Sous-Exposé

Capítulo 2: El tren, Tim, y otras calamidades

El tren a París tardaba nueve horas con trasbordo en Barcelona. Matt descubrió esto aproximadamente veinte minutos después de subirse, cuando abrió el billete en el móvil y leyó la letra pequeña que nadie lee hasta que ya es demasiado tarde.

Ocupó su asiento junto a la ventanilla, acomodó la maleta en el compartimento superior con más esfuerzo del que le gustaría admitir, y se sentó con la mochila en el regazo como si fuera un escudo. A su lado dormía un señor mayor con sombrero que roncaba con una cadencia tan regular que Matt pensó por un momento que era música.

Sacó el diccionario español-francés. Lo abrió por la primera página.

Lo cerró.

Miró por la ventana los suburbios de Madrid volviéndose campo, el campo volviéndose más campo, el cielo de septiembre de un azul sin compromisos. Pensó en lo que diría Eduardo cuando le llamara desde París sin un céntimo y con las croquetas echadas a perder. Pensó en la cara de satisfacción discreta que pondría, esa cara que no era exactamente una sonrisa pero que tampoco era otra cosa.

Luego pensó en Cartier-Bresson, que a los veintidós años ya estaba fotografiando en África. Y él tenía diecisiete y estaba en un tren con croquetas rancias. Qué diferencia tan notable.

Se quedó dormido antes de llegar a Zaragoza.

Llegó a París a las siete de la mañana con el pelo aplastado de un lado, una arruga de asiento en la mejilla izquierda, y el firme convencimiento de que Barcelona olía a café y a gasolina de una manera muy concreta que había grabado en su memoria sin quererlo.

La Gare de Lyon era enorme y ruidosa y todo el mundo parecía saber exactamente a dónde iba, lo cual Matt encontró simultáneamente admirable y ligeramente humillante. Él salió al exterior con su maleta, sacó el móvil, buscó la dirección del Café des Nuages, introdujo la dirección en el mapa, y el mapa le indicó que estaba a cuarenta minutos a pie o quince en metro.

Matt eligió ir a pie. Por las fotos, se dijo. En realidad porque el metro le daba una angustia silenciosa que prefería no examinar demasiado de cerca.

París a las siete de la mañana era otra cosa. Las calles estaban todavía en ese estado intermedio entre la noche y el día, con los cafés levantando las persianas metálicas con un ruido de acordeón y los barrenderos empujando sus máquinas naranjas por las aceras mojadas. Todo olía a pan y a piedra húmeda. Matt caminaba lento, girando la cabeza a derecha e izquierda como un girasol desorientado, con la cámara en la mano porque no podía evitarlo.

Fotografió una paloma posada sobre un buzón amarillo.

Fotografió el reflejo de un farol en un charco.

Fotografió a un hombre muy viejo leyendo el periódico en el umbral de una boulangerie con una expresión de satisfacción profunda y filosófica.

Luego miró el mapa y descubrió que llevaba quince minutos caminando en dirección contraria.

—No pasa nada —dijo.

Fue en el callejón de la Rue des Martyrs donde encontró a Tim.

Matt había tomado el callejón porque el mapa le decía que era un atajo, cosa que el mapa decía con una confianza que Matt ya empezaba a no compartir. El callejón era estrecho y olía a verduras viejas y había unas cajas de cartón apiladas contra la pared de las que salía un ruido pequeño, agudo y ligeramente desesperado.

Matt se detuvo.

El ruido se repitió.

Miró las cajas. Las cajas le devolvieron la mirada, o al menos eso le pareció.

—Hola —dijo, en español, porque a veces uno habla español a las cajas de cartón sin pensarlo.

Nada.

Matt apartó la caja de encima con cuidado y encontró, atrapado entre la pared y el cartón, a un hurón de pelaje marrón claro y ojos negros como dos puntos de tinta que lo miraban con una expresión que solo podía describirse como: «por fin».

El hurón era pequeño, estaba flaco, y tenía una oreja ligeramente torcida. Matt lo miró. El hurón lo miró. La ciudad de París siguió funcionando a su alrededor con total indiferencia.

—No te puedo llevar —dijo Matt.

El hurón parpadeó.

—En serio. No tengo ni idea de dónde estoy, voy a vivir en el café de una señora que no conozco, y mis padres ya están esperando que fracase. Si llego con un hurón...

El hurón salió de entre las cajas, se acercó a Matt con una confianza absolutamente injustificada dado que se conocían desde hacía doce segundos, y se sentó sobre su pie izquierdo.

Matt miró el pie. Miró el hurón. Miró el cielo de París, que seguía siendo el mismo cielo indiferente y hermoso.

—Bien —dijo—. Pero te llamas Tim.

Tim arqueó la oreja torcida en lo que Matt interpretó como asentimiento, y cinco minutos después iba metido en la mochila de Matt con la cabeza asomando por la cremallera entreabierta mirando el mundo con expresión de propietario.

El Café des Nuages estaba en la Rue Lepic, a media ladera de Montmartre, entre una tienda de marcos de fotos y una mercería que parecía llevar cerrada desde los años ochenta. Era un local pequeño de fachada verde desconchada con dos mesas en la acera y una pizarra en la puerta donde alguien había escrito, con letra redonda y decidida: ENTRÉE LIBRE, CAFÉ 1.80€, QUEJARSE GRATIS.



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En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

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