Los conoció al día siguiente, en la Place du Tertre.
Matt había salido a las diez de la mañana con la cámara, el diccionario en la mochila, y una lista mental de cosas que fotografiar que Colette le había sugerido con la entusiasta imprecisión de alguien que ama un lugar tanto que ya no puede explicarlo: «La luz de la mañana en los adoquines», «los gatos de la Rue Lepic», «el panadero de la boulangerie Girard cuando saca el pan, que tiene una cara muy fotogénica aunque él no lo sabe».
Matt había fotografiado los adoquines, no había encontrado los gatos, y el panadero le había mirado con tal recelo cuando levantó la cámara que Matt había dicho «pardon, pardon» y se había ido a paso rápido.
En la Place du Tertre estaba instalado, como siempre, el mercadillo de artistas. Matt lo paseó despacio, mirando los cuadros y las acuarelas con esa mezcla de respeto y envidia que uno siente ante las personas que hacen lo que les gusta en público sin aparente vergüenza. Se detuvo ante un puesto de fotografías en blanco y negro, y estaba inclinado mirando una foto de la Torre Eiffel tomada desde un ángulo inesperado cuando oyó una voz a su espalda.
—Eh, le touriste.
Matt se irguió. Había cuatro chicos más o menos de su edad, apoyados en la fuente central con esa actitud de quien lleva mucho tiempo perfeccionando la postura de estar apoyado en una fuente. El que había hablado era el más alto, moreno, con una chaqueta vaquera y una sonrisa que decía claramente que era el líder del grupo no porque alguien lo hubiera elegido sino porque él había decidido que lo era y todos los demás lo habían aceptado por comodidad.
—Moi? —dijo Matt.
—Non, l'autre touriste invisible. —El chico señaló la cámara de Matt—. Belle antiquité. C'est de ton musée?
Los otros tres rieron. Matt entendió aproximadamente la mitad de la frase pero captó el tono perfectamente.
—Es de mi abuelo —dijo en francés, despacio, eligiendo las palabras con la concentración de alguien desactivando una bomba—. Es una Leica M6. Es mejor que cualquier cosa que tú puedas pagar.
Hubo una pausa.
—Hablas francés muy mal —dijo el chico.
—Lo sé —dijo Matt—. Pero tengo razón igual.
Otra pausa, más larga. El chico lo miró. Matt lo miró. Uno de los otros tres, el que reía de todo, soltó una carcajada corta que cortó el aire.
—Soy Théo —dijo el chico alto, finalmente, sin dejar de sonreír—. Estos son Antoine, Rémi y Julien.
Antoine era el presumido, se notaba por cómo llevaba el pelo. Rémi era el que reía. Julien no dijo nada, solo levantó la barbilla un centímetro en señal de saludo, lo cual Matt respondió de la misma manera porque parecía lo correcto.
—Matt —dijo Matt—. Soy español.
—Ya lo hemos notado —dijo Théo—. ¿Qué haces en Montmartre?
—Fotos.
—¿Para quién?
—Para mí.
Théo lo consideró.
—¿Vives aquí?
—En el Café des Nuages. Con Madame Colette.
La expresión de Théo cambió levemente, de la superioridad casual a algo más parecido al interés genuino. Los otros también reaccionaron, y Matt tuvo la impresión de que Colette era alguien conocida en el barrio.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —preguntó Théo.
—No lo sé —dijo Matt, que era la respuesta más honesta disponible.
Théo asintió, como si esa fuera una respuesta perfectamente razonable o completamente idiota, y Matt no pudo determinar cuál.
—Bueno, touriste —dijo Théo, empujándose de la fuente—. Bienvenido a Montmartre. Intenta no perderte demasiado.
Los cuatro se fueron. Matt los vio alejarse, luego miró la cámara, luego la Place du Tertre, luego el cielo.
—No pasa nada —dijo en español.
Una señora mayor que pasaba a su lado se detuvo y lo miró.
—Ça va, mon garçon? —preguntó.
—Oui, madame —dijo Matt—. Je prie. —Y sonrió.
La señora lo miró con una mezcla de confusión y respeto, asintió, y continuó su camino.
Matt decidió que necesitaba practicar más el francés.