Sous-Exposé

Capítulo 8: La señora Du Pont y el jardín eterno

El negocio de fotografía de Matt creció de la manera que crecen las cosas en los barrios pequeños: por conversación.

Monsieur Fabien le habló a la señora Beaumont. La señora Beaumont le habló a su cuñada. La cuñada le habló a todo el edificio. Y un lunes por la mañana Matt encontró tres notas deslizadas por debajo de la puerta del café, escritas en letra de distintos tamaños y niveles de urgencia, todas pidiendo fotografías de distintas cosas.

Colette las leyó con él tomando café.

—Esta quiere fotos de su gato también —dijo Colette—. ¿Qué pasa con los gatos en este barrio?

—Esta quiere fotos de su jardín —dijo Matt—. «Para la eternidad», dice.

—Esa es Madame Du Pont —dijo Colette, y su tono tenía algo que Matt no supo clasificar de inmediato—. Buena persona. Solo que... tiene una relación muy específica con su jardín.

—¿Qué tipo de relación?

Colette consideró la pregunta.

—El año pasado contrató a un pintor para que pintara el jardín. Al tercer día lo echó porque pintó las rosas «demasiado rosas».

—¿Demasiado rosas las rosas?

—Demasiado rosas para su gusto. Las suyas son de un rosa específico que ella llama rosa Du Pont.

Matt miró la nota.

—¿Cuánto cobro?

—Lo que creas —dijo Colette—. Pero cobra por adelantado.

El jardín de Madame Du Pont era, objetivamente, hermoso. Era un jardín de tamaño medio en un patio interior, con rosas, lavanda, un pequeño banco de piedra y una fuente que goteaba con una cadencia meditativa. La luz de la tarde caía en ángulo perfecto y Matt, al verlo, sintió ese clic interior que los fotógrafos conocen: el reconocimiento de que algo tiene imagen, que está esperando ser capturado.

Madame Du Pont tenía setenta y dos años, el pelo teñido de un caoba decidido y la energía de alguien que ha decidido que la vejez es, fundamentalmente, una sugerencia.

—El banco primero —dijo, señalando el banco de piedra—. Quiero el banco con las rosas al fondo. Las rosas están exactamente en su mejor momento ahora, en dos días ya no serán iguales.

Matt encuadró el banco. Miró. Ajustó. Le gustó.

—Aquí —dijo.

—Espera —dijo Madame Du Pont. Se acercó al banco, quitó una hoja caída que había sobre la piedra, movió una maceta medio centímetro a la izquierda, y luego pasó diez segundos mirando el conjunto con un escrutinio que Matt reconoció como el mismo que él aplicaba al encuadre—. Ahora.

Matt disparó.

—¿Puedo ver? —dijo Madame Du Pont.

—Es analógica. Hay que revelar.

—Ah. —Pausa—. Entonces, ¿ahora las rosas?

Las rosas llevaron cuarenta y cinco minutos. No porque Matt no supiera fotografiarlas, sino porque Madame Du Pont tenía una opinión muy específica sobre el ángulo, la distancia, el fondo, la cantidad de tallo visible y, en un momento de intensidad particular, sobre si una abeja que aparecía en el fondo del encuadre «aportaba o restaba», discusión que se resolvió cuando la abeja se fue sola.

—La abeja restaba —confirmó Madame Du Pont cuando la abeja desapareció—. Las rosas no necesitan drama añadido.

—Entendido —dijo Matt.

A las seis de la tarde habían fotografiado el banco, las rosas, la fuente, la lavanda, una araña que Madame Du Pont consideraba «parte del jardín», las sombras de las rejas sobre los adoquines, y Matt había intentado dos veces fotografiar la luz general del jardín antes de que oscureciera.

—¿Cuándo podré ver las fotos? —preguntó Madame Du Pont.

—La semana que viene, si revelo el miércoles.

—Bien. Vendré el jueves.

Madame Du Pont vino el jueves, vio las fotos, y estuvo en silencio durante tanto tiempo que Matt empezó a prepararse para una conversación difícil.

—Las rosas —dijo finalmente Madame Du Pont— están bien. No exactamente como el rosa Du Pont, pero bien.

—Gracias —dijo Matt.

—El banco está perfecto. Y la araña... —señaló una foto específica donde la araña aparecía en primer plano sobre una tela con el jardín desenfocado detrás— esta no la pedí.

—La hice por mi cuenta —dijo Matt—. Si no le gusta no la incluyo.

Madame Du Pont la miró durante otro rato.

—La incluyo —dijo—. Pero no se lo digas a nadie o todos van a querer arañas.

—Su secreto —prometió Matt.

Madame Du Pont pagó, añadió una propina «por la araña», y salió. En la puerta se detuvo.

—La semana que viene florecen las azaleas —dijo—. Por si te interesa.

—Vendré —dijo Matt, y lo decía en serio.



#1551 en Otros
#276 en Relatos cortos
#4943 en Novela romántica

En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.