Lyla se lavaba las manos sin prisa, observando el agua remover el grafito de sus dedos mientras el baño se llenaba y el resto del lavabo era dominado por un trío de chicas góticas que estaban terminando de retocar su delineador.
Cerró la llave cuando las góticas se marcharon y tomó una toalla de papel. Escuchó la puerta abrirse detrás de ella y reconoció las voces antes de verlas reflejadas en el espejo.
Animadoras.
—Te juro que en la última práctica se veía ridícula —dijo una de ellas, bajando la voz, pero no lo suficiente.
Lyla se secó las manos despacio. Y las chicas se adueñaron del lavabo.
—¿Stella? —preguntó la otra.
—¿Quién más? —respondió Daphne Shen—. El uniforme ya no le queda como antes. No sé qué diablos está comiendo.
Lyla se quedó inmóvil. Escuchando.
—Pensé que era cosa mía —añadió la otra chica—. Hasta imaginé que se le había encogido el uniforme o algo así. Pero es cierto, se ve diferente últimamente.
—Exacto —continuó Daphne—. Y Aaron… no sé, ya no se ven tan bien juntos.
Hubo una pausa. El sonido de un labial cerrándose. Una mochila abriéndose. Un suspiro de satisfacción.
—Pero nadie se lo va a decir —dijo la otra animadora —. Stella es Stella.
Lyla alzó la mirada hacia el espejo. Vio a Daphne acomodarse el cabello con naturalidad, segura, cómoda. Y quizá fuera que aún tenía un poco de enojo en su sistema, pero estuvo segura de que la expresión que Daphne tenía le recordó al otro día en el que Stella la expuso frente a Max.
Entonces lo entendió.
Para estar a mano con Stella, tenía que pensar como Stella. Y la mejor parte era que ni siquiera tenía que hacerlo ella. Daphne Shen, sus propias compañeras, ya lo estaban haciendo. Lyla no tenía que inventar nada. No tenía que exagerar. Tampoco tenía que mentir. El rumor ya existía. Solo permanecía atrapado en el baño de chicas.
Las animadoras salieron riendo, sin notar a Lyla o a cualquier otra persona que estuviera en el baño.
Pensó en lo fácil que sería repetirlo:
«¿Escuchaste lo que dicen las demás animadoras?»
Nadie cuestionaba un rumor cuando provenía de alguien popular. Y mucho menos si involucraba a alguien popular.
Lyla salió del baño con una certeza: el trabajo difícil ya estaba hecho por alguien más. Ella solo iba a asegurarse de que llegara a los oídos correctos.
Y más tarde, al final de la clase de literatura, Sophie Miller estaba inclinada sobre su mochila abierta. Usaba una coleta alta y demasiado apretada y el uniforme de animadora la hacia parecer sacada de una película. Se sentaban juntas en la última fila y se conocían solo por las clases. No hablaban mucho, pero intercambiaban comentarios breves, apuntes y silencios incómodos.
—¿Terminaste el ensayo? —preguntó, señalando el libro en su pupitre.
Sophie alzó la vista.
—Casi —respondió ella—. Pero, la verdad, me quedé dormida.
Permanecieron en silencio un par de minutos. Lyla hojeó su propio cuaderno, como si buscara algo que no encontraba.
—Oye —soltó de pronto, sin mirarla.
Sophie la miró, algo sorprendida. Lyla dudó un instante. Lo suficiente para mostrar que no estaba segura de hablar.
—Es una tontería, pero…
—¿Qué cosa? —Sophie frunció el ceño, incómoda, pero curiosa al mismo tiempo.
—Tú eres amiga de esa chica, Stella Maguire, ¿verdad?
—Bueno… —Sophie se acomodó el cabello y se aclaró la garganta— las dos somos animadoras y nos llevamos bien. Pero… sí, somos amigas.
Lyla sabía que no lo eran. Y por eso es que Sophie era perfecta para ser la amplificadora. No era cruel, ni chismosa. Tampoco era su enemiga. Sophie tenía credibilidad social. Era cercana al mundo de Stella, aunque no fuera su amiga. Y, por supuesto, era inconsciente del daño.
—Lo sé. Es que, hoy en el baño escuché algo sobre ella. Otras animadoras estaban hablando y... bueno, fue Daphne Shen la que lo dijo.
Sophie abrió un poco los ojos.
—¿Qué dijo?
Lyla recargó la barbilla sobre su mano, haciendo una pausa dramática. Se acercó un poco más a ella y casi susurró:
—Que en la práctica pasada se veía ridícula con el uniforme.
Sophie no respondió enseguida. Miró alrededor, como si temiera que alguien más hubiera escuchado.
—Eso es… —empezó, pero no terminó la frase—. Pero Stella no se ve…
—Por eso no estaba segura de decírtelo —la interrumpió Lyla—. Tal vez no sea nada.
Como si hubiera tenido un cronómetro interno esperando, se levantó con suavidad en el momento en qué sonó el timbre. Recogió sus cosas y salió sin prisa y sin voltear. No necesitaba ver el efecto que había causado dejándola ahí, con la idea flotando en el aire. Algunas cosas no se propagaban por maldad, sino porque eran tan incómodas que debían dejarse salir. Y Lyla sabía muy bien que Sophie Miller no sabría qué hacer con esa incomodidad.
Editado: 09.01.2026