Apenas llegaron a la estación, los agentes comenzaron a dispersarse para redactar informes y organizar las evidencias recopiladas durante la mañana.
Sabas observó cómo Callen desaparecía junto a Lain por uno de los pasillos y aprovechó la oportunidad. Se dirigió directamente hacia la bóveda.
El lugar se encontraba prácticamente vacío a esa hora. El silencio reinaba entre los altos estantes repletos de carpetas antiguas y cajas archivadoras cubiertas por una fina capa de polvo.
Recorrió las etiquetas hasta encontrar la sección correspondiente al año mil novecientos noventa y nueve. No tardó demasiado.
Caso 31. Familia Messinas.
Sabas extrajo la carpeta y tomó asiento en una de las mesas de consulta.
La primera página contenía una fotografía de una mujer de cabello oscuro y sonrisa serena. Debajo podía leerse un nombre.
Millana Odix.
Pasó la página y lo primero que llamó su atención fue el informe forense. Comenzó a leerlo con rapidez hasta que una palabra lo obligó a detenerse.
Cera.
Volvió al inicio de la línea. Leyó nuevamente, después una tercera vez.
Un escalofrío le recorrió la espalda, pero continuó leyendo.
Víctima: Millana Odix.
Edad: 33 años.
Causa de muerte: herida de arma blanca localizada en el pulmón izquierdo.
Observaciones: El cuerpo fue cubierto con múltiples capas de cera.
Sabas continuó avanzando por el expediente. Al principio creyó que se trataba de un homicidio doméstico más, una discusión, un crimen pasional.
Algo terrible, sí, pero no fuera de lo habitual para un archivo policial, sin embargo, a medida que avanzaba por las páginas, la sensación fue cambiando.
La víctima no solo había sido asesinada, había sido cubierta con cera, completamente, como si hubiese dejado de ser una persona para convertirse en un objeto.
Sabas volvió a observar la fotografía. Le costaba creer que alguien pudiera hacer algo semejante y más difícil aún resultaba imaginar que un niño hubiera tenido que presenciar las consecuencias de aquello.
Continuó leyendo; cada página parecía peor que la anterior hasta que llegó a una solicitud de adopción.
Nombre: Callen Messinas
Edad: 10 años
Sabas parpadeó y volvió a leerlo, después levantó la mirada hacia el vacío.
—No puede ser...
La frase escapó de sus labios sin darse cuenta.
Aquella mujer, aquella víctima, era la madre de Callen y el niño que había encontrado la escena... era Callen.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y recordó el parque, la forma en que Callen había quedado inmóvil frente a las figuras cubiertas de cera, la tensión en su voz, la conversación con Lain.
De pronto, todo cobraba sentido.
Sabas bajó nuevamente la mirada hacia el expediente, ya no lo estaba leyendo como investigador. Lo estaba leyendo como compañero y eso lo hacía mucho peor.
Al observar las hojas dispersas sobre la mesa, había pensado que ya había encontrado la peor parte, pero estaba equivocado.
Tomó uno de los recortes periodísticos y comenzó a leer.
"Una mujer de treinta y tres años fue encontrada asesinada en la cocina de su vivienda durante la mañana del martes. La víctima habría sido hallada por su hijo de diez años, quien posteriormente dio aviso a las autoridades."
Sabas tragó saliva. Aquello ya era horrible por sí solo, pero el siguiente recorte resultó aún peor.
"Los investigadores informaron que el cuerpo había sido cubierto con numerosas capas de cera y colocado sobre la encimera de la cocina, dando la apariencia de una escultura."
Su estómago se revolvió. Jamás había leído algo semejante, había estudiado casos complejos durante la academia, había visto fotografías forenses e incluso había presenciado escenas de crimen desde que ingresó a la policía, pero aquello... aquello era diferente.
Había una crueldad extraña detrás del acto. Algo enfermizo, algo que iba más allá de simplemente matar.
Continuó avanzando entre las hojas. Fotografías, declaraciones, informes, hasta que una imagen llamó particularmente su atención.
La fotografía de la cocina, la encimera y las figuras decorativas. La disposición de los objetos.
Sabas observó la imagen durante varios segundos. Algo le resultaba familiar.
Volvió a mirar la fotografía tomada en el parque que llevaba guardada en su teléfono y después regresó a la imagen del expediente. Sintió un nuevo escalofrío; no era una copia exacta, pero sí parecía una recreación, como si alguien hubiese intentado reproducir una escena que solo conocía a través de aquel caso.
Lentamente cerró la carpeta y, por primera vez desde que había comenzado la investigación, sintió una sensación incómoda.
Si aquello era cierto... entonces el asesino no había elegido a sus víctimas al azar.
La puerta metálica se abrió a sus espaldas y Sabas levantó rápidamente la vista.
Callen acababa de entrar con varias carpetas bajo el brazo. Al verlo, comprendió de inmediato qué expediente tenía frente a él.
—Ya lo leíste.
No era una pregunta. Sabas bajó la mirada hacia la carpeta.
—No sabía que era tu madre.
Callen dejó las carpetas sobre una mesa cercana.
—La mayoría no lo sabe.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Sabas no parecía saber muy bien qué decir; se acomodó el cabello rubio detrás de una oreja, un gesto que repetía cada vez que estaba incómodo. Desde que había ingresado al equipo, Callen había notado que tenía la costumbre de hacer eso cuando no sabía qué decir.
Era curioso, hablaba demasiado cuando algo despertaba su interés y, sin embargo, cuando realmente importaba, parecía quedarse sin palabras.
—Lo siento —terminó diciendo.
Callen soltó una pequeña sonrisa cansada.