La maleta era demasiado grande para la habitación y demasiado pequeña para todo lo que Matt quería meter.
Estaba arrodillado en el suelo de su cuarto con tres camisetas en cada mano, mirando el interior del equipaje como si fuera un rompecabezas que alguien había armado mal a propósito. Sobre la cama descansaban: dos pares de vaqueros, un cargador de cámara, cuatro rollos de película sin revelar, el diccionario español-francés que le había regalado su abuela hace cuatro años y que nunca había abierto, y un tarro de crema solar que su madre había insistido en incluir aunque París no fuera exactamente el Caribe.
—¿Ya pusiste el abrigo? —preguntó Carmen desde el pasillo.
—Sí, mamá.
—¿El abrigo de verdad? ¿No esa cosa finísima que llamas abrigo?
—Mamá.
—Que en París hace frío, Matthew. Que no es Málaga.
—Me llamo Matt.
—Te llamas Mateo Eduardo Valls Serrano y te lo puse yo, así que tú cállate.
Matt suspiró con toda el alma y dobló la tercera camiseta. Desde el salón llegaba el sonido del telediario y el olor a café recalentado que su padre nunca terminaba de beberse. Era domingo. Todo en esa casa olía a domingo desde hacía semanas, desde que su padre había anunciado el plan en la cena con la misma cara con la que anunciaba las reformas del garaje: como si fuera algo absolutamente razonable que nadie debería cuestionar.
—Necesitas espabilarte —había dicho Eduardo, cortando el filete en trozos perfectamente iguales—. Si quieres ser fotógrafo, ve a París y hazlo. Vive de ello. Gana dinero. Demuéstralo.
Lo había dicho así, con esa voz plana y arquitectónica que usaba para todo, como si Matt fuera un plano mal dibujado al que simplemente había que corregir las medidas.
Matt había querido decir muchas cosas. Que tenía diecisiete años. Que no hablaba bien francés. Que no conocía a nadie en París. Que quizás había mejores formas de apoyar a un hijo que mandarlo solo a una ciudad extranjera esperando que fracasara.
Pero no había dicho nada de eso. Había mirado el filete y había dicho: «de acuerdo.»
Porque Matt era así. Por dentro, tormenta. Por fuera, «de acuerdo.»
Carmen entró al cuarto sin llamar, como siempre, cargando una bolsa de plástico con cara de misión importante.
—Mira. —Sacó tres tuppers apilados con fuerza sobrenatural—. Croquetas. Las de jamón, que son las tuyas. Y no me digas que no hay sitio porque hago sitio yo misma.
—Mamá, se van a estropear en el tren.
—Se van a estropear si las dejas fuera. Dentro están protegidas.
—No funciona así el calor.
—Mateo.
—Matt.
Carmen le puso la bolsa encima de la maleta con una delicadeza que no admitía discusión y se sentó en el borde de la cama. Por un momento no dijo nada. Matt levantó la vista y vio que estaba mirando la cámara, la vieja Leica M6 que había pertenecido a su abuelo Paco, que descansaba sobre el escritorio con su correa de cuero marrón un poco deshilachada.
—¿La llevas? —preguntó Carmen.
—Claro.
—Cuídala.
—Siempre la cuido.
Su madre asintió, se levantó, y salió de la habitación. En el umbral se detuvo un segundo sin darse la vuelta.
—Tu padre... —empezó.
—Ya sé, mamá.
—No, no sabes. —Pausa—. Él cree que vas a volver. En realidad quiere que vuelvas. Solo que no sabe decirlo así.
Matt no respondió. Carmen desapareció por el pasillo y él se quedó mirando la maleta, la bolsa de croquetas, la cámara de su abuelo. Fuera, en algún lugar de Madrid, un domingo ordinario seguía girando tranquilamente sin que nadie le pidiera permiso.
A las tres de la tarde, Eduardo apareció en el marco de la puerta con las llaves del coche en la mano y la misma expresión de siempre: seria, cuadrada, arquitectónica.
—¿Listo?
Matt abrochó la maleta, colgó la cámara al cuello, y miró su cuarto por última vez. El póster de Henri Cartier-Bresson. La pila de revistas de fotografía. El bote de revelado que nunca había aprendido a usar del todo bien. El charco de luz de la tarde que entraba por la ventana y caía exactamente sobre el escritorio vacío.
Levantó la cámara y disparó.
—¿Qué haces? —preguntó Eduardo.
—Nada. —Matt se colgó la mochila—. Vamos.
El trayecto hasta Atocha fue silencioso. Su padre conducía con las dos manos en el volante, mirando la carretera con esa concentración suya que podría confundirse con serenidad si uno no lo conociera bien. Matt miraba por la ventanilla los edificios de Madrid desfilando, las terrazas, los balcones con ropa tendida, una señora regando unas plantas en un quinto piso con una calma admirable.
Pensó en sacar la cámara. No lo hizo.
En la entrada de Atocha, su padre aparcó en doble fila, bajó el equipaje del maletero y lo dejó en la acera con movimientos precisos y sin drama. Luego se quedó de pie, mirando a Matt con las manos en los bolsillos.