Heather James. Hija de Anton James, último representante de Drakmor. Tu padre ocupó ese asiento durante más de dos décadas, defendiendo no solo su reino, sino el equilibrio de todo Somnun. —Percival se puso de pie lentamente—. Los Darkts lo arrebataron de nosotros. Arrebataron Drakmor. Arrebataron a muchos de los nuestros. Pero no pudieron arrebatarnos la sangre de Drakmor. No pudieron arrebatarnos a ti.
Heather miró el asiento. Negro y blanco. Energía cósmica latiendo en sus vetas.
—No sé nada —susurró—. No sé gobernar. No sé luchar. No sé nada de este mundo.
—Lo sé. —Percival sonrió con ternura—. Pero aprenderás. Y mientras tanto, ocuparás ese asiento. No como representante pleno, no aún. Pero como la voz de Drakmor. Como su esperanza. Como la Lymos.
El silencio se hizo denso. Heather sintió todas las miradas sobre ella. La de Evangeline, evaluadora. La de Lucian, serena pero curiosa. La de Aria, que escondía algo detrás de sus ojos de reina. La de Edmund, distante pero presente. La de Sebastian, que sonreía levemente, como si ya supiera cómo terminaría todo esto.