Somos una mentira

2. Lo que no debía pasar (pero pasó)

Desde aquel día, todo cambió

No hubo discusiones, ni miradas incómodas, ni palabras hirientes. Solo un silencio nuevo. Un silencio que no era el mismo que solía acompañarnos antes, ese que se sentía cómodo, protector, casi familiar.

Este era distinto, más pesado, incómodo, lleno de cosas que ninguno de los dos se atrevía a decir

Él seguía ahí, cumpliendo con su trabajo como si nada hubiera pasado. Me abría la puerta, revisaba el auto, me seguía a cada lugar, atento, preciso. Pero ya no me miraba.

Ni una sola vez.

Antes, podía sentir su atención incluso cuando no hablaba, ahora, parecía evitarme. Sus movimientos eran más mecánicos, su tono más frío. Cuando le dirigía la palabra, respondía con frases cortas, medidas, sin espacio para nada más.

—¿Vamos? —me dijo una mañana, sin siquiera levantar la vista.

Asentí con cansancio, lo mire esperando algo, una señal pero entendí en ese pequeño gesto que lo había perdido, aunque nunca fue mío.

Cada día era una tortura silenciosa.

Lo observaba desde lejos, esperando algún indicio, alguna grieta en su muralla, algo que me dijera que no todo estaba roto. Pero él solo se mantenía ahí, imperturbable, con ese aire profesional que ahora se sentía como una distancia insalvable.

Y lo peor es que no podía reclamarle nada. No tenía derecho.

Yo crucé la línea.

Yo fui la que confundió atención con afecto, deber con cariño.

Y ahora, él estaba haciendo lo que debía: alejarse lo suficiente para no volver a tropezar conmigo.

A veces lo veía tensar la mandíbula, como si también quisiera decir algo. Pero no lo hacía.

Tal vez le daba pena, o tal vez solo quería terminar su trabajo sin más complicaciones.

De cualquier modo, dolía igual.

Me di cuenta de que lo seguía amando, pero de un modo distinto. Ya no con esperanza, sino con resignación.

Lo amaba en silencio, como se ama a las cosas que sabes que no puedes tocar.

Y cada vez que lo veía de espaldas, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, no podía evitar pensar que, tal vez, esa distancia era su manera de protegerme… incluso de mí misma.

Intenté ignorarlo, de verdad lo intenté, a acostumbrarme a esa distancia helada que él mismo había impuesto entre nosotros, pero no pude. Era como si cada día, al verlo tan cerca y tan ajeno, algo dentro de mí se encogiera un poco más.

Entonces empecé a provocarlo. No con palabras, sino con gestos pequeños, casi imperceptibles.
Una broma ligera cuando el ambiente estaba demasiado tenso. Una mirada que duraba un segundo más de lo debido. Un “gracias” dicho en voz baja, con un tono que sólo él entendería si quisiera.

Y al principio no hubo respuesta. Seguía con su semblante serio, evitando el contacto visual, respondiendo lo justo.

Pero un día, lo vi dudar, cuando estábamos de vacaciones en Miami. Fue en el ascensor, éramos solo nosotros, el ruido del motor y el reflejo de su rostro en las paredes metálicas. Yo lo observaba de reojo, y de pronto noté cómo su mirada me buscó —rápida, casi nerviosa— antes de apartarse otra vez, fue un instante, pero suficiente para que mi corazón se desbocara.

Desde entonces, comencé a notar esos pequeños destellos que antes no estaban. Sus ojos me seguían, fugaces, como si lucharan contra algo, cuando hablaba, su voz sonaba más suave, menos distante y aunque seguía siendo el mismo guardaespaldas impenetrable, había momentos -mínimos, pero reales- en los que parecía olvidar la línea que nos separaba.

Una noche, mientras esperábamos en el coche bajo la lluvia, me atreví a decirle:

—Ya no me hablas como antes. —Él no respondió al principio, solo me miró, serio, con esa mezcla de firmeza y algo más que no supe descifrar.

—No debería hablarte como antes —dijo al fin—. Eso complica las cosas.

Pero lo que me desarmó no fueron sus palabras, sino su tono.

No sonó a rechazo, sonó a miedo.

A partir de ahí, cada silencio entre nosotros tuvo otro peso, otro significado. Era como si algo se estuviera moviendo lentamente bajo la superficie, algo que ninguno de los dos quería admitir, pero que ya era imposible negar.

Y aunque me juré no ilusionarme otra vez, esa noche, al verlo de reojo, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en el camino, supe que algo en él había cambiado. Tal vez no lo suficiente… pero lo bastante como para hacerme creer, una vez más, que no todo estaba perdido.

[…]

Estaba en la biblioteca de la mansión leyendo un libro cualquiera intentando concentrarme en las letras, pero la presencia de James me hacía desconcentrarme. Él estaba a unos metros de mí, con la espalda recta y los ojos siempre vigilantes.

—¿Nunca te cansas de estar de pie? —pregunte con un intento de ligereza.

Él no respondió al instante. Me miró de reojo, y por un segundo, y creí ver una sombra de sonrisa en sus labios.

—Estoy acostumbrado.

Cerré el libro, despacio como si no estuviera deseando cerrar la distancia entre nosotros, la paciencia no era una virtud que tenga controlada. Me levante acercándome con pasos firmes hasta quedar frente a él.

—¿Y de qué más estás “acostumbrado”? ¿A no sentir? ¿A ignorarme cuando sabes que estoy… aquí?

Él sostuvo mi mirada. Sus ojos me miraban curiosos y oscuros, no oscuros de deseo, sino como un muro que parecía imposible de cruzar. Pero esta vez podía ver algo más en sus ojos, un brillo contenido, un deseo que pareciera esconder.

—No es ignorarte —dijo con voz baja, casi un suspiro—. Es lo contrario.

Su respuesta me desarmó, el corazón me golpeaba el pecho, y por un instante, el silencio se volvió insoportable. Levante la mano, rozando apenas la tela de su chaqueta, era un contacto mínimo, pero que bastó para que la tensión estallara entre ambos.

Lo mire expectativa, sin embargo, él no se movió, tampoco me apartó, pero tampoco me abrazó. Solo cerró los ojos, como si resistirse le costara cada fragmento de voluntad que tenía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.