Sous-Exposé

Capítulo 6: El primer encargo y el gato del señor Fabien

La idea del negocio de fotografía llegó, como la mayoría de las buenas ideas de Matt, de manera completamente accidental.

Fue la segunda semana de octubre, cuando el dinero que Eduardo había ingresado empezaba a desarrollar una delgadez preocupante. Matt lo había revisado tres veces aquella mañana en la aplicación del banco, con la esperanza de que los números cambiaran si los miraba con suficiente convicción. No cambiaron.

Bajó al café con cara de ecuanimidad forzada y encontró a Colette discutiendo animadamente con un hombre de mediana edad, rechoncho, con bigote cuidado y un jersey de rombos que Matt clasificó mentalmente como «el jersey más serio que ha visto en su vida».

—Monsieur Fabien —estaba diciendo Colette con la paciencia de alguien que lleva muchos años siendo paciente—, yo no soy fotógrafa. Soy cafetera.

—Pero el chico español —insistió Monsieur Fabien— hace fotos. Lo he visto. Tiene una cámara.

—Todo el mundo tiene una cámara, mon ami.

—¿Él también tiene Instagram?

—Eso no lo sé.

Matt carraspeó desde la escalera. Ambos lo miraron.

—Je peux aider? —dijo Matt.

Monsieur Fabien se iluminó con la intensidad de alguien que ha encontrado exactamente lo que buscaba en el lugar menos esperado.

—¡Joven! Necesito un fotógrafo para retratar a Napoleón.

Hubo una pausa.

—¿Napoleón —dijo Matt.

—Mi gato. Se llama Napoleón. Tengo una pequeña exposición de arte vecinal el próximo sábado y quiero presentar una serie de retratos artísticos de Napoleón. Algo que capture su... esencia.

—¿La esencia de su gato.

—Exactamente. ¿Cuánto cobras?

Matt miró a Colette. Colette miró a Matt. Detrás de la barra, Tim asomó la cabeza desde su caja y también pareció mirar a Matt.

—Cincuenta euros —dijo Matt, que era el primer número que le vino a la cabeza y que inmediatamente consideró demasiado bajo, demasiado alto, y completamente arbitrario todo al mismo tiempo.

—Trato hecho —dijo Monsieur Fabien, extendiendo la mano—. El sábado a las once.

Napoleón era un gato persa blanco de tamaño considerable y personalidad que Matt describió después como «activamente hostil». No era que Napoleón odiara a Matt específicamente. Era más que Napoleón odiaba todo el mundo por igual, con una constancia admirable, y que Matt simplemente era la última persona que había tenido la mala idea de apuntar algo hacia él.

La sesión se desarrolló de la siguiente manera:

11:00 — Matt llega al apartamento de Monsieur Fabien, un tercero con mucha luz y más figuritas de porcelana de lo razonable.

11:05 — Napoleón es ubicado en el sillón azul para la primera foto.

11:06 — Napoleón se baja del sillón.

11:07 — Napoleón es devuelto al sillón.

11:08 — Napoleón se baja del sillón y se va debajo del sofá.

11:15 — Monsieur Fabien consigue sacar a Napoleón de debajo del sofá usando una lata de atún como incentivo.

11:20 — Matt intenta la foto con Napoleón mirando la ventana, que Monsieur Fabien ha descrito como «su pose pensativa».

11:21 — Napoleón gira la cabeza exactamente cuando Matt dispara.

11:35 — Matt prueba fotografiar a Napoleón en el suelo, a su nivel. Napoleón lo mira directamente a los ojos, levanta la pata, y le da un zarpazo a la lente de la Leica.

Matt revisó la lente con el corazón en la garganta. Sin arañazos. Bien.

—¿Está bien? —preguntó Monsieur Fabien.

—La cámara sí —dijo Matt—. ¿Napoleón hace siempre esto?

—Solo cuando no le caes bien —dijo Monsieur Fabien, con la serenidad de quien ha hecho las paces con esta realidad hace tiempo.

—Qué tranquilizador.

A las doce y media, Matt había conseguido, por pura perseverancia y el descubrimiento accidental de que Napoleón se quedaba relativamente quieto si le ponías un trozo de jamón a tres centímetros de su nariz, seis fotos utilizables. Dos eran buenas. Una era, objetivamente, extraordinaria: Napoleón mirando algo fuera del encuadre con una expresión de desdén majestuoso que Camille diría más tarde que parecía «un pequeño dictador evaluando las tropas», lo cual era exactamente correcto.

Monsieur Fabien las vio en el portátil de Matt y estuvo en silencio durante treinta segundos.

—La del desdén —dijo finalmente—. Esa. Esa es Napoleón.

—Sí —dijo Matt.

—¿Puedes hacer copias?

—Tengo que revelar el rollo todavía.

—Bien. —Monsieur Fabien fue a buscar su cartera—. Sesenta euros.

—Dijimos cincuenta.

—Le estoy pagando diez euros extra por el zarpazo. Era lo justo.

Matt aceptó los sesenta euros con una dignidad que esperaba que ocultara el hecho de que eran los sesenta euros más importantes que había ganado en su vida.



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En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

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