Somos Veneno.

37.

Xavier:

Golpeo el escritorio de Silvain con mi arma, estoy furioso.

—Vamos, date la vuelta y explica qué demonios es todo esto —escupo con odio—. ¿Por qué mi arma tiene una maldita rosa grabada? ¿Por qué esas personas me conocían? ¿De qué retiro hablaban?

—Buenos días, señor Carter —dice sin girar su silla—. Es un poco temprano para elevar tanto la voz, ¿no cree?

— ¡Contéstame! —exijo—, Dijiste que lo harías.

Hace tiempo que estoy desesperado por descubrir qué me sucedió en ese siglo que falta en mi memoria, una laguna profunda donde no recuerdo nada. Nunca me había fijado tanto en mi revolver, porque pensé que era una simple variación de mi poder, era una rosa cualquiera. Traté de mantener la compostura en la maldita fiesta, pero ahora que estamos nosotros dos solos, no me interesa ser indiferente.

Creí que valiéndome del lazo que mantengo con Lowell, podría acceder a la memoria de Anclas pasadas. Nuestro lazo es como una enorme cinta con nudos, cada nudo representa uno de estos humanos y cuando mueren, nos permite desatar aquellos nudos para acceder a sus memorias con nosotros. Pero desde que estoy con él, me es imposible intentarlo, lo he dicho mil veces, nuestro lazo es débil. Sus emociones lo bloquean, estoy seguro.

Me enfurece esa posibilidad.

—Debería calmarse —masculla—, la cabeza me duele, no estoy de humor para griterío absurdo y desubicado. 

La silla gira, logrando que nos miremos a los ojos. Ella apoya sus manos en el borde del escritorio y suspira.

—Tome asiento —ordena señalando la silla a mi lado y la obedezco—. ¿En verdad quiere saberlo?

—Por supuesto que sí, habla de una vez.

—Usted terminó aquí por accidente, una noche mientras huía de una turba de vampiros furiosos porque asesinó a su líder —dice y soy capaz de recordar levemente eso, aunque no el motivo—. Mi auto lo atropelló y al instante supe que era un híbrido, así que ordené que lo metieran dentro y lo traje a la mansión. Sus heridas sanaron enseguida y recuperó la consciencia. Le explicamos lo que sucedió y por voluntad propia decidió unirse. Su habilidad era increíble al igual que su precisión, era rápido, aunque a veces disfrutaba jugar con sus trabajos.

Toma mi arma entre sus manos, solo la contempla antes de seguir.

—En ese entonces yo no era quien lideraba, sino mi hermano Constantine Rosen, él estaba conforme con mi reclutamiento. Ustedes se hicieron muy cercanos, tal vez demasiado —explica y quisiera arrancarme la cabeza—. ¿Cree que si no son capaces de aceptar a una mujer al mando, aceptarían a un homosexual?

—Genial, hice salir a tu hermano del closet, sucedió con muchos —mascullo con impaciencia—, ¿quieres ir al grano?

—Paciencia, señor Carter. Todo en esta historia es importante —dice con seriedad mientras deja mi arma sobre el escritorio y bufo—. Mi hermano y usted tuvieron algo y alguien lo sabía, alguien importante, que ya está muerto. Pero le disparó a mi hermano con ésta arma que usted porta. —Levanta mi revolver y alzo las cejas—. Nunca supe qué sucedió, tampoco quise investigarlo. Mis padres quisieron esconderme del Consejo porque era mujer y si detectaban el alma de William dentro de mí, me asesinarían para que la profecía les trajera a un verdadero hombre para liderar. Así que Constantine debía tomar mi lugar hasta entonces. Se involucró con usted y por eso las cosas terminaron así, aprovechando que él utilizaba máscara gracias a un accidente horrible desde antes de tomar el mando, me hice pasar por hombre, por él. Tomé mi lugar y me encargué de usted.

— ¿Te encargaste? —Frunzo el ceño—, ¿De qué hablas?

—Usted lo sabía, el famoso secreto. Además de que la muerte de Constantine lo había exaltado demasiado, planeaba hacer un alboroto, una verdadera masacre —explica—. Borré su memoria y lo envié lejos, gracias a mi hechizo usted jamás se preocuparía por los recuerdos faltantes, pero al parecer no fue tan efectivo. Era lo mejor para todos, también me encargué de quienes me habían criado y demás, todo aquel que supiera de mi previa existencia. A usted no lo maté porque sabía que en algún futuro me serviría, le hace justicia a su apodo, señor Carter.

—Esto no puede ser... —murmuro—. Ese tal Constantine, ni siquiera podía recordar su nombre.

—Esa era la idea, pero creo que es inútil seguir con ese hechizo, ya todos saben lo que soy —musita levantándose—. Voy a devolverle esos recuerdos.

Me quedo quieto, mientras se acerca y se agacha un poco para que nuestros rostros queden cerca el uno del otro. Murmura algo que no logro comprender mientras traza con su dedo algo en mi frente.

El estallido en mi cabeza es instantáneo, haciéndome chillar y que lleve mis manos a mi cabello para jalar de él con fuerza. Duele demasiado.

Silvain se endereza y me mira con indiferencia antes de regresar a su silla.

—Todo no aparecerá de una vez, lo hará de a poco —indica—, tenga paciencia.

Parpadeo varias veces, miro mi arma sobre el escritorio y todo se torna negro por un segundo.

Estoy frente a un hombre de cabello azabache, pecas en el rostro y ojos grises, también varias cicatrices pequeñas que poseen el lado izquierdo de su cara. El parecido con Silvain es innegable. Es Constantine.

Lo veo retroceder, en este mismo despacho, pero con algunos leves cambios en la habitación. Luce aturdido, perdido.

Mi arma lo está apuntando y la sostengo con firmeza.

— ¿Por qué haces esto? —pregunta con auténtico dolor en sus ojos—, ¿Es por mi hermana? Le dije que me diera tiempo, que le devolvería su lugar... Xavier, por favor, no quiero lastimarte.

— ¿Lastimarme? Por favor, Constantine, cierra la boca —mascullo sin poder controlar nada—. Lo que pasó no fue más que un roce, ¿acaso te has enamorado?

—Debe haber otra forma de resolverlo...




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