Las risas llenaban el aire alrededor del fuego. Algunos contaban historias improvisadas, otros cantaban con una guitarra vieja que alguien había traído, y mis hermanas parecían completamente felices en medio de la algarabía. Gaby también estaba en su elemento, charlando con cualquiera que se cruzara en su camino.
Yo, en cambio, me mantenía algo al margen, mirando las llamas bailar, perdida otra vez en mis pensamientos. Entonces sentí una presencia a mi lado. Giré la cabeza y allí estaba Jared, con esa misma sonrisa tranquila, aunque sus ojos parecían más serios, más atentos.
—¿Te está gustando hasta ahora? —me preguntó en voz baja, lo suficiente para que solo yo lo escuchara.
Asentí, un poco torpe.
—Sí… es diferente. Creo que me hacía falta.
Jared apoyó los codos en las rodillas, inclinado hacia mí.
—Lo noté… estabas en tu propio mundo cuando tropezaste conmigo hoy, parece que tus pensamientos están lejos.
Tragué saliva. No sabía qué decir. ¿Cómo explicarle que ese mundo estaba habitado por un hombre que no podía —o no quería— mirarme de la forma en que yo lo miraba a él?
—Supongo que soy distraída —murmuré, intentando sonreír.
Jared negó suavemente con la cabeza.
—No es distracción. Es… peso. Como si llevaras algo adentro que no te deja estar aquí del todo.
Sus palabras me atravesaron. Sentí un nudo en el pecho. Me había visto más de lo que quería admitir.
Él me sostuvo la mirada unos segundos, y entonces añadió, con una sinceridad que me dejó desarmada.
—Solo quiero que sepas que este lugar también puede ser tuyo. No importa lo que traigas contigo… aquí puedes soltarlo un poco. Y si necesitas compañía para hacerlo… puedes contar conmigo.
El fuego chisporroteó como si celebrara sus palabras, y por primera vez en mucho tiempo sentí algo distinto al dolor o a la nostalgia. Sentí la posibilidad de algo nuevo.
Pero siempre hay un ‘pero’ en cada pensamiento, y eso no era nuevo para mí, quería intentarlo, pero si no me puedo amar a mi misma como podre amar a los demás. Cerré los ojos aspirando el aire de la naturaleza.
Al abrirlo y volver a mirarlo, apreciar su rostro, simplemente negué suavemente.
—Lo siento. —murmure cansada.
El calor de la fogata aún me envolvía cuando me retiré de ahí, dejándolo atrás a él, las risas de mi hermana y los cantos alrededor del fuego. Caminé sola hacia la cabaña, con la brisa nocturna acariciando mi piel y el eco de las palabras de Jared aun latiendo en mi cabeza.
Había sido sincero, demasiado sincero. Me había mirado como nadie lo había hecho en mucho tiempo, como si pudiera ver las grietas que yo me empeñaba en ocultar. Y, por un instante, me gustó. Por un instante, quise dejarme caer en esa promesa de cercanía.
Pero al mirarme al espejo en la penumbra de la cabaña, vi mis propios ojos cansados. Vi el reflejo de alguien que había entregado todo su amor a un hombre indiferente, que se había vaciado de sí misma esperando ser vista, cuidada, correspondida. No podía repetir el ciclo. No con Jared, no con nadie.
Suspiré hondo, casi como si expulsara de mí el peso que llevaba.
—No… —murmuré, apenas audible—. Primero tengo que aprender a amarme yo.
La decisión dolió, como arrancar de raíz una flor antes de que pudiera abrirse. Porque Jared despertaba algo en mí, lo sabía. Pero no estaba lista. No podía permitirme empezar a construir sobre cimientos rotos.
La próxima vez que lo viera, lo trataría con amabilidad, con gratitud… pero nada más, como un amigo, solo amigo. Porque antes de amar a alguien más, debía reconciliarme conmigo, con mi propia historia, con las cicatrices que aún sangraban.
Me tumbé en la cama, y en esa soledad que me impuse cerrando los ojos con una certeza nueva: la próxima batalla no sería por el corazón de James, ni por lo que Jared pudiera ofrecerme. Sería por mí. Y esta vez, no iba a perder.
Y asi la noche paso en un abrir y cerrar de ojos, en este momento estábamos alistándonos para conocer el Campamento, y debo decir que mis primeras impresiones son buenas, a pesar de que es exclusivo Jared sabe exhibirlo con gran optimismo, algo que sin duda la mayoría aprecia.
Gaby caminaba delante de nosotras con la energía de siempre, señalando cada rincón del campamento como si lo conociera de memoria.
—¡Miren! —decía, levantando la voz—. Allá tienen el lago, perfecto para nadar o pasear en kayak. Más allá está el establo con caballos. Y aquí mismo, talleres de escalada, pintura, lo que quieran. ¡Les juro que no se van a aburrir!
Zoey y Amberly iban entusiasmadas, haciendo preguntas, sobre todo, mientras yo las seguía en silencio, todavía con la sensación ardiente de las palabras de Jared grabadas en el pecho.
Pero de pronto… me detuve.
Entre un grupo de personas que charlaban cerca de la cabaña principal, distinguí un rostro imposible de olvidar junto a esa cabellera dorada. Mi respiración se atascó, mis pasos se congelaron. Maxwell.
Su mirada azulada se cruzó con la mía en un instante que se me hizo eterno. Se que era él, el hijo de aquel socio de mi padre, Maxwell seguía siendo el, con el mismo porte elegante, la misma sonrisa encantadora que había visto en esa reunión que fue mi cumpleaños, la sombra que siempre acompañaba a ese recuerdo: nuestro compromiso.
Se acercó sin dudarlo, con esa seguridad que siempre lo caracterizó.
—Necesitamos hablar —dijo en voz baja, mirándome como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
Mis hermanas estaban muy avanzadas sin prestarme atención siguiendo la voz cantarina de Gaby, alce un dedo hacia Max intentando que me diera un minuto para avisarle a una de las tres que estaré curioseando en solitario, esperando que me crean y no me estén buscando, guarde mi IPhone y lo seguí, con el corazón latiendo con fuerza, hasta un rincón apartado bajo los árboles.
Allí, sin máscaras, suspiró hondo y confesó —Nuestros padres siguen obsesionados. Para ellos, nuestro compromiso no está roto. Ya sabes… su empresa y la tuya, su eterna obsesión por unirlo todo.