El submarino táctico de Eggman, pintado de un rojo metálico y con forma de huevo aerodinámico, descendía por las oscuras aguas del Atlántico Norte. En el interior, el silencio era casi absoluto, solo interrumpido por el sonar y el tecleo rápido de Tails.
—Estamos entrando en el perímetro de la base submarina de GUN —susurró Tails, con la mirada fija en su tableta—. El radar de Roca nos ha dado una ventana de treinta segundos para acoplarnos al sector de carga sin que los escudos de presión nos aplasten.
Shadow estaba de pie junto a la escotilla, con los brazos cruzados. Su bufanda roja parecía vibrar. El reloj plateado en su muñeca emitía un brillo dorado constante, una señal de que María no solo estaba cerca, sino que su energía estaba siendo forzada al límite.
—Shadow, escucha —dijo Knuckles, ajustando sus guantes—. Si esa eriza amarilla se interpone...
—No se interpondrá —cortó Shadow con frialdad—. Rockwell la está usando. Mi prioridad es sacar a Sonic de esa silla y luego cerrar este lugar para siempre.
—¡Acoplamiento completado! —anunció Tails.
La escotilla se abrió y el equipo saltó hacia el frío hangar de la base. El Agente Roca, desde la cafetería en tierra firme, logró inyectar el virus de Eggman en los sistemas locales, apagando las cámaras del pasillo principal por solo cinco minutos. Era el momento de actuar.
En los niveles inferiores, Sonic estaba exhausto. Las cadenas de inhibición drenaban su velocidad cada vez que intentaba moverse. Sin embargo, el sonido de la puerta de su celda lo hizo levantar la vista.
No era un guardia. Era María the Hedgehog.
Entró flotando lentamente, evitando el contacto visual con las cámaras. En su mano derecha llevaba una pequeña flor amarilla que había recogido de los jardines hidropónicos de la base. La colocó en el borde de la celda de Sonic.
—¿Por qué me traes esto? —preguntó Sonic con voz débil.
—Para que veas que no todo aquí es gris —respondió María. Su voz temblaba—. Sonic... he estado pensando en lo que dijiste en el bosque. He tenido visiones. Un hombre mayor con bigote blanco... él me sonreía. Y un erizo que se parece al asesino... pero él no mataba a nadie. Él me ayudaba a mirar las estrellas.
—Ese es Shadow, María —dijo Sonic, forzando una sonrisa—. Él ha guardado tu bufanda durante cincuenta años. Él no busca poder, solo busca cumplir la promesa que te hizo: proteger a este planeta.
María se llevó las manos a la cabeza, como si le doliera.
—La Directora dice que él es la Sombra que devora la Luz... pero cuando siento su energía a través de este lugar, no siento oscuridad. Siento... soledad.
Antes de que María pudiera liberar a Sonic, el sistema de megafonía de la base emitió un pitido ensordecedor. La voz de Rockwell retumbó en las paredes.
—Sujeto María, regresa al puesto de guardia inmediatamente. El intruso Shadow ha ingresado en el Sector 4. Es hora de demostrar tu lealtad.
María miró a Sonic con desesperación. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas de luz.
—Tengo que irme. Si no obedezco, ella activará los inhibidores de mi cerebro.
—¡María, espera! —gritó Sonic, pero ella ya se había ido, dejando atrás el aroma de la flor amarilla.
Shadow avanzaba por los pasillos de cristal, dejando un rastro de robots destrozados a su paso. Tails y Knuckles se habían quedado atrás para contener a un batallón de unidades pesadas de GUN, confiando en que Shadow llegaría a tiempo a las celdas.
Finalmente, Shadow llegó frente a la gran puerta blindada del bloque de detención. Con un grito de "¡Chaos Spear!", voló los cierres electrónicos y entró en la sala. Pero Sonic no estaba solo.
Frente a la celda de Sonic, interponiéndose en el camino, estaba María.
Pero no era la María que había visitado a Sonic minutos antes. Rockwell le había colocado un casco de control neuronal, un dispositivo metálico que emitía una luz roja pulsante sobre sus ojos. María estaba en posición de combate, rodeada de un aura dorada tan intensa que hacía que las paredes de metal se curvaran.
—¡Shadow, no! —gritó Sonic desde su silla—. ¡Rockwell la está controlando! ¡No es ella!
Shadow se detuvo. Sus ojos rojos se encontraron con los azules de María, que ahora estaban vacíos de toda emoción.
—María... mírame. Soy yo.
—Eliminar... amenaza —dijo María con una voz monótona y distorsionada por el casco.
Se lanzó hacia Shadow con una velocidad que igualaba la suya. El choque entre el aura roja de Shadow y la dorada de María provocó una onda expansiva que rompió los cristales de las salas contiguas. Shadow solo se defendía, bloqueando los golpes de luz de María, negándose a atacarla.
—¡Sé que estás ahí, María! —gritaba Shadow mientras esquivaba un látigo de energía—. ¡Recuerda la colonia Ark! ¡Recuerda la Tierra!
Desde la sala de mando, Rockwell reía mientras observaba la pelea.
—Es poético, ¿no es así? El "Erizo Supremo" derrotado por el fantasma de su pasado. ¡Aumenten la potencia del casco al 100%!
María gritó de dolor y desató una explosión de luz que mandó a Shadow contra la pared. Shadow cayó de rodillas, herido. Vio a María cargar una esfera de energía masiva sobre su cabeza, lista para borrarlo del mapa.
En ese momento, Shadow tomó una decisión. No usaría la fuerza. Se quitó los limitadores de sus muñecas, pero no para atacar, sino para canalizar toda su energía hacia el reloj plateado.
—Si quieres mi vida, tómala —dijo Shadow, bajando la guardia por completo—. Pero no dejes que ella gane. No dejes que Rockwell convierta tu promesa en odio.
Shadow extendió el reloj hacia ella. El objeto empezó a emitir una melodía, la misma caja de música que sonaba en la colonia Ark hace medio siglo. El brillo dorado del reloj envolvió a María, chocando violentamente con la señal roja del casco de Rockwell.
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Editado: 13.01.2026