Sous-Exposé

Capítulo 3: Jacques, el sabio del periódico

Jacques apareció a las ocho y media de la mañana, como cada día desde 1987 según Colette, con su periódico doblado bajo el brazo y su paso de hombre que ha hecho el mismo recorrido tantas veces que ya no necesita pensar en él. Tenía setenta años, pelo blanco y escaso, una chaqueta de pana color tabaco que claramente había sobrevivido varias décadas, y una expresión de serenidad tan absoluta que Matt pensó por un momento que era un elemento decorativo del café.

Se sentó en la misma silla de siempre, la de la esquina junto a la ventana, desplegó el periódico, y no dijo nada.

Colette le puso delante un café solo sin que él lo pidiera.

Jacques asintió sin levantar la vista del periódico.

Matt los observó desde el otro lado de la barra, donde Colette le había asignado la tarea de ordenar las tazas por tamaño, que era aparentemente una tarea de considerable importancia filosófica en el Café des Nuages.

—¿Ese es...? —susurró a Colette.

—Mi marido, sí —dijo Colette sin bajar la voz en absoluto—. Jacques. No habla mucho.

—¿Cuánto es mucho?

Colette consideró la pregunta con seriedad.

—El año pasado dijo doce frases. Las conté.

—¿Y eran... importantes?

—Todas —dijo Colette, y lo dijo con tal convicción que Matt decidió que si Jacques alguna vez le decía algo, lo apuntaría inmediatamente.

A las nueve y cuarto, cuando Matt terminó de ordenar las tazas (grande, mediana, pequeña, mini, la del desayuno especial que era un tamaño entre mediana y grande sin nombre oficial), Jacques bajó el periódico, lo miró directamente, y dijo:

—Bienvenue.

Matt se quedó paralizado un momento, luego se irguió.

—Merci, monsieur.

Jacques asintió, volvió a subir el periódico, y la conversación terminó.

Matt miró a Colette.

Colette sonrió con orgullo.

—Son dos palabras —susurró—. Eso es mucho para Jacques.

El cuarto donde dormiría Matt estaba en el piso de arriba, al que se accedía por una escalera tan estrecha que la maleta tuvo que subir de canto y aun así raspó las paredes. Era una habitación pequeña con el techo inclinado, una ventana que daba a los tejados de Montmartre, una cama con colchón de opiniones propias, una silla, una mesita, y una lámpara que parpadeaba cada vez que en el piso de abajo alguien encendía el lavavajillas.

Matt lo miró todo.

Luego miró la ventana.

Fuera, los tejados de París se extendían en todas direcciones bajo el cielo de septiembre, con sus chimeneas y sus buhardillas y sus palomas que caminaban por las tejas con ese aire de propietario que tienen las palomas de las ciudades grandes. Lejos, apenas visible en la distancia, estaba la cúpula blanca del Sacré-Cœur brillando contra el azul.

Matt sacó la cámara. Apoyó los codos en el alféizar. Encuadró.

Disparó.

Tim saltó a su hombro sin previo aviso y también miró por la ventana con expresión de aprobación moderada.

—No está mal —le dijo Matt.

Tim olisqueó el aire de París y se fue a explorar debajo de la cama.



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En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

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