Las pesadas botas avanzaban sobre el asfalto resquebrajado del antiguo parque de atracciones.
Años atrás, aquel lugar había estado repleto de risas, música y niños corriendo de una atracción a otra. Ahora solo quedaban estructuras corroídas por el tiempo, hierros cubiertos de óxido y una quietud tan profunda que resultaba incómoda.
Un hombre avanzó entre los restos del parque tarareando una melodía infantil mientras sostenía algo pesado sobre uno de sus hombros. La linterna que sostenía apenas iluminaba el camino. No parecía tener prisa, al contrario. Observaba cada rincón con la satisfacción de alguien que había esperado mucho tiempo por aquel momento.
Cuando llegó al carrusel, dejó la linterna sobre uno de los caballos.
Aunque inmóvil y desgastado, seguía conservando parte de su antigua apariencia. Los caballos de madera permanecían congelados en una carrera eterna, observando el vacío con sus ojos de cristal.
El hombre se detuvo frente a uno de ellos. Con delicadeza, acomodó sobre la montura la figura de un niño.
La piel tenía el brillo opaco de la cera recién trabajada. Las manos descansaban sobre la barra metálica del caballo y una sonrisa inmóvil permanecía dibujada en su rostro. El pequeño permanecía sentado sobre el caballo como si estuviera disfrutando de un paseo cualquiera.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
No.
Aún no era perfecto.
Retrocedió unos pasos para contemplar su trabajo, luego regresó hacia la entrada del parque.
Su camioneta aguardaba entre las sombras. Abrió las puertas traseras y observó la segunda figura.
Una mujer.
Vestía un elegante vestido carmesí hasta las rodillas, zapatos negros de tacón medio y un sombrero de playa cuidadosamente acomodado sobre la cabeza.
En su rostro permanecía inmóvil una sonrisa artificial.
La tomó entre sus brazos y regresó hacia el carrusel. La colocó detrás de la valla de protección y la inclinó apenas unos centímetros. Lo suficiente para que pareciera observar al niño, como una madre contemplando a su hijo durante una tarde de diversión.
El hombre permaneció inmóvil admirando la escena. Durante unos segundos no existió nada más. Ni el viento, ni el parque abandonado, ni la oscuridad.
Solo aquella composición, solo aquella obra.
Entonces algo llamó su atención. Una fina línea rojiza descendía lentamente desde la pernera del pequeño.
El hombre soltó un suspiro; siempre había detalles que corregir. Extrajo un pañuelo del bolsillo y limpió cuidadosamente la mancha. Cuando terminó, volvió a observar la escena.
Esta vez sonrió.
Perfecto.
Sacó una pequeña cámara fotográfica, encuadró el carrusel, esperó unos segundos y tomó la fotografía.
El murmullo de la estación fue lo primero que escuchó. Teléfonos, pasos, voces, el sonido lejano de una impresora.
Callen abrió los ojos lentamente y durante unos segundos permaneció inmóvil.
Parpadeó varias veces. Polvo, oscuridad, la parte inferior de un sofá. Entonces recordó, la estación, otra vez.
Se incorporó despacio y se golpeó la cabeza contra la madera.
—Mierda.
Se frotó la frente mientras salía de debajo del mueble.
Al ponerse de pie, observó el reloj de pared. No recordaba haberse quedado a dormir, tampoco recordaba haberse acostado. Solo recordaba haber estado revisando informes; después, nada. Absolutamente nada.
—Sabía que estabas ahí.
Callen giró la cabeza.
Sabas sostenía un vaso de café.
—¿Me estabas buscando?
—Llevo quince minutos buscándote.
—Bueno, técnicamente me encontraste.
—Debajo de un sofá.
—Hay peores lugares.
—Empiezo a preocuparme por tu concepto de comodidad.
Callen tomó el café de sus manos.
—Gracias.
—No era para ti.
—Ahora sí.
—El jefe está reuniendo al equipo —comentó finalmente.
—¿Otro asesinato?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué pareces tan emocionado?
—Porque siempre hay algo interesante cuando nos llaman tan temprano.
—Definitivamente deberías buscarte un hobby.
—Ya tengo uno.
—¿Cuál?
—Resolver asesinatos.
—Eso explica muchas cosas.
Ambos comenzaron a caminar por la estación.
—Voy a necesitar cinco minutos.
—Tienes dos —respondió Sabas.
—Entonces voy a llegar tarde.
Callen abandonó el vaso de café sobre un escritorio vacío y se dirigió a los vestuarios.
El reflejo del espejo lo recibió apenas cruzó la puerta.
Parecía haber envejecido diez años durante la noche.
Se abrió el grifo y dejó que el agua fría golpeara su rostro. Mejor, aunque no demasiado.
Las ojeras seguían allí, los ojos color topacio seguían viéndose cansados y su cabello oscuro continuaba tan desordenado como siempre.
Tomó una toalla y se secó el rostro, después abrió su casillero. El uniforme colgaba prolijamente en el interior.
"Callen Messinas"
Agente, Equipo Uno de Crímenes Violentos.
Durante un instante observó la placa bordada. A veces le resultaba extraño. Había pasado gran parte de su vida intentando olvidar el pasado y aun así había terminado trabajando rodeado de los peores recuerdos de otras personas.
Terminó de colocarse el uniforme y bajó automáticamente las mangas hasta cubrir por completo la cicatriz de su muñeca, como siempre.
Sabas estaba esperándolo al otro lado del vestuario.
La puerta permanecía abierta.
Lain ya se encontraba allí junto a Athan y el jefe.
—Miren quién decidió unirse al mundo de los vivos —comentó Lain al verlo entrar.
—Todavía estoy evaluando la posibilidad.
—Yo le dije que estabas vivo —intervino Sabas tomando asiento.
—Agradezco el voto de confianza.
El jefe carraspeó.
Aquello bastó para que las conversaciones murieran de inmediato.
Sobre la mesa había una fotografía.
Nadie parecía reconocer el lugar.
—Esta mañana llegó esto a recepción.