Llegué a la práctica de baile hecha un desastre. Mis pensamientos estaban nublados, mis emociones revoloteaban, y lo único que quería era desaparecer. No quería entrar. No quería estar allí, en ese lugar que solía ser mi escape. El baile siempre había sido mi refugio, pero ahora se sentía como una carga. Algo dentro de mí había roto, y el ritmo de la música que normalmente me levantaba ahora me hundía más.
Fue Elena la primera en verme. Siempre la había admirado por su capacidad de ver más allá de las palabras, de captar la esencia de las personas sin que tuviéramos que decir una sola palabra. Sus ojos, tan llenos de comprensión, me buscaron entre la multitud, y sin decir nada, se acercó a mí.
Me tomó las manos con suavidad, guiándome hacia el baño. En cuanto entramos, me dejó caer al suelo. Mi cuerpo, como si todo lo que había estado guardando se desbordara, estalló en lágrimas. No podía evitarlo. Mi pecho dolía, mi mente estaba saturada con la sensación de traición y humillación. Estaba hecha pedazos, y la única cosa que me ofreció Elena fue su abrazo, cálido y silencioso. No preguntó nada, no hizo comentarios. Solo me permitió ser vulnerable, como siempre lo hacía.
“Saca todo ese llanto, campeona,” susurró con voz suave mientras me abrazaba fuerte. Las palabras no eran muchas, pero sus labios solo daban lo que necesitaba: consuelo, sin juicios ni preguntas. Solo su presencia y su apoyo incondicional.
Lloro mucho, más de lo que pensaba que podía. El dolor se alivia un poco, aunque no de la manera en que desearía. Solo el simple hecho de estar en sus brazos me hacía sentir un poco más ligera.
De repente, se escucha un toque suave en la puerta. Elena se aparta lentamente de mí y se acerca para abrirla. Una cabeza se asoma, es Lucas, su novio. Sonríe al vernos y, sin muchas palabras, se disculpa por no poder entrar a clases hoy. “No puedo hoy, gracias, nos vemos a la salida.”
Elena, sin dejar de abrazarme, asiente y regresa a mi lado. La escucho susurrar suavemente, como si estuviera tratando de devolverme la calma con su cercanía. En ese momento, me di cuenta de lo afortunada que era de tenerla, a ella y a Lucas, en mi vida. Ambos eran la representación de lo que significaba estar acompañada, no solo por estar cerca, sino por saber que te entienden incluso en los silencios.
Pasamos la tarde entre abrazos y palabras suaves. Me sentía mejor, aunque el dolor seguía allí, como una sombra latente. Elena me miró a los ojos y me dio una sonrisa reconfortante. Sus manos apretaron las mías con firmeza, como un recordatorio de que todo iba a estar bien. Con un esfuerzo, me levanté junto a ella y abrimos la puerta. El aire frío me dio un golpe de realidad, pero el apoyo de Elena me dio fuerzas para seguir adelante.
Al salir, nuestros profesores nos vieron. Siempre había sido una alumna dedicada, pero ese día, las clases de baile no me importaban. Estaba perdida, aunque mi cuerpo se moviera por inercia.
“¿Qué ha pasado, Vaelis? Es la primera vez que faltas a clase,” preguntó la profesora, con una mirada que delataba preocupación.
Elena respondió con calma: “Vaelis no se siente bien. Ha estado muy mal, pero ya está mejor. Solo necesita descansar.”
Mis profesores entendieron, y me pidieron que descansara y fuera al médico. Asentí en silencio, sabiendo que pronto mis padres se enterarían y que tendría que enfrentarlos. Las preguntas que vendrían en casa serían imposibles de responder. Aun así, me comprometí a ser fuerte, a no quebrarme frente a ellos, aunque mi alma estuviera hecha pedazos.
Cuando nos dirigimos hacia la salida, el panorama parecía más claro. El sol ya comenzaba a ponerse, y el aire fresco acariciaba mi rostro. Fue entonces cuando vi a Lucas acercándose a nosotros. Siempre había pensado que Lucas era un chico genial, el tipo de persona que hace que los demás se sientan cómodos. Era amable, atento, y muy cariñoso con Elena. La forma en que se miraban era única; había algo especial entre ellos que no necesitaba ser expresado en palabras.
Me dio un beso en la mejilla, y luego se acercó a Elena, dándole un pico en los labios. Era evidente la conexión profunda que tenían. Se complementaban de una forma perfecta. No necesitaban explicarse todo con palabras. Era como si pudieran entenderse con solo una mirada. Y yo… yo los miraba en silencio, sintiendo una mezcla de admiración y tristeza. Elena era una persona increíble, y aunque siempre me había dicho que yo también lo era, no podía evitar compararme.
“Nos vamos,” dijo Lucas, tomando la mano de Elena.
El carro de mi padre ya estaba esperando por mí. Elena me abrazó nuevamente, su abrazo firme y reconfortante. Al soltarme, me sonrió, dándome ese pequeño gesto de aliento. Lucas hizo lo mismo. La despedida fue breve, pero las miradas entre nosotros eran más que suficientes. Sabíamos que estábamos allí, que no hacía falta más.
Los vi irse, a Elena y Lucas subiendo a la moto de él, alejándose lentamente. Mi corazón se aceleró. Viendo su unión, su complicidad, me sentí pequeña, perdida en mi propia tristeza. Pero algo en mi interior comenzó a despertar. Vi cómo brillaban juntos, y me di cuenta de que yo también podía brillar, solo necesitaba creer en mí misma.