Somos este momento

DOS

La mejor reputación, sin duda alguna, nunca pudo haber pertenecido a Jennifer Harding. Siempre había un rumor, un escándalo o una historia que la involucraba, y casi todo era injusto.

La redujeron a un estereotipo: la chica fácil, la que había estado con todos, la que se divertía con los chicos, como si eso resumiera totalmente a una persona que llevaba diecisiete años siendo mucho más que eso. Algunos lo aplaudieron. Otros la juzgaron. Siempre había polémica cuando de Jennifer se trataba. Pero muy pocos la conocían de verdad.

Aun así, a ella parecía no importarle demasiado. Pero ese era el problema con las apariencias. Porque a Jennifer sí que le importaba. Le importaba de una manera que había aprendido a ocultar con mucha práctica, en algún lugar profundo del pecho, donde nadie podía notarlo. Jennifer llevaba años siendo perfectamente consciente de lo que decían de ella, de cómo la miraban, de cuándo un grupo bajaba la voz en el pasillo porque ella aparecía. Tenía ese tipo de habilidad social que nadie reconocía porque no encajaba con el personaje que le habían asignado: la desfachatada, la provocadora, la que no necesitaba a nadie. Ese personaje era conveniente. Era mucho más fácil actuar como la chica a la que no le afectaba nada que admitir cuán agotador era existir bajo ese nivel de inspección constante, de levantarse cada mañana sabiendo que cualquier cosa que hiciera —la ropa que eligiera, el chico con quien hablara por cinco segundos, la manera en que se riera demasiado fuerte— iba a ser interpretada y usada como evidencia para reforzar la reputación que erróneamente le habían otorgado.

Era como una armadura. La había construido ella misma, pieza por pieza, rumor tras rumor, mentira tras mentira, sin darse cuenta de cuándo había dejado de ser algo que podía ponerse y quitarse cuando ella quisiera para convertirse en algo que ya se había adherido a ella.

Al término de su última clase, salió del salón con la cabeza llena de todo, menos economía. Había pasado los últimos cincuenta minutos con el cuaderno abierto en una página en blanco y el teléfono escondido bajo el pupitre, revisando la conversación una y otra vez como si por hacerlo compulsivamente fuera a cambiar algo, como si el mensaje de Alex fuera a aparecer de la nada. Pero no apareció. Nunca aparecía.

Cuatro días y medio.

Antes de llegar a las escaleras, se detuvo frente a la vitrina de los trofeos deportivos en ese corredor largo y demasiado iluminado que todos cruzaban sin mirar, y comprobó la hora en su teléfono. En realidad, solo necesitaba diez segundos. Diez segundos en los que no tuviera que ser Jennifer Harding frente a nadie. Respiró despacio. Se ajustó la correa de la mochila. Miró su propio reflejo opaco en el cristal —una figura sin definición, sin bordes claros— y luego siguió caminando con solo un pensamiento en la cabeza:

Esto es todo. Se acabó.

Entró al baño del segundo piso, el que quedaba al final del laboratorio de ciencias y que a esa hora solía estar vacío. Lo eligió por eso. Necesitaba despejar su mente porque sentía que los cuatro días que llevaba sosteniendo una conversación imaginaria con alguien que había decidido, sin avisarle, dejar de existir para ella, la haría explotar en cualquier momento.

Los baños de la escuela tenían un olor particular que la hacían pensar que alguien había mezclado desinfectante con perfume barato, algo que le picaba la nariz y era dulce al mismo tiempo. Las luces fluorescentes emitían una vibración suave, un sonido blanco y constante que se volvía inexistente en cuanto dejaba de prestarle atención. El espejo tenía manchas y una grieta horizontal en la esquina derecha que llevaba desde el inicio del semestre ahí y nadie había reparado. Jennifer se paró frente a él y se miró.

Se consideraba a sí misma bonita. Lo sabía de la misma manera que sabía que tenía el cabello negro y los ojos verde esmeralda. No era vanidad, simplemente lo aceptaba como un hecho que ella consideraba parte del problema. A veces pensaba que la gente interpretaba ser bonita como una declaración de intenciones negativas.

Y mirándose, pensó que tal vez ya era tiempo de aceptar que lo mejor era dejarlo ir. Vivir en constante incertidumbre sobre Alex era una tortura que ella misma había construido, ladrillo por ladrillo, con cada mensaje enviado de más y con cada vez que había justificado su silencio como algo temporal. No lo culpaba. Fue ella quien aceptó el acuerdo. Se conocieron en una fiesta. Recordaba perfectamente a Alex apoyado en la pared, con ese aire de no estar comprometido con nada, universitario, mayor, con una energía despreocupada que Jennifer confundió —o quiso confundir— con profundidad. Hubo chispas al instante. Jennifer juró haber sentido una conexión especial, pero al parecer, él no tanto. Desde el principio fue claro: no quería una relación seria. Eso no era lo suyo. Así que ella se conformó con lo que pudo tener: algo abierto, a distancia, sin promesas. Y funcionó por un tiempo, o al menos funcionó mientras Jennifer fue capaz de no pedirle más de lo que él estaba dispuesto a dar. Pero ahora, con cada mensaje sin respuesta, con cada día que se iba acumulando, Jennifer dejaba de estar segura de que eso fuera suficiente.

De pronto escuchó risas fuertes y pasos cercándose. La puerta se abrió de golpe y un grupo de chicas de segundo año invadió el lavamanos, ruidosa y desordenadamente, hablando todas al mismo tiempo. Luego se detuvieron de manera desacelerada. Una de ellas la vio primero, murmuró algo. Después las demás. Jennifer no dijo nada. Abrió el grifo y se enjuagó las manos con calma, solo para tener algo que hacer. Fingió acomodar un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja mirándose en el espejo, como si ellas no existieran o como si su existencia no le resultara relevante en lo absoluto.




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