Agradecí el vaso de agua que me dio Zoey, bebi un sorbo mientras observaba el suelo del hospital, la sala de espera era pequeña, con sillas cómodas y un reloj que parecía burlarse de ellas con cada segundo. Ninguna quería hablar, pero el silencio era aún peor que las palabras no dichas.
No quería interrumpir el silencio que albergara en la sala, no es incómodo, pero no estoy acostumbrada al silencio después de una gran revelación.
La rubia, la que no se ha presentado parece que no soportaba estarse quieta. Caminaba de un lado a otro, mascullando entre dientes. La más calmada era Zoey, ella parecía escribía sin cesar, como si necesitara poner en orden lo que sentía en un cuaderno que no me había fijado antes. Deje el vaso vacío a mi lado, y entrelace mis manos en mi regazo. Me quede observando, intentando entender qué significaba tener hermanas después de una vida de soledad.
No hermanastras, ni madrastras, hermanas, y muy hermosas.
—Así que... ¿qué pasa ahora? —dijo al fin la rubia con un tono áspero—. ¿Vamos a fingir que somos una linda familia feliz?
—No —respondió Zoey sin levantar la vista del cuaderno—. Vamos a aceptar que compartimos sangre, lo cual no significa que confiemos unas en otras.
—Antes que nada, no nos hemos presentado. Me llamo Leonie, es un placer conocerlas.
Zoey me sonrió—un gusto Leonie, vuelvo a presentarme soy Zoey.
—Solo llámenme Amber. —respondió la rubia rodando los ojos.
Por lo menos tenía el nombre de la chica rubia, pero las actitudes de ellas me hacen sentir que esto no era lo que esperaban, obviamente quien quiere descubrir que la madre que te dio a luz te abandona y de paso hay otras niñas en tu situación.
Sentí un nudo en el estómago. Había esperado algo distinto, un abrazo, un alivio... pero la realidad era áspera, como un cristal roto.
No era lo que esperaba, lo admito, pero no hay que deprimirse, apenas nos conocemos eso lo tengo muy bien entendido.
—No es culpa nuestra —intente decir, con voz suave—. Ella decidió separarnos, no nosotras.
Amber se giró hacia mí con los ojos encendidos.
—¿Y eso te consuela? Porque a mí no. ¿Dónde estabas tú cuando yo tenía que pelearme con medio mundo para sobrevivir? ¿Dónde estaban ustedes?
Abrí la boca, pero no supe qué responder. Zoey, en cambio, dejó el cuaderno a un lado y la miró con calma afilada.
—Todos tuvimos vacíos distintos, Amber. Yo tuve un padre que apenas existía, y me refugié en los libros porque era lo único que no me abandonaba... ni siquiera sabía que tenía una madre con vida. No eres la única herida aquí.
El silencio volvió a caer, denso y pesado.
Amber bufó y se dejó caer en una silla, cruzando los brazos.
—Esto no va a funcionar.
—No tiene que "funcionar" —dijo Zoey, con frialdad—. Solo tenemos que estar aquí.
Sentí un escalofrío. Era como si las dos fueran polos opuestos: fuego y hielo, rabia y distancia. Y yo estaba en medio, atrapada entre la necesidad de unirlas y el miedo a romperme también.
No debería entrometerme, pero quiero estar con ellas.
Miró hacia la puerta de la habitación 632 donde mi madre seguía en coma, ajena al desastre que causo su accidente, no pude evitar susurrar.
—Ella nos unió, aunque no lo quisiera. Tal vez eso significa algo. —Tenía esperanza que nos uniéramos, aunque sea por un bien común.
Amber soltó una risa amarga.
—¿Un regalo tardío? ¿O una maldición más?
Zoey cerró los ojos, suspirando.
—Eso depende de nosotras.
Amber miraba con odio a Zoey, no sé si se conocían o no, pero su primer encuentro es un desastre, debería alegrarme que no me incluyan a su pelea, tal vez piensen que soy una niña todavía, que horror.
La doctora Alvares o Jennifer, como se presentó venia caminando hacia nosotras, las tres miramos a la doctora esperando alguna información o algo. Vi como parpadeaba al mirarnos, luego nos miró a cada una de nosotras fijamente.
Si, hay mucho parecido entre las tres, bueno sin contar el color del cabello.
—Oh vaya, así que ustedes dos son los otros contactos—ella sonrió con cariño casi maternal—soy la doctora Jennifer.
Zoey saludo primero
—Un gusto igualmente doctora. Zoey y ella es Amber. — la rubia solo asintió la cabeza.
—Muy bien, gracias por visitar a la Señora Schekeryk, quisiera hablar con Meryl por favor.
—Por supuesto doctora.
Me pare y nos alejamos de aquellas dos que nos miraban, una leve preocupación surcaba en sus rostros, me acerque a la doctora preocupada.
—Esta todo bien con mi madre.
—Si tranquila, simplemente quisiera que firmara su consentimiento al caso y las complicaciones que trae consigo el coma de su madre, haremos todo lo posible para que sobreviva, pero el despertar, solo es de ella.
—Entiendo.
—Ten, firma aquí y aquí por favor.
Tomé los documentos y leí toda la información, pude ver el nombre de mi padre, el de mi madre, el mío y de... ¿Michael?
Firme y se los devolví.
—Gracias Meryl, puedes volver con ellas si quieres, pero la hora de las visitas ya está por terminar.
—Okey, se los diré a ellas también. Adiós doctora.
Me despedí de ella y me acerqué a mis hermanas, Amber estaba recargada en la pared con la mirada perdida y Zoey estaba escribiendo nuevamente en el cuaderno, sentada con una expresión serena, ignorando todo lo exterior.
Zoey fue la primera en verme, me sonrió.
—Has vuelto Leonie.
—Que dijo la doctora—interrumpió Amber acercándose a mí.
—Mamá está en coma y no se sabe cuándo despertara. De ella depende si vivirá o morirá.
—Sabes que le paso. —esta vez pregunto Zoey.
Asentí la cabeza.
—Un accidente de tránsito, un camión perdió el control y atropello a nuestra madre.
—Dios santo—soltó un pesado suspiro la pelirroja que se pasó una como por su cabellera.
Amber apretó los puños y cerró los ojos, luego los abrió y sin decirnos nada se fue hacia la salida del hospital, quería decirle algo, pero me contuve por miedo.