Sonríe

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Su padre solo quería que la pequeña volviera a ser como antes: alegre, juguetona… esa niñita especial que siempre había sido y que jamás entendió por qué tuvo que perder. Muchos padres se equivocan al criar a sus hijos pero no todos tienen que pagar un precio tan alto por sus errores, ¿por qué él sí? Incluso comenzó a vestirse de payaso para tratar de animarla. Todo fue en vano.

Dicen que cuando una tragedia explota es porque varias personas la alimentaron con malas decisiones hasta que no pudo más. Eso fue justo lo que ocurrió. Su padre la llevó con un psiquiatra, un viejo conocido suyo de la universidad que prometió no cobrar mucho por atenderla. Se rumoreaba que era el mejor psiquiatra de todo el estado, y aun así prefirió delegar el caso de ella a un pequeño grupo de estudiantes de la especialidad en psiquiatría. Tal vez pensó que no era un caso grave: una niña con miedo a la oscuridad que hacía berrinche y prefería fingir que se desmayaba para evadir aquello que la hiciera sentir mal. Nada realmente grave, ¿eh? Como todos los otros casos que también delegó.

Nada realmente grave…

Deja de preguntar por qué siempre me refiero a todos sin mencionar sus nombres. No son importantes todavía. El único que importa aquí es el de «Mateo». Era el líder del equipo de estudiantes al que fue asignado el caso de ella. Sé que el nombre te suena muy familiar, pero si vuelves a interrumpirme te arrancaré la lengua. ¿Está claro? Genial.

Mateo parecía ser alguien que sabía lo que hacía; siempre estaba confiado de sí mismo, hablaba con porte de sabelotodo y hacía gestos con las manos que lo hacían lucir imponente. Mateo le pidió al padre hablar a solas con ella un momento para conocer más a fondo lo que estaba ocurriendo en su cabeza, qué desencadenaba su cambio de actitud. El padre no sabía qué más hacer y accedió, aunque estuvo observando la conversación desde la parte más lejana de la habitación con miedo, completamente ansioso. Luego de un par de horas, Mateo por fin habló con él tras pedirle a ella que le diera de comer a los pececitos del pasillo.

Depresión, fue la enfermedad que Mateo diagnosticó, y una severa fobia a la oscuridad. El padre había escuchado hablar sobre ambas cosas, pero fue la primera la que lo atemorizó. Eso había provocado muchas muertes, sin embargo Mateo dijo que la había diagnosticado a tiempo y si evitaba que siguiera avanzando podía curarla. Solo necesitaba hablarle constantemente para tratar la fobia y darle medicamento.

El padre no quería dar pastillas, solo era una niña, no podía drogarla por todo un año o tal vez más tiempo. Le preguntó si había otra opción, algo igual de eficaz. El padre debió notar esa sonrisa maquiavélica como de científico loco en su rostro, pero no lo hizo. Mateo dijo que sí, era un tratamiento experimental que se había implementado en otros países con buenos resultados. Podía curarla sin medicamento. El padre se ilusionó, brillaron sus ojos. Pensó que podría recuperar por fin la alegría de su nena.  

Debiste pensar otra vez, amigo mío.




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