Pierre ocupaba el mismo banco de la Place du Tertre todos los martes y jueves entre las diez de la mañana y la una del mediodía, con su cámara Nikon analógica de los noventa y la misma expresión de fastidio universal que Matt empezó a interpretar como su estado emocional base.
Tenía cincuenta y ocho años, pelo gris cortado a tijera sin ceremonias, una bufanda marrón que llevaba desde octubre hasta mayo, y la costumbre de fumar medio cigarrillo, apagarlo, y volver a encenderlo veinte minutos después. Matt lo había fotografiado sin darse cuenta en su primera semana, y cuando Pierre lo vio hacerlo se levantó del banco con una agilidad sorprendente y le dijo cuatro cosas en francés tan rápido que Matt solo entendió «insolente» y «mi banco».
—Lo siento —había dicho Matt—. Tiene buena luz.
—¿Qué sabe usted de buena luz? —había dicho Pierre, en un español perfectamente funcional y completamente inesperado—. ¿Con esa cacharrería?
—Es una Leica M6.
—Ya lo veo. ¿Y sabe usarla o solo la lleva para parecer interesante?
Matt había decidido en ese momento que Pierre era una persona difícil. También había decidido que iba a seguir pasando por la Place du Tertre los martes y jueves entre las diez y la una, porque algo en él reconocía que las personas difíciles a veces son las más necesarias.
La relación evolucionó de manera extraña y completamente funcional.
Pierre insultaba. Matt escuchaba. Invariablemente, el insulto contenía información.
—Esa foto está subexpuesta —dijo Pierre un martes, mirando la tira de negativos que Matt le había enseñado sin pedirle opinión.
—Ya sé. Es que la luz era complicada.
—La luz siempre es complicada. Para eso está el medidor.
—El medidor me confunde.
—Porque no lo usa bien. Mida la sombra, no la luz. —Pierre le devolvió los negativos sin mirarlo—. Y eso de la izquierda es el dedo. No ponga el dedo.
—Ya lo sé.
—Pues quítelo.
Matt quitó el dedo.
Un jueves lluvioso de finales de octubre, cuando la Place du Tertre estaba casi vacía y Pierre fumaba su medio cigarrillo mirando la lluvia caer sobre los adoquines, dijo sin que nadie le preguntara:
—¿Por qué fotografía?
Matt lo pensó en serio.
—Porque cuando miro por la cámara todo tiene sentido. El encuadre te dice qué importa.
Pausa larga.
—Eso no está mal —dijo Pierre.
—¿En serio?
—No exagere. He dicho que no está mal, no que sea Doisneau.
Matt sonrió. Pierre volvió a mirar la lluvia.
—Revele usted mismo —dijo después de un rato—. Los digitales no saben lo que pierden. El revelado es donde está la conversación.
—Hay un laboratorio en la Rue des Abbesses.
—Hay un cuarto oscuro en mi estudio. —Pausa—. No lo estoy invitando. Solo constato un hecho.
—Entendido —dijo Matt.
—Bien.
Se quedaron los dos en silencio mirando llover, el español de diecisiete años y el fotógrafo cascarrabias de cincuenta y ocho, y fue uno de esos silencios que no necesitan llenarse porque ya están llenos.
Tres días después, Pierre le mandó su dirección por la nota que Colette encontró pegada a la puerta del café. Decía solo: «Martes a las cuatro. No llegue tarde. Traiga guantes.»
Matt llegó a las cuatro menos diez. Pierre abrió la puerta, lo miró, y dijo:
—Tarde.
—Son las cuatro menos diez.
—Para un fotógrafo, llegar en el momento exacto es llegar tarde. —Se apartó para dejarlo pasar—. Entre. Y no toque nada.