Sous-Exposé

Capítulo 5: Camille

La conoció tres días después, por culpa de Tim.

Matt había desarrollado una rutina sorprendentemente rápida para alguien que supuestamente estaba desorientado en una ciudad extranjera. Despertarse con la lámpara parpadeando. Bajar a ayudar a Colette con el desayuno. Salir a las diez con la cámara. Volver al mediodía con fotos que Colette miraba con expresión de «no entiendo nada pero qué bonito». Comer con Jacques, que nunca decía nada pero asentía de forma que Matt empezaba a leer como un idioma propio. Salir por la tarde. Volver por la noche. Hablar con Tim.

Era una vida pequeña pero tenía sus contornos, y Matt encontraba cierta paz en eso.

El problema era que Tim no entendía de contornos.

Era martes por la tarde y Matt estaba sentado en los escalones de la Rue Lepic revisando los negativos de la mañana cuando Tim, aprovechando que la mochila estaba medio abierta, salió sin previo aviso, cruzó la acera, y desapareció dentro de la tienda de marcos de fotos de al lado.

Matt tardó exactamente dos segundos en procesarlo y luego se lanzó detrás.

La tienda era pequeña y estaba llena de marcos en todas las paredes, apilados, colgados, en cajas, de todos los tamaños y materiales posibles. Era el tipo de lugar donde si te movías demasiado rápido algo se caía. Matt entró con la cautela de alguien entrando a un campo minado y miró alrededor.

—¿Tim? —susurró, en español, porque los nombres de los hurones funcionan en cualquier idioma—. Tim, ici.

—Cherches-tu quelque chose? —dijo una voz.

Matt giró, casi volcando un expositor de marcos dorados. Al fondo de la tienda, sentada en un taburete alto con un cuaderno de bocetos en las rodillas, había una chica más o menos de su edad. Pelo oscuro recogido en una trenza descuidada, manchas de pintura en los dedos y en la manga izquierda de la chaqueta, y una expresión que no era exactamente de bienvenida pero tampoco era de hostilidad. Era más bien de «te estoy evaluando y el resultado todavía está pendiente».

—Oui, je cherche mon... —Matt buscó la palabra en el diccionario mental que no tenía—. Mon... hurón. Animal. Brun. Petit.

La chica parpadeó.

—¿Un furet?

—Oui! Un furet. Il s'appelle Tim.

La chica bajó el cuaderno de bocetos y miró debajo del mostrador. Luego detrás de una caja de marcos. Luego señaló, con un dedo manchado de azul, la estantería más alta de la pared derecha, donde Tim estaba sentado entre dos marcos de madera mirando el mundo desde arriba con expresión de dueño del universo.

—Cómo llegó ahí —dijo Matt, en español, porque a veces el asombro sale en el idioma nativo.

—Creo que escaló —dijo la chica, en español, con un acento francés perfecto y una naturalidad absoluta.

Matt la miró.

—¿Hablas español?

—Mi abuela es de Sevilla. —Se bajó del taburete—. Me llamo Camille.

—Matt.

—Ya sé quién eres —dijo Camille—. Eres el español del café de Colette. Mi hermano me habló de ti.

—¿Théo es tu hermano?

—Por desgracia, sí. —Lo dijo sin ninguna malicia, como un hecho meteorológico—. Dijo que tenías una cámara antigua y que hablabas francés muy mal.

—Es una Leica M6. Y estoy mejorando.

—Ya —dijo Camille, mirando la cámara con interés real—. Analógica. ¿Revelas tú?

—Intento. A veces sale bien.

—¿Puedo ver?

La pregunta llegó con tanta naturalidad que Matt sacó la tira de negativos que llevaba en el bolsillo sin pensar, y solo cuando la estaba poniendo en la mano de Camille se dio cuenta de que eso era algo que nunca hacía, que sus negativos eran suyos de una manera que sus palabras no siempre eran, y que acababa de dárselos a una desconocida sin ninguna razón lógica.

Camille los levantó contra la luz de la ventana.

Los miró en silencio durante un rato largo.

—El de los adoquines es bueno —dijo finalmente—. Y el del viejo con el periódico. Este encuadre... —señaló uno específico— aquí cortaste bien.

—Gracias —dijo Matt, y lo dijo de una manera que sonaba más pequeña de lo que quería.

Tim bajó de la estantería de alguna manera que ninguno de los dos supo explicar después, aterrizó sobre el mostrador, y se acercó a Camille olfateando su mano con pintura azul. Camille lo miró. Tim la miró. Camille extendió el dedo y Tim lo olió con la seriedad de un sommelier.

—Le caigo bien —dijo Camille.

—A todo el mundo le caes bien a Tim —dijo Matt—. Excepto a mi padre, pero esos dos no se conocen todavía.

Camille lo miró con una expresión nueva, algo entre curiosidad y diversión.

—¿Por qué estás en París? —preguntó, directamente, sin rodeos, a la manera francesa.

Matt lo pensó un momento.

—Larga historia —dijo.

—La tienda cierra a las ocho —dijo Camille—. Tengo tiempo.



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En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

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