Somos este momento

UNO

El pasillo comenzaba a llenarse de estudiantes cuando Stella Maguire hizo una entrada digna de película: pasos firmes, mirada alta, cabello rubio al viento. De pronto, el lugar fue solo suyo. Las miradas de una multitud atenta la siguieron hasta que se detuvo frente a su casillero. Imperturbada ante la atención —tan habitual como el timbre de la última hora—, abrió la puerta y empezó el ritual: apiló sus libretas, de mayor a menor tamaño; organizó los bolígrafos por colores, de los más oscuros a los más claros, y bebió agua de su termo durante exactamente ocho segundos. Luego, roció el interior del casillero con una pequeña botella de perfume que guardaba en el estante superior. Los movimientos eran precisos, casi coreografiados. Y, aunque todos la observaban, ella lo hacía por costumbre. Como un acto íntimo, solo suyo. Para finalizar, besó el espejo en forma de corazón que tenía pegado en la puerta, dejando una aceitosa marca rosada. Por cierto, ese labial era la fantasía de muchos chicos en Liberi, pero solo uno había conseguido saborearlo.

Y hablando de ese único chico, un nudo se formó en el estómago de Stella al oír que el pasillo entero se ponía en marcha otra vez, como si alguien hubiera presionado play después de una pausa dramática. Se imaginó lo que venía y su pulso se aceleró. Entonces lo vio. Su novio, Aaron Abbasi, con su uno ochenta y tres de estatura —aunque él juraba que era uno ochenta y cinco—, su impecable cabello corto oscuro y su risa ligera y natural. Aaron caminaba en el centro del grupo de sus amigos y compañeros del equipo de fútbol mientras reía y lanzaba al aire una pelota de goma.

La mirada de Stella solo podía delatar inquietud porque estaba por comprobar si una de sus peores pesadillas podría hacerse realidad o no. Y mientras él y sus amigos se volvían el centro de atención y un camino invisible se abría solo para ellos como por arte de magia, ocurrió lo inevitable.

Su pesadilla tenía cabello negro y pechos grandes, y se deslizaba como si la escuela le perteneciera. Un séquito de chicas la acompañaba al momento que se abría paso entre la multitud. Eran cuatro chicas en total, pero la formación hacía que parecieran más: ocupaban el ancho del pasillo sin preocupación por hacerse a un lado para nadie. Y al frente iba ella.

La había descrito para sí misma, en las últimas semanas, de maneras que prefería no recordar tan claramente. Ahora, mirándola, no podía evitar reconocer los hechos: no era fea. Estaba muy lejos de serlo. El cabello oscuro le caía sobre los hombros y el pecho en ondas amplias. Caminaba con los hombros hacia atrás y los pies seguros, y había algo en su manera de moverse que decía que sabía que estaba siendo observada y lo adoraba.

Los dos grupos convergieron en el centro del pasillo sin detenerse. Y en el momento exacto en que la distancia entre ellos fue mínima antes de cruzarse, ella alzó la vista. Aaron también la alzó. Un segundo. Quizá menos. Dos pares de ojos que se encontraban y luego se ignoraban tan rápido, como si supieran que estaban siendo observados y hubieran acordado comportarse como si el otro no existiera. Fue tan breve que casi podría no haber ocurrido.

Pero ocurrió. Stella lo vio todo. Vio el momento, la fracción de segundo en la que los ojos de Aaron se encontraron con los de esa chica. Vio —y esto fue lo que ella llamó evidencia— que, cuando cada uno siguió su camino, Aaron giró un poco la cabeza hacia atrás.

Y eso fue suficiente.

Stella se quedó de pie frente a su casillero, con la mano todavía apoyada en la puerta de metal frío, mientras el pasillo volvía a su caos de fondo normal como si nada hubiera ocurrido, como si ella no acabara de ver exactamente lo que había visto.

¿Cuándo? Fue lo primero que pensó. ¿Cuándo empezó esto? Conocía la historia. O creía conocerla. No sabía mucho sobre ella, excepto que su nombre era Christine y estaba en penúltimo año. De hecho, no tenía idea de su existencia hasta el día que la atrapó mirándolo. Un viernes, tres semanas atrás, Aaron estaba en un entrenamiento de fútbol y Stella en una práctica de animadoras. Se había dado cuenta, casi por accidente, que Christine estaba mirándolo con demasiada atención y poco disimulo.

Al principio le había dado lástima. Una lástima un poco condescendiente, lo reconocía. Pobrecita había pensado. No tiene idea.

Pero Christine insistió. Fue bastante obvia, pero no hizo nada que Stella pudiera señalar como prueba, y por eso fue peor: las miradas que le lanzaba a Aaron duraban más de lo necesario, las sonrisas que se formaban con demasiada rapidez cada vez que él estaba cerca, la manera en que movía el cabello cuando estaban en el mismo espacio. Entonces Stella dejó de sentir lástima. Lo que sintió en su lugar fue algo que tradujo como un ataque directo. De pronto tuvo la urgencia física de hacer algo al respecto. Había esperado al siguiente entrenamiento. Cruzó el campo de manera deliberada, consciente de cada mirada que la seguía, pero mirando únicamente a Aaron, que la vio venir y ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Lo besó. Fue largo, intenso y escandaloso. Con las manos sobre su cuello. Con la intención completamente de ser vista.

Cuando se separaron, Stella miró hacia las gradas. Christine ya no estaba. Había dado por resuelto el asunto. Había archivado la anécdota en el cajón mental de problemas que ya no eran problemas y había seguido con su vida.

Pero ahora Aaron había vuelto a girar la cabeza. Y Stella comprendió que tal vez el cajón no estaba cerrado por completo y que era hora de tomar acción de verdad.




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