La exposición llegó por Pierre, que lo mencionó como quien menciona el tiempo: sin énfasis especial, como si fuera un hecho meteorológico con el que uno simplemente lidiaba.
—Hay una galería en la Rue des Martyrs. La dueña acepta fotógrafos jóvenes en enero. —Pausa—. No le diga que lo mandé yo. No quiero que piense que tengo interés.
—¿Y lo tiene? —dijo Matt.
Pierre lo miró por encima de las gafas que no necesitaba para ver pero que llevaba para leer.
—Sus fotos del otoño son buenas —dijo Pierre—. Las de Montmartre bajo la lluvia. Las del café. La del hurón en los tejados.
—Tim se subió solo al tejado. Yo solo disparé.
—Eso es fotografiar. —Pierre volvió a sus negativos—. La galería se llama L'Angle Mort. Pregunte por Madame Leclerc. Y no llegue tarde.
Madame Leclerc tenía cuarenta años, pelo cortísimo y la eficiencia de alguien que ha visto demasiadas propuestas de fotógrafos jóvenes como para perder el tiempo.
—Tiene veinte minutos —dijo cuando Matt llegó—. Muéstreme.
Matt extendió las copias sobre la mesa de la galería con manos que no temblaban porque se había prometido a sí mismo que no iban a temblar.
Madame Leclerc las miró. En silencio. Durante mucho tiempo.
Matt miró el suelo. Las paredes. Las fotos de otros fotógrafos colgadas. Pensó en Eduardo. Pensó en «te lo dije». Pensó en volver a Madrid en enero con la cámara y sin nada que mostrar.
—¿Cuántos años tiene? —dijo Madame Leclerc.
—Diecisiete.
—¿Cuánto tiempo lleva en París?
—Cuatro meses.
Madame Leclerc cogió una foto. La de Tim en el tejado con la ciudad al fondo, Montmartre visible en la distancia y el hurón en primer plano mirando el horizonte con esa expresión suya de propietario del universo.
—Esta es la mejor —dijo—. Tiene humor y tiene melancolía al mismo tiempo. —La dejó sobre la mesa—. Quiero doce fotos para enero. Formato mínimo treinta por cuarenta. Copias en papel de baryta. ¿Puede?
—Sí —dijo Matt.
—¿Tiene cuarto oscuro?
—Tengo acceso a uno.
—Bien. —Madame Leclerc recogió los papeles de la mesa con la eficiencia de quien cierra un tema—. Título de la serie.
Matt lo tenía. Lo había tenido desde el principio sin saberlo.
—«Sous-exposé» —dijo—. Subexpuesto.
Madame Leclerc lo miró.
—¿Por qué?
—Porque cuando una foto está subexpuesta parece que le falta luz. Pero a veces en esa oscuridad está lo que importa. —Pausa—. Y porque eso es lo que soy aquí. Alguien a quien todavía no se le ve bien.
Madame Leclerc asintió.
—Doce fotos. Enero quince.
—Estaré aquí.
Camille lo esperaba fuera de la galería.
—¿? —preguntó, con la cara, porque a veces las preguntas importantes no necesitan palabras.
—Enero quince —dijo Matt.
Camille sonrió. No el tipo de sonrisa pequeña de reconocimiento que tenía para las cosas complicadas. Sino una grande, de las que ocupan toda la cara.
—Lo sabía —dijo.
—Tú siempre sabes las cosas antes que yo.
—Es que tú tardas en verte —dijo Camille—. Pero eres de los que se ven. Solo necesitas tiempo.
Matt la miró durante un momento. Luego levantó la cámara.
—Quieta un segundo.
—¿Me vas a fotografiar?
—Sí.
—No me avisaste.
—Es mejor sin avisar.
Disparó.
La foto que salió, que reveló tres días después en el cuarto oscuro de Pierre y que Pierre miró durante mucho tiempo sin decir nada hasta que dijo «esa es la mejor que ha hecho», mostraba a Camille de pie frente a la galería con la calle de París detrás, sonriendo no a la cámara sino a Matt, con esa sonrisa grande que ocupaba toda la cara, y la luz de diciembre cayendo lateral sobre su pelo oscuro con esa calidad específica de la luz de invierno en París que no existe en ningún otro lugar del mundo.
No la incluyó en la exposición.
Esa se la quedó él.