Hace un año, Ethan Wheeler llegó a la preparatoria Liberi con una mochila desgastada, un libro a punto de terminar, audífonos puestos y la intención de pasar desapercibido.
No era una meta especialmente difícil.
Durante los primeros días pensó que jamás iba a pertenecer. Todos parecían saber exactamente a dónde ir, cómo moverse por los pasillos sin dudar, cómo sentarse en la cafetería. Parecían conocerse desde siempre. Existían grupos, bromas internas y recuerdos compartidos de los que él no formaba parte. Ser el chico nuevo en undécimo grado fue como un suicidio social. Nadie lo esperaba. Tampoco se unió a ningún grupo, ni a ningún club o equipo deportivo. Sin embargo, terminó adaptándose mejor de lo que había esperado. Encontró un lugar libre en la cafetería junto a Arnold Vazquez, un chico entusiasta y amable que hablaba con profunda emoción de los experimentos científicos más extremos de todos los tiempos, teorías conspirativas absurdamente detalladas, del ranking de películas de culto y videojuegos. Ethan descubrió que escucharlo era bastante entretenido.
Con el tiempo aparecieron algunas otras caras. Amigos de Arnold que se volvieron sus amigos. Compañeros de laboratorio con quienes descubrió que compartía ciertos gustos, ciertos silencios cómodos. Compañeros con quienes tenía trabajos en equipo, conversaciones ocasionales y los inevitables minutos muertos antes de que comenzaran las clases. No eran amistades profundas, pero eran algo.
Ethan nunca había necesitado demasiada gente a su alrededor. Le gustaban los espacios tranquilos, las bibliotecas casi vacías y los libros tan extensos como una biblia. Mientras otros estudiantes pasaban horas revisando Facebook o embragándose los fines de semana en alguna fiesta, él prefería perderse en novelas de ciencia ficción, o jugar videojuegos un tanto violentos, o atiborrar sus libretas con cartas que jamás iba a enviar. Eran palabras cargadas de todo lo que sentía, pero que no podía decir en voz alta. Estaba convencido de que algunas cosas resultaban más fáciles de entender cuando terminaban sobre el papel. A veces las escondía entre páginas de sus libros o solo las rompía apenas las terminaba. Pero esas cartas jamás se encontraban con su destinatario.
Ethan tampoco era particularmente interesante a simple vista. No destacaba en los deportes, no tenía calificaciones extraordinarias y jamás habría ganado una elección estudiantil. Si alguien les hubiera pedido a sus compañeros que lo describieran, probablemente habrían dicho que era tranquilo. O reservado. O que siempre llevaba un libro bajo el brazo.
Y habrían tenido razón.
Ethan Wheeler es… ¿qué dirías de él?”
Anónimo 1: “Es agradable. Solo que tienes que ser tú quien inicie la conversación”.
Anónimo 2: “Ese chico de último año que Siempre se la pasa leyendo? No sé quién puede hacer eso por gusto.
Anónimo 3: “Es el tipo de persona que escogerías para un trabajo en equipo porque sabes que no te va a abandonar”.
Anónimo 4: “¿Quién es Ethan Wheeler?”
Mientras otras personas parecían desesperadas por ser vistas, Ethan nunca había entendido por completo la necesidad de ser el centro de atención. Le gustaba escuchar más de lo que hablaba. Observar más de lo que participaba. A veces inventaba historias sobre desconocidos solo para entretenerse durante los trayectos a casa o mientras esperaba el inicio de una clase. Era el tipo de persona que recordaba conversaciones insignificantes meses después de haberlas escuchado. Notaba cosas. Quién llegaba siempre cinco minutos tarde a clase. Quién fingía prestar atención durante las exposiciones. Quién se reía demasiado fuerte de los chistes de los jugadores de fútbol. Pensaba que era más fácil entender a las personas cuando ellas no sabían que estaban siendo observadas, cuando pasaban el tiempo diciendo ciertas cosas, pero a solas —o cuando creían que lo estaban— hacían lo opuesto. Ethan encontraba fascinante la diferencia.
Su vida era sencilla. Su último año en Liberi avanzaba exactamente como esperaba. Tenía un puñado de amigos. Tenía libros pendientes por leer. Tenía planes razonables para sobrevivir al último año. Tenía expectativas modestas para después de la graduación y ninguna intención de convertirse en una leyenda escolar. Y todo habría continuado exactamente igual de no ser por aquella chica.
La vio por primera vez durante su segundo día en la escuela. Y cometió el error de seguir mirándola. No es como que se hubiera enamorado de ella al instante. De hecho, fue todo un proceso: al principio no significó nada. Después comenzó a reconocerla en los pasillos. Luego a buscarla sin darse cuenta. Y un día descubrió que era incapaz de recordar cuándo había empezado todo.
No fue porque le pareciera la chica más bonita de la escuela. Ni siquiera porque fuera popular. Fue porque era imposible ignorarla. Michelle Byers poseía una energía fuera de este mundo. Hablaba fuerte. Reía fuerte. Celebraba fuerte. Incluso cuando se enojaba, lo hacía con una intensidad que obligaba a todos a prestarle atención.
Era exactamente el tipo de persona que Ethan jamás habría imaginado ser. Y quizá por eso le resultó tan interesante.
Al principio solo la observó de lejos. Durante el almuerzo. En los pasillos. A veces en clase. Descubrió que jugaba voleibol. Descubrió que era buena. Exageradamente buena. Descubrió que discutía con los árbitros, con las jugadoras del equipo contrario, con sus propias compañeras y, ocasionalmente, con su entrenadora. Y descubrió que verla jugar era mucho más entretenido de lo que quería admitir.