Antoine fue el primero del grupo de Théo en contratarle, aunque nunca lo reconocería.
Apareció en el café un miércoles con aire de «paso por aquí por casualidad» que no engañaba a nadie, pidió un café que no se tomó, y cuando Colette fue a la cocina se inclinó sobre la barra y dijo en voz baja:
—Necesito fotos.
—¿De qué? —dijo Matt.
—De mí. —Pausa incómoda—. Para un perfil.
—¿Qué tipo de perfil?
Antoine bajó aún más la voz.
—Una app. De citas. Mis fotos actuales son... no son buenas.
Matt lo miró. Antoine tenía esa cara de chico que sabe que es guapo pero cuyas fotos de alguna manera no lo transmiten, que es un problema más común de lo que parece.
—Veinte euros —dijo Matt.
—Diez.
—Dieciocho.
—Trato.
—Y no le dices a Théo.
—No le digo a nadie —prometió Antoine, con el énfasis de alguien para quien «nadie» y «Théo» son sinónimos.
La sesión de Antoine fue razonablemente exitosa, con la sola complicación de que Antoine tenía demasiadas opiniones sobre su propio ángulo bueno y Matt tuvo que inventar una teoría fotográfica entera sobre por qué el ángulo izquierdo era «más contemporáneo» para conseguir que se relajara.
Rémi vino la semana siguiente para fotos de su banda de música, que resultó ser él solo con una guitarra, y que quería fotos «estilo rock pero también un poco melancólico tipo película francesa», descripción que Matt tradujo internamente como «quiere parecer más interesante de lo que cree que es» y que resolvió brillantemente fotografiándolo de espaldas mirando un muro de grafiti.
Julien nunca dijo nada pero dejó un sobre en el café con «PARA MATT» escrito y dentro treinta euros y una nota que decía solo «fotos de mi perro el sábado a las 11», lo cual Matt interpretó correctamente como un encargo y se presentó el sábado a las once.
El perro era un basset hound llamado Baguette que era fotogénico de una manera que Julien, de pocas palabras como era, expresó únicamente asintiendo durante diez minutos seguidos mientras revisaba las fotos.
Pero los clientes más memorables de ese otoño fueron Hugo y Inès.
Hugo tenía diecisiete años, Inès dieciséis, y llevaban juntos tres meses que según Hugo eran los mejores tres meses de su vida y según Inès eran «complicados». Los contrató Hugo, que quería fotos románticas para el aniversario de los tres meses, lo cual Matt encontró algo precoz pero no comentó.
La sesión estaba planificada para el Jardín du Palais Royal, que tiene esas arcadas perfectas y esa luz de película francesa que cualquier fotógrafo reconocería inmediatamente.
Llegaron juntos, lo cual fue el único momento del día en que Hugo e Inès estuvieron de acuerdo en algo.
—Aquí —dijo Hugo, señalando una arcada—. Las fotos aquí.
—Yo quería en el jardín —dijo Inès.
—Las arcadas tienen mejor luz.
—Tú no sabes de luz.
—Soy yo quien contrató al fotógrafo.
—Sí, y sin preguntarme.
Matt miró a uno, luego al otro, luego su cámara.
—Podemos hacer las dos —dijo.
Hugo e Inès lo miraron.
—Primero las arcadas, luego el jardín —continuó Matt—. La luz cambia de todas formas, así aprovechamos los dos momentos.
Una pausa diplomática.
—Bien —dijo Inès.
—Bien —dijo Hugo.
Las arcadas fueron bien durante aproximadamente doce minutos, hasta que Hugo comentó que Inès debería «sonreír más» y la situación se desarrolló desde ahí con la inevitabilidad de un fenómeno meteorológico.
Matt fotografió. Entre toma y toma, negoció. «¿Si mirais los dos a la izquierda?» significaba «por favor dejad de discutir y mirad la misma dirección». «Esa estaba muy bien» significaba «gracias por ese segundo de tregua». «¿Movemos un poco la posición?» significaba «necesitáis separaros físicamente antes de que esto escale».
Al final de la tarde tenía doce fotos utilizables, una migraña leve, y Hugo e Inès estaban besándose junto a la fuente del jardín con la reconciliación exagerada de las parejas jóvenes que discuten con toda la intensidad de quienes saben que van a hacer las paces.
—Las fotos estarán la semana que viene —dijo Matt.
—Gracias —dijo Hugo.
—Sí, gracias —dijo Inès—. Eres muy paciente.
—Es el trabajo —dijo Matt.
De vuelta al café, le contó todo a Camille, que se rió tanto que tuvo que apoyarse en la barra.
—Terapeuta de pareja —dijo—. Nuevo servicio.
—Cobro extra por eso —dijo Matt.
—¿Lo pusiste en el precio?
—La próxima vez.