Somos Una Mentira

Capítulo 1

Siempre había sentido que el mundo era demasiado hostil conmigo, o quizás así lo sentía, encerrada en mi propia burbuja estudiando en casa sin ganas de conocer el mundo para luego fingir ante los demás ser la chica perfecta entre reuniones de mi Padre y eso me funcionaba demasiado bien ya que todos se inclinaban frente a mí, quizás no era castaña como la Señorita Maier o tengo ojos azules como la mujer de mi padre, la Señora Maier.

Pero mi personalidad es suficiente para que todos feliciten a mi padre por tal ejemplar de hija mayor. Todo era perfecto hasta que me encerraba en mi habitación a llorar preguntándome que estaba mal conmigo.

Las únicas personas que están para mí, no son las que yo quiero. Personas que me miraban por lo que aparentaba, voces que exigían de mi más de lo que podía dar. Entre todos, él era el único que no pedía nada, el único que estaba siempre a mi lado.

James, mi primer guardaespaldas desde los nueve años.

Al principio, James era solo eso, un trabajo. Un cuerpo que se interponía entre el mundo malo y yo. Pero los días se hicieron largos. Y el silencio, demasiado ruidoso.

Él estaba allí siempre. No hablaba mucho, apenas lo necesario. “Señorita, suba al auto.” “Ya puede entrar.” “Todo está despejado.” Pero en sus ojos… había algo. No ternura, no calidez. Era una especie de atención que nunca había tenido antes. Una presencia constante, discreta, pero firme.

Y, sin darme cuenta, comencé a buscarla, esa atención que tanto había anhelado de mi padre, pero en cambio él me lo daba.

Cada mañana lo observaba de reojo, fingiendo mirar el teléfono. Quería saber si me miraba también. No lo hacía. O tal vez sí, cuando yo no lo notaba. Cuando hablaba por radio, su voz grave me atravesaba como un eco familiar. Era absurdo ya que lo escuchaba dar órdenes frías, y mi pecho se apretaba como si esas palabras estuvieran dirigidas solo a mí.

No me di cuenta de que estaba ilusionándome hasta que empecé a cuidar mis palabras, mis gestos, mis risas.

Quería que me viera.

Quería que me notara no como a una persona que debía proteger, sino como a una mujer. Pero apenas tenía quince años, y debía de saber cuál era mi lugar. En cambio, James no me abrazaba como un amante, no me susurraba promesas. Pero estaba a mi lado. Cuando la noche me ahogaba en pesadillas confusas, él estaba en la puerta, vigilando. Cuando el miedo me paralizaba, su sola presencia me hacía sentir segura. Ese simple “no te preocupes, yo estoy aquí” era, para mí la prueba más grande de amor.

Quizás vi en el algo que el mundo no podía darme.

Una tarde, el auto se averió en medio de la carretera. La lluvia cayó sin aviso, empapándonos. Él corrió a abrirme un paraguas, cubriéndome con su cuerpo mientras buscaba señal para pedir ayuda. Su mano rozó la mía solo un segundo, pero ese segundo bastó para que todo cambiara.

Mi corazón, ingenuo, creyó leer algo en su silencio.

Creyó que ese toque significaba algo más.

Desde entonces, comencé a esperarlo. A escuchar sus pasos por el pasillo como si fueran promesas.

Empecé a imaginar su vida, su pasado, si alguna vez había amado, si alguna vez alguien lo había hecho sentir visto.

Y sin darme cuenta, lo llené de todo lo que me faltaba, de cariño, de comprensión, de calma.

Lo convertí en mi refugio sin que él siquiera lo supiera. Sé que es una locura, ya que él está ahí por deber, no por mí.

No me sonríe porque le gusto, sino porque es amable.

No me cuida porque me ama, sino porque le pagan para hacerlo.

Pero el corazón no entiende de contratos ni de límites.

Y yo, sin quererlo, terminé enamorándome del único hombre que nunca intentó conquistarme, sin darme cuenta, comencé a amarlo, descubriendo que él era perfecto para mí, por todo lo que hace me hace cada vez querer ser parte de él.

Lo amaba en los silencios, en la forma en que sus ojos se endurecían cuando alguien me amenazaba. Lo amaba en las madrugadas en que él me traía un té con leche sin decir palabra, el recordaba mis gustos, mis rutinas. Lo amaba porque, a diferencia del mundo entero, él nunca me juzgaba.

Nunca imaginé que doliera tanto mirar a alguien y entender, con toda la claridad del mundo, que no siente lo mismo.

Sin embargo, fue una tarde cualquiera en donde me entere que no era correspondida.

El sol bajaba despacio, tiñendo de naranja las cortinas del salón y James, estaba de pie, como siempre, atento, vigilando, con esa serenidad que tanto envidiaba.

Entonces ella se acercó a él, con esa sonrisa estúpida que siempre le pone a mi padre. La mire fijamente apretando con fuerza la cortina.

—Porque no tomas un descanso joven Mikkelsen, regresar y pasar el rato con su novia o esposa.

La mire con malos ojos, al ver su cercanía con James. Pero claro, ella no puede verme.

—No necesito mujeres en mi vida, señora Maier. Así está bien. —responde con voz respetuosa.

—Deberías disfrutar tu juventud, apenas tienes veintidós años.

—Ninguna mujer es de mi interés.

—Es una Lástima— me escondí al ver que alzo la mirada por la ventana—Ella… ¿ella está bien?

—Esta dentro descansando.

Su voz sonó débil —espero que descanse bien.

Mire el rostro de James como se contrajo a una leve mueca, los celos ardiendo al ver que James la estaba mirando con compasión.

Chasquee la lengua molesta por la actuación de esa mujer, que se vaya a seducir a mi padre, no a mi amado.

—Leonie es una niña buena, ella entenderá muy pronto su cariño hacia ella Señora.

—Está bien así, lo entiendo. Ten buen día.

—Igualmente señora.

Lo vi inclinarse un poco con respeto hacia ella, observando que ella le sonrió con calidez antes de desaparecer. Miré a James con dolor, y es que ahí lo entendí todo.

El me miraba como una niña, cada mirada que creí cómplice fue solo cortesía. Cada silencio que imaginé lleno de significado era simplemente parte de su trabajo. Él no me miraba porque no debía hacerlo. No hablaba más porque no era su lugar. No me tocaba porque había límites… y yo los había confundido con señales.




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