Sin embargo, tenía un sabor amargo, porque después del beso, el mundo se detuvo o al menos, eso sentí. El ruido de la lluvia se volvió un murmullo distante, los relámpagos parecían desvanecerse, y por un instante creí que todo -el miedo, la rabia, la soledad- se disolvía entre sus brazos.
Pero la realidad regresó tan rápido como se había ido. Su respiración seguía rozando mi rostro, su mano aún descansaba sobre mi cintura... y aun así, algo en mí se quebró.
No era la primera vez que lo amaba en silencio, pero sí la primera vez que entendía que ese amor no bastaba.
Lo miré. Sus ojos, antes tan impenetrables, estaban llenos de algo que dolía más que cualquier desprecio: culpa.
Y en esa culpa supe que lo perdería de nuevo.
Porque sí, me amaba. Lo vi, lo sentí, lo respiré en ese beso, pero también supe que el mismo amor que lo había traído hasta mí era el que lo haría alejarse otra vez. Yo no podía vivir así. No podía amar a alguien que me protegía más de lo que me amaba.
No podía perdonar a quien me había dejado sola cuando más lo necesitaba, aunque hubiera vuelto corriendo después.
El corazón late, pero también recuerda. Y el mío no había olvidado. Me aparté despacio, temblando. Él me miró, confundido, quizá esperando que dijera algo. Pero las palabras se atoraron en mi garganta.
Solo pude susurrar.—No quiero volver a odiarte... por eso necesito irme.
Vi cómo su expresión se quebraba, cómo su mano quiso alcanzarme y se detuvo en el aire.
—Leonie —dijo, apenas un suspiro.
Yo negué con la cabeza.—Te amo, y justamente por eso no puedo quedarme.
Y fue entonces cuando comprendí que hay amores que salvan, y otros que solo enseñan a sobrevivir. El nuestro era ambos, una combinación de una herida abierta y una lección que nunca se olvida.
Me quedé quieta unos segundos, esperando una compresión de su parte con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía respirar. Su silencio, esa costumbre suya de callar más de lo que decía, me dolía como una herida que nunca cicatrizaba.
Pero ya no era la misma chica que había llorado en silencio esperando que él volviera. No podía permitirme hundirme otra vez.
No ahora. Me limpié las lágrimas con brusquedad, sin girarme hacia él.
—¿Sabes qué, James? No importa. —Mi voz salió firme, aunque temblaba por dentro—Si no quisiste pelear por mí antes, no esperes que lo haga yo ahora.
Eché a andar, con pasos rápidos, sin atreverme a mirar atrás. Podía sentir sus ojos siguiéndome, esa presencia suya que siempre había sido capaz de atarme con un hilo invisible. Pero me obligué a soltarlo.
Caminé bajo la lluvia sin mirar atrás, cada paso me dolía, pero también me liberaba. Porque amarlo había sido mi mayor caída... y alejarme, mi primer acto de amor propio.
Me abrace a mí misma, intentando consolar mi destrozado corazón. Mi madre, eso era lo único que importaba ahora, ella estaba desaparecida y cada minuto que perdía con reproches era un minuto más lejos de encontrarla.
Respiré hondo y marqué el número del inspector a cargo del caso mientras caminaba.
—Soy la hija de Melanie. Quiero ver los avances de la investigación hoy mismo. No me importa la hora, solo dígame dónde.
Colgué antes de escuchar respuesta, no podía darme el lujo de mostrar debilidad.
Cuando subí al taxi, me permití un último instante de flaqueza. Cerré los ojos y sentí cómo su rostro, el de él, de James, con su mirada que nunca lograba olvidar volvía a mi mente. Y aunque mi corazón me traicionaba, mi razón fue más fuerte.
Lo ignoraría. Lo dejaría atrás. El taxi arrancó, alejándome de él, pero no del temblor en mi pecho.
El inspector me recibió en una oficina estrecha, saturada de papeles y tazas de café frío. Tenía el rostro cansado, pero en sus ojos brillaba algo nuevo, como si al fin tuvieran un hilo del cual tirar.
—Gracias por venir tan rápido —me dijo, ofreciéndome asiento.
Yo apenas me senté, el corazón desbocado. Colocó una carpeta frente a mí y abrió una serie de fotografías impresas en blanco y negro. Eran imágenes de cámaras de seguridad recuperadas, no del hospital, sino de calles cercanas.
—Conseguimos acceso a las cámaras del vecindario alrededor del hospital. Y encontramos esto.
Me incliné hacia adelante, conteniendo la respiración. En la primera foto, apenas se distinguía una silueta encorvada, con bata hospitalaria, caminando por un callejón oscuro. En la segunda, más clara, había una figura masculina a su lado, dándole una ropa.
Mi estómago se revolvió. —¿Ese hombre se la llevo? —El inspector asintió.
—No parece que ella haya salido sola y lo más extraño... —pasó la hoja a la siguiente foto—El auto en el que subieron.
Me quedé helada, reconocí el emblema en la puerta trasera, era un logo discreto, pero inconfundible.
Richard Davis, el socio de mi padre.
—No puede ser... —murmuré, apretando los puños.
El inspector me observó con cautela. —¿Sabe algo que debería contarnos?
—Ese emblema es de un hombre llamado Richard Davis, es un socio de mi Padre Christoph Brandt.
El inspector asintió, tomando nota, mientras yo me quedaba mirando la foto, con el pulso acelerado. Si eso era cierto, la búsqueda de mi madre no solo era una carrera contra el tiempo... también era una guerra contra las sombras de mi propia sangre.
Porque, aunque no quisiera pensarlo, puede que mi padre esté involucrado. Vi como empezaba a rebuscar unos archivos y luego me entrego una hoja.
—Si usted dice que este hombre es Richard Davis, déjeme decirle que este hombre había estado en contacto con Melany días antes de que desapareciera. Hay registros bancarios, movimientos extraños, incluso llamadas que fueron borradas desde el teléfono de repuesto de Melany.
—Eso que significa.
—Que este hombre puede estar involucrado. ¿quiere que investigue al hombre más minuciosamente?
—Por el momento nada más. —Trabaje mi mente sin descanso, solté un suspiro pesado, saque el dinero de mi cartera bajo mi suéter. —Muchas gracias por su servicio, dejaremos esto así.