Al día siguiente, la caótica cafetería fue el escenario perfecto para el trágico suceso que arruinó el almuerzo de Stella. Bandejas de comida yendo de un lado a otro, risas escandalosas, conversaciones indistintas.
Aaron estaba sentado a su lado, y junto a él, Jimmy, Garrett y Mason, riendo por algo que ella no alcanzó a escuchar, pues estaba dirigiendo su atención al lado de las chicas. Kate hablaba sobre su participación en el anuario. Michelle se quejaba de una de sus compañeras de voleibol. Las demás escuchaban atentas. No había nada fuera de lo normal… hasta el segundo en que vio a dónde estaba mirando Aaron.
Christine estaba dos mesas más allá.
No hacia nada especial. Comía despacio, hablaba con una chica junto a ella y se tocaba las puntas del cabello oscuro. Stella tuvo que seguir la línea exacta de la mirada de Aaron para comprobar que no estaba volviéndose loca. Él había dejado de reír. La miró. Ella ni siquiera se dio cuenta. Y luego Aaron volvió a la conversación. No se prolongó, duró apenas unos segundos, pero fue suficiente.
Stella se quedó inmóvil.
Ver otra vez a Christine era mucho más que incomodarse. Era aceptar su existencia, aceptar que era bonita —y mucho—, aceptar el interés que despertaba en Aaron y la gran amenaza que implicaba.
—¿Verdad? —preguntó Jennifer, levantando una ceja.
—¿Qué…? —se sintió aturdida de repente, como si acabara de despertar.
—Que no tenemos tanta resistencia al alcohol como Michelle —le dijo.
—¿En qué piensas? —preguntó Jade.
Stella desvió la mirada y encendió su teléfono.
—En mi tarea de biología —mintió mientras entraba a la aplicación de notas en su teléfono—. No pude terminarla ayer.
—¿Tenemos tarea de biología? —Michelle se alarmó.
—Ustedes jamás hacen tarea —se burló Jennifer.
Stella las ignoró y fingió estar muy ocupada con su tarea de biología. Entonces comenzó a escribir. No pensó mucho en las palabras, solo las dejó salir.
COSAS QUE TENGO QUE HACER
Finalmente bloqueó el teléfono. Enderezó la espalda y soltó el aire lentamente. A su alrededor, todo seguía igual. Sus amigas hablaban, reían. Aaron también. Nadie había notado nada.
Stella no estaba enojada. Todavía no. Estaba asustada, y eso era peor porque el miedo siempre la hacía hacer una sola cosa: actuar.
Volvió a abrir aplicación de notas. La lista era breve, casi ridícula. Pero era suficiente para entenderlo todo. No era un plan todavía. Era un diagnóstico de su situación.
Pensó en lo primero. Ser mejor. Eso era esencial porque de ahí partía todo. Ya era la capitana de las animadoras. Popular. Visible. Había escuchado más de una vez que era la chica más bonita de la escuela. Sabía cómo pararse, cómo sonreír, cómo entrar a un lugar y adueñarse de él. Tenía ventaja. Pero no era suficiente. Nunca lo era.
Había cosas que aún podía mejorar. Ajustar. Corregir. Las calificaciones, por ejemplo. No eran lo suyo, pero eso tenía solución. Kate siempre estaba dispuesta a ayudar. A Jade le encantaba explicar cosas de arte y cine que nadie entendía. Incluso entrenar con Michelle —a su ritmo, no al suyo— ya no sonaba tan exagerado. Y Jennifer sería su mejor aliada al momento de tocar los temas más íntimos y que requerían de mucha experiencia.
Levantó la vista y lo vio. Seguía riendo, relajado, inconsciente de todo.
Pasar más tiempo con Aaron. Sería fácil. Siempre lo había sido. Él no era complicado ni distante, no era el tipo de chico que se hacía el independiente y ponía límites porque quería pasar tiempo con sus amigos. Stella no necesitaba una gran estrategia para eso. Bastaba con estar ahí. A su lado. En los mismos lugares. En los mismos horarios. Acompañarlo a entrenar, sentarse junto a él en la cafetería, aparecer cuando él no la esperaba. No era vigilarlo, era estar presente. Una presencia constante e irremplazable.
No darle espacio. Dudó un momento. El espacio era peligroso. En el espacio cabían las miradas largas, las conversaciones que ella no escuchaba, las posibilidades. No quería ser posesiva, sino preventiva. Para Stella, cuidar algo significaba protegerlo de intrusiones innecesarias.
Ser más interesante. Podía hacerlo. No se trataba de fingir ni convertirse en alguien más. Solo perfeccionar ciertos aspectos. Mostrar curiosidad por cosas que normalmente le parecerían irrelevantes. Hacer preguntas. Reír en el momento adecuado. Aprender a hablar de lo que a él le gustaba, aunque no fuera lo suyo.
Editado: 09.01.2026