Fue aquél día siguiente cuando por fin se decidió mandarle una respuesta. Buscó en el ropero los papeles. Revolvió todas las poesías que había escrito. Fue leyendo de a poco y eligiendo qué mandarle. Decidió una no tan romántica que tenía.
Una alegría de verte. Una felicidad verte pasar. Pero no tanto tiempo para admirarte, de saludarte como se debe ya que para la gente soy una bestia incomprendible en comparación a ti. Mientras ni soy ni bueno ni malo, tú sigues tu camino sin notarme. Pero yo sé, tanto en el fondo, que has de sanarme.
Iba perfecto ante el momento por el que andaba pasando. Aunque aún no debía confiarle nada. Lo guardó en un sobre,se terminó de alistar para ir a estudiar y salió corriendo afuera.
Otto lo andaba esperando en la puerta, moviendo la cola con fuerza, demostrando felicidad. Amadeo se preguntó si él no se había enojado por no cumplir su promesa. Pero tal alegría tenía el perro que parecía que por sus sacudidas de su cola se iba a desarmar.
Otto lo siguió hasta afuera, saltándole queriendo jugar. Amadeo jugó un poco pero luego sus miradas se desviaron a la llegada de Relincho. Llegó serio, con los ojos clavados en ambos. Él se quedó paralizado, el perro pegó tres ladridos y se fué corriendo adentro a la vivienda. Amadeo lo vió irse corriendo, sintiéndose traicionado por el animal. Volvió a mirar a Relincho, que le sonrió y con movimiento de la cabeza pidió para marchar los dos. Deo se quedó ahí, sin saber qué hacer.
-Amadeo, se te hace tarde -Habló el padre desde la casa.
El chico suspiro, acercándose al animal que parecía sonreír de triunfo. Lo montó y tuvo que empezar a andar.
Los pasos de Relincho fueron delicados. El muchacho tanteó sus bolsillos, si tenía la carta. Siguieron el sendero con calma que aterra. El pelinegro tenía cierta incomodidad con el silencio, sin poder sacar las ideas de que todo era a propósito. Sin sacar la vista del camino, pensó en conseguir más tarde un rebenque por si las moscas. Adal andaba jugando por ahí. Aprovechando, Amadeo hizo que el caballo se detenga. Lo llamó y le pidió que le entregase la carta a su hermana y volvió a partir.
Seguía nublado, todo con barro la tierra. A veces se sentía que Relincho hundía un poco las patas en la cantidad espesa de barro que había por el sendero. El olor a humedad inundando sus narices.
Amadeo se dió cuenta en ese instante que el camino hacia allá era larguísimo.
Todo el rato silencioso, incómodo. Y cuando por fin pudo llegar, soltó un gran suspiro de alivio. Bajó del caballo, guiándolo hasta el árbol más próximo para atarlo. Lo ató con cuidado. No le miró el hocico por miedo a encontrarlo sonriendo. Su vista al suelo, donde veía las pezuñas del animal lleno de barro. Cuando volviera a casa lo iba a bañar.
—¡Amadeo! —Lo llamaron dos voces.
Volteó a mirar y ahí venían dos de sus compañeros corriendo.
—¿Qué pasó? —Preguntó cuando ellos estuvieron a su lado.
—¿Estudiaste para hoy? Por favor, dí que estudiaste para hoy —Dijeron ambos al mismo tiempo.
—Si, estudié —Contestó con una pequeña sonrisa.
—¿Nos ayudas? No entendimos nada del tema.
Él aceptó con una sonrisa y los acompañó para ayudarlos. El tema no era tan difícil para el muchacho, por lo que explicarlo le fué fácil. De esos dos compañeros también salieron unos cuántos más a repasar con el pelinegro, que ayudó sin ningún problema. "Explica mejor que el profe Sánchez" dijeron todos entre murmullos.
Por ahora, Amadeo estaba notando la falta de Arthur en el lugar. Quizás llegaría más tarde o tal vez ni siquiera vendría. Suspiró, convencido de que él no aparecería. En ese suspiro se olvidó que lo estaban mirando. Todos notaron aquello y entre susurro que viene y va iban deduciendo el porqué.
—De seguro porque faltó el mejor amigo —Dedujo uno casi en voz alta.
—El "novio", mejor dicho —Corrigió otro.
Todos miraron a Deo.
—¿Yo que? —Preguntó y nadie respondió.
Al rato, caminando serenamente mientras pateaba piedritas, venía Arthur. Y todos lo miraron llegar.
—¿Qué pasa?
Nadie contestó. Deo lo saludó con entusiasmo. El rubio se sentó a su lado a conversar lo de ayer. Ambos lo habían pasado bien, disfrutaron bastante. Hubieran continuado, si no fuese porque Amadeo oyó como el caballo se soltaba del amarre a la fuerza. Le pidió al muchacho que lo espere y salió afuera corriendo.
Tarde, Relincho ya se había metido a los lugares que ya eran considerados bosques. De seguro muy profundo. Ingresó a las corridas, buscando con la mirada los rastros del animal. Se tuvo que detener, observando el alrededor, oyendo para encontrar la ubicación exacta de donde había ido Relincho. Miró con miedo, con las manos alertas en caso de tener que defenderse. Un lugar donde lo podían matar sin problemas.
De pronto, escuchó un sonido parecido al de cuando un animal comienza a arrancar carne. Se escuchaba bastante cruel y doloroso. Se acercó a paso lento hasta donde creía que ocurría. Vió a lo lejos.
La silueta de Relincho...
Pero se veía como se deformaba, dividiéndose en dos. Se tuvo que tapar la boca para que nada se le escapara. Intentaba controlar su respiración, que se agitaba en el momento. Y en esa división, dos figuras inhumanas, apoyadas en sus cuatro extremidades. Hacían sonidos propios de alguna criatura sacada del mismo infierno. Si, al mirarlas bien era como las recordaba de aquella noche. Eran esas bestias de la noche en que el caballo comenzó a sonreír.
Eran las dos, dos en el caballo.
Empezó a retroceder con miedo, intentando que sus pasos sean de los más silenciosos posibles. Hacía crujir con cuidado las hojas caídas del otoño. Su corazón latía con fuerza, la respiración nada calma. Un palo crujió bajo su pie. Con desesperación, miró el palo y luego observó como las bestias se abalanzaron contra él. Sin perder tiempo, comenzó a correr. Huía en zig zag, esquivando cada oportunidad que tenían las criaturas esas se tumbarlo. Ambos monstruos reían a coro, pero una risa que no era común. Maldad. Supo que él era la presa de ellos. Su comida...
Editado: 11.10.2026