S.O.S.: Amor

Cariño

Llegué tarde. Siempre llegaba tarde. Se había convertido en una tradición impuesta por el horrible tráfico al que me enfrentaba camino a la oficina.

—Buenos días, jefe. —saludé con una pequeña sonrisa.

—Buenos días, campeón, ¿cómo va todo? —mi jefe solía ser un dolor en la espina para todos, menos para su campeón, su favorito, y ese era yo.

—Todo bien, jefe. —no me molesté en preguntar de vuelta porque él también tenía la tradición de no responderme.

Caminé directo a mi cubículo y comencé a adelantar la pila de papeles que tenía en mi escritorio. En los últimos meses me estaba esforzando más, aunque siempre lo había hecho, para continuar siendo uno de los principales candidatos a la gerencia en la oficina.

No estaba tan preocupado, solo habían tres candidatos, Esther: competitiva, inteligente e indudablemente hermosa. Víctor: digamos que su existencia era apenas notable. Y luego estaba yo: el mismo jefe me había dado indirectas por semanas de que iba en la delantera.

Mientras guardaba unos cambios en la computadora vi cómo Esther se acercaba hacia mí con algo en su cara que nunca había visto antes, una sonrisa.

—Hola. —dijo una vez estuvo frente a mí. Tuve que pellizcarme mentalmente para confirmar que no era un sueño, se podría decir que tenía un pequeño e inocente crush con Esther. Pero nada que ver con lo impresionante e inteligente que era, nada que ver.

—Hey. —respondí, tratando de sonar lo más normal posible.

—Entonces... Oí que estás en la delantera, debe ser genial. —comentó con una sonrisa genuina. Algo en mí se revolvió.

—Pues eso dicen, no lo sé.- sin darme cuenta mis palabras sonaron más cortantes que el cuchillo que utilizaba para cortar la carne los fines de semana. Esther pareció también notarlo porque sacudió su melena morada y se fue.

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Una semana después me encontré con Esther en el elevador, usualmente nos saludábamos con un asentimiento pero esta vez la incomodidad resbalaba por las paredes. Quería decir algo, pero sabía que solo lo empeoraría. Opté por guardar silencio.

Faltaba solo un piso cuando Esther detuvo el elevador y me miró fijamente. Una mezcla entre miedo y suficiencia resaltó en sus ojos cuando dijo las siguientes palabras.

—Deberíamos salir.

Dos palabras, dos palabras que me golpearon una en la cabeza y la otra en el estómago. El elemento sorpresa hizo que dolieran más los golpes.

—¿Disculpa? —pregunté asombrado.

—Ya sabes, tú y yo, un poco de vino, no lo sé, piénsalo. —dicho esto presionó el botón del ascensor y cuando se abrieron las puertas me dio una mirada de soslayo y salió.

Tenía una cita con Esther Morgan.

••••••••• 
Algo que mis padres siempre me dijeron fue "Nunca uses un traje blanco, el color no te sienta bien." Sí, mis padres eran así de amorosos, su único legado fue mi gusto por la moda, aunque probablemente estarían muy decepcionados si me vieran con el traje blanco con dorado que llevaba puesto.

Era mi mejor adquisición y una cita con Esther sonaba como una buena excusa para utilizarlo.

Tantos años trabajando con ella, queriéndola desde la distancia pero nunca siendo capaz de acercarme, y por fin había mostrado interés en mí. Definitivamente era algo que debía discutir con la almohada.

Me miré una última vez al espejo, tomé las llaves del auto y cuando me dispuse a abrir la puerta me encontré con Esther, quien llevaba un hermoso vestido dorado que resaltaba el color de sus ojos.

—¿Pensaste que iba a ser el típico cliché del chico que pasa a buscar a la chica? —preguntó al notar mi inminente confusión. No pude evitar sonreír como un bobo, simplemente sacudí la cabeza y cerré la puerta detrás de mí.

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La cita estaba yendo de maravilla, para sorpresa mía, ambos teníamos gustos muy parecidos y bastantes temas en común, era como si dos piezas de un rompecabezas hubieran encajado a la perfección.

— 1... 2... 3...

—The Big Bang Theory.

—Legends of Tomorrow. —dijimos al unísono. Tal vez no mucho en común​ en cuanto a series.

Pasamos horas y horas sentados en la cafetería del acuario hablando sobre tonterías, Esther de vez en cuando lanzaba indirectas que pudieron haber llevado a una conversación más personal si no hubieran sido esquivadas por un profesional como yo.

No era que no me gustara hablar de mi vida privada... Lo detestaba. No había nada divertido en explicar cómo mis padres murieron en un accidente de avión cuando tenía 20 años, ni cómo mi hermana de 15 años se suicidó porque no pudo soportarlo. No tenía familia ni amigos, solo compañeros de trabajo buenos para nada, tampoco era algo que me gustara compartir con nadie ni tenía la necesidad de hacerlo ya que no hablaba con nadie.

La vida me pesaba en los hombros cada vez que me levantaba y solo me quedaba suspirar para sacar todas esas malas vibras, encontraba paz haciendo yoga y escuchando música hindú, estas cosas nunca faltaban antes de salir de casa.



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En el texto hay: traicion, obsesion, amor y venganza

Editado: 22.07.2019

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