Soulless

PRIMERO

Veo a la muerte desde que tengo memoria.

O al menos, es como me gusta llamar a esa mancha humanoide y ominosa. Es una silueta de un negro tan puro que hace que la oscuridad a su alrededor parezca un gris deslavado; una figura que ondula, como si el aire mismo intentara rechazar su presencia.

Lo curioso no es que aparezca. Lo curioso es su ritmo.

Siempre llega cuando mi corazón decide que ya ha tenido suficiente, cuando estoy a un paso del precipicio. Pero, caprichosa como ella sola, nunca me empuja. Se queda ahí, observando, mientras yo le ruego en silencio que termine el trabajo.

He pasado más tiempo entre paredes blancas y olor a antiséptico que en mi propia casa. Soy el rompecabezas favorito de los médicos, el error estadístico que sigue respirando. Me han dado mil nombres, mil diagnósticos y mil etiquetas, pero todos tienen algo en común: ninguno ha acertado.

Parece que mi cuerpo y esa sombra tienen un secreto que no piensan compartir conmigo. Todavía.

La última vez que lo vi fue hace tres días, justo antes de que el mundo se fundiera a negro en la sala de urgencias.

Por supuesto, no se llevó mi alma. Ni mi vida, ni nada de lo que se supone que la muerte debe hacer. Es un pésimo recolector de almas.

Hoy desperté con el peso de los codos de mi abuelo sobre mis pies y la mirada de Eve clavada en mí desde la puerta. Es esa mirada suya; una mezcla de fatiga y una decepción tan profunda que podrías ahogarte en ella. Al menos, la silueta oscura se ha marchado, lo que significa que vuelvo a estar a salvo. Desgraciadamente.

—Ya deja de hacerte el dormido —siseó Eve. El fastidio en su voz era casi tangible.

—Déjalo tranquilo, Eve —intercedió mi abuelo, con esa paciencia que me hacía querer gritar.

—Estoy harta de que siempre juegue la maldita carta de la víctima —replicó ella, el aire a su alrededor vibrando de pura ira.

—Lo siento —intervine. Mi voz sonó rasposa, ajena.

Sabía que, si dejaba que Zachary contestara, esto escalaría hasta convertirse en una guerra nuclear. Y no necesitaba que mi hermana me odiara más de lo que ya lo hacía.

—¿Cómo te sientes, hijo? —preguntó mi abuelo, ignorando el hecho de que acababa de darle la razón a Eve—. ¿Te despertamos? Podemos irnos si prefieres.

—No. No es eso... —me mordí la lengua. Maldita sea. La había fastidiado otra vez tratando de no fastidiarlo.

—¿Es qué? —soltó Eve con una risa seca—. ¿Te sientes culpable por arrastrarnos al hospital cada... qué? ¿Cada seis meses? ¿O esta vez el récord ha sido de tres?

—Sal de aquí, Eve —ordenó mi abuelo. El tono fue bajo, pero con ese filo que no admitía réplicas.

Ella abrió la boca, lista para soltar el veneno que le quedaba, pero la mirada de Zachary la detuvo en seco. Me lanzó un último dardo de desprecio con los ojos antes de desaparecer por el pasillo, dejando tras de sí un silencio que pesaba toneladas.

—Su actitud es cada vez más difícil —suspiró él—. Pero hay que entenderla. Su terapeuta dice que es un mecanismo de defensa; he dedicado demasiado tiempo a cuidarte y ella ha crecido en las sombras. Tomaré cartas en el asunto, te lo prometo.

Sus palabras golpearon mi pecho con la precisión de un disparo. Y dolía, jodidamente mucho, porque cada palabra era una verdad irrefutable.

—Ya era tiempo —murmuré, forzando una sonrisa que se sentía como una máscara—. No soy tu único nieto, Zachary.

Él sonrió de vuelta, pero era una de esas sonrisas que solo sirven para ocultar las grietas.

***

Han pasado casi dos semanas desde mi última intervención.

Catorce días sin ver a Eve por la casa y con la carnicería de mi abuelo cerrada. No quiero ni imaginar cuánta mercancía se ha echado a perder esta vez; el olor a carne en descomposición es algo que se te queda pegado en la garganta y no te suelta.

—¡Uno! —bramó mi abuelo, estampando la penúltima carta sobre la mesa.

Tenía el comodín perfecto para arruinarle la jugada, pero lo dejé ganar. Llevábamos dos horas perdidos en ese bucle de cartas. Él, con un vaso de whisky barato que ya iba por la mitad; yo, con un vaso de agua tibia que sabía a hospital.

Zachary saboreó su victoria. Sus mejillas estaban encendidas y su cabello cano parecía un nido de pájaros por el alcohol, pero la chispa de su risa murió en el acto cuando su teléfono vibró sobre la madera.

—¿Qué hizo esta vez? —su voz se volvió un témpano de hielo—. Voy para allá. Sí. Iré con Ross.

Daniel Ross. El abogado de la familia. El hombre que se encarga de limpiar los desastres que Eve deja a su paso.

Me levanté de golpe, listo para buscar mi chaqueta y salir con él, pero la mano de Zachary se hundió en mi hombro. No necesitó mucha fuerza para obligarme a caer de nuevo en la silla; mi cuerpo seguía siendo una traición constante.

—Ya regreso—soltó, caminando hacia el perchero.

—Sabes que algún día tengo que salir, ¿verdad? —le espeté a su espalda—. No puedo quedarme encerrado aquí para siempre.




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