Sous-Exposé

Capítulo 14: Navidad en el Café des Nuages

Matt no fue a Madrid por Navidad.

La decisión fue suya, tomada después de una llamada con Carmen que duró cuarenta minutos y en la que su madre alternó entre el orgullo («¡una exposición, Mateo, una exposición en París!») y la pena («pero no verte en Navidad, cariño»), y al final dijo: «Tu padre dice que si te quedas es porque ya eres responsable de ti mismo», lo cual Matt tradujo correctamente como: Eduardo estaba de acuerdo aunque no lo diría así jamás.

Colette lo recibió con la energía de alguien que lleva semanas planeando una Navidad para más de dos personas y solo necesitaba la confirmación para empezar.

—¡Sabía que te quedabas! —dijo, y abrió el armario debajo de la escalera donde guardaba, descubrió Matt con asombro, un árbol de Navidad artificial que había que montar por piezas y que medía exactamente lo que el techo bajo del café permitía—. Jacques, el árbol.

Jacques dejó el periódico, se levantó, abrió la caja, y empezó a montar el árbol con la metodología silenciosa y eficiente de alguien que ha hecho esto muchas veces.

Tim inspeccionó cada pieza antes de que Jacques la colocara, con la seriedad de un supervisor de obra.

—¿Viene alguien más? —preguntó Matt.

—Théo y Camille vienen el día de Nochebuena. Sus padres están en Lyon. —Colette sacó una caja de adornos—. Y Pierre.

—¿Pierre?

—Pierre viene todos los años. No tiene familia en París. —Lo dijo con la naturalidad de quien lleva tiempo convirtiendo los solos en compañías—. No se lo digas a él que no le gusta que lo sepas.

La Nochebuena del Café des Nuages fue exactamente el tipo de cosa que Matt habría fotografiado si no hubiera decidido, por una vez, dejar la cámara arriba.

Colette cocinó suficiente para el doble de los presentes. Jacques descorchó una botella de vino que guardaba «para ocasiones» y sirvió con una solemnidad que hizo que el acto de descorchar una botella pareciera la culminación de algo importante. Pierre llegó exactamente a la hora que había dicho y pasó los primeros veinte minutos quejándose del frío de diciembre y los siguientes tres horas riendo más de lo que Matt lo había visto reír en todo el otoño.

Théo le preguntó a Matt sobre la exposición con la actitud de quien pregunta por algo que ya sabe y quiere confirmación.

—Doce fotos —dijo Matt.

—¿Vendo entradas yo? —dijo Théo.

—No hay entradas.

—Qué desperdicio.

Camille estaba sentada junto a Matt en el banco corrido de la ventana, con Tim dormido entre los dos como una pequeña frontera marrón y peluda. Fuera, los adoquines de la Rue Lepic brillaban con la lluvia fina de diciembre y los faroles hacían esa cosa que hacen en invierno, que es volverse más amarillos y más cálidos como si compensaran el frío del aire.

—¿En qué piensas? —dijo Camille.

—En que debería tener la cámara —dijo Matt—. Esta luz es perfecta.

—Esta noche no.

—¿No?

—Esta noche solo mira. —Camille miraba también la calle—. Guárdalo sin foto. Eso también se puede.

Matt lo pensó.

—Se puede —admitió.

Y se quedó mirando la lluvia caer sobre los adoquines de Montmartre en Nochebuena, sin cámara, guardando todo en el único archivo que no se estropea con el agua ni se borra con el tiempo.



#1551 en Otros
#276 en Relatos cortos
#4943 en Novela romántica

En el texto hay: juvenil, contemporanea, viaje en tren

Editado: 08.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.